Hacia un significante nuevo:
I. La estafa psicoanalítica
Clase 10, 15 de Marzo de 1977

 


Figura 1            Figura 2          Figura 3

Hay gente bien intencionada para conmigo —¿qué es lo que puede hacer que alguna gente sea bien intencionada para conmigo? — es que no me conocen, pues en cuanto a mi, no estoy repleto de buenas intenciones — hay entonces alguna gente bien intencionada que me ha escrito unas cartas diciendo como que mi farfullo de la vez pasada concerniente al discurso analítico era un lapsus.

¿Qué distingue al lapsus del error grosero? Yo tengo tanto más tendencia a clasificar como error lo que se quiere aquí calificar de lapsus cuanto que sin embargo, este discurso analítico, ya he hablado de eso aunque más no sea un poco. Cuando hablo, me imagino que digo algo. Lo fastidioso, es que se piensa de mí que he cometido un lapsus, en materia, si puedo decir, de escrito. Eso toma una importancia particular cuando se trata de un escrito, por alguien — yo en este caso — hallado.

Hace mucho me sucedió decir, a imitación de un célebre pintor — Yo no busco, encuentro. En el punto en el que estoy, no encuentro tanto como busco. Dicho de otro modo, giro en redondo. Y es precisamente lo que se produjo — las letras escritas no estaban en el buen sentido, en el sentido en que ellas giran, estaban embrolladas.

Es preciso decir que no he cometido ese lapsus completamente sin razón, y si ciertamente imaginé atravesadamente el orden en el cual las letras giraban, creo al menos saber lo que yo quería decir. Hoy voy a tratar de explicarles qué. Por otra parte estoy estimulado por la audición que recibí anoche en la Escuela Freudiana de una tal Sra. Kress-Rosen, quien tuvo la bondad de decir, casi, lo que yo quería responder a una persona que me preguntó, sobre la opinión, parece, de Roman Jakobson, de hablar de lo que le concierne.

Mi primer sentimiento era decir que lo que yo llamo la lingüistería exige el psicoanálisis para ser sostenida. Añadiré que no hay otra lingüística que la lingüistería. Eso no quiere decir que el psicoanálisis sea toda la lingüística. El acontecimiento lo prueba, puesto que se hace lingüística desde hace mucho tiempo, desde el Cratilo, desde Donat, desde Pricien, puesto que siempre se la ha hecho. Eso además no arregla nada.

Pienso que, estando ustedes informados por los Belgas, ha llegado a sus orejas que yo hablé del psicoanálisis como pudiendo ser una estafa. Es sobre lo cual insistía haciendo dar vueltas a mis letras, y hablándoles del S¹ que parecía prometer un S². Hay que recordar a propósito de esto que yo dije, en su momento, que un significante era lo que representa el sujeto junto a un otro significante. ¿Qué deducir de ello? Voy a darles una indicación, aunque más no sea para esclarecer mi ruta, porque no va de suyo. El psicoanálisis es quizá una estafa, pero no es cualquiera — es una estafa que cae justo en relación a lo que es el significante, o sea algo muy especial, que tiene efectos de sentido. También bastaría con que yo connote al S², no por ser el segundo en el tiempo, sino por tener un sentido doble, para que el S¹ tome su lugar correctamente.

El peso de esta duplicidad de sentido es común a todo significante, la Sra. Kress-Rosen no me contradirá — si ella quiere hacerlo de una manera cualquiera, que me haga signo, puesto que me felicito porque esté ahí. A este respecto, el psicoanálisis no es más una estafa que la misma poesía.

La poesía se funda precisamente sobre esta ambigüedad de la que hablo, y que califico de doble sentido. Ella parece resultar de la relación del significante al significado, y se puede decir en cierto modo que es imaginariamente simbólica. Si en efecto la lengua — es de ahí que Saussure toma su punto de partida — es el fruto de una maduración, de una madurez, que se cristaliza en el uso, la poesía resulta de una violencia hecha a este uso, de la que tenemos algunas pruebas — si evoqué la vez pasada a Dante y la poesía amorosa, es precisamente para marcar esta violencia. La filosofía hace todo para borrarla, por lo cual ella es el campo de ensayo de la estafa. Es por eso que, también, no se puede decir que la poesía no juegue allí a su manera, inocentemente, lo que he connota do recién como lo imaginariamente simbólico. Eso se llama la verdad.

Eso se llama la verdad especialmente sobre la relación sexual, a saber que, como quizá lo dije primero que nadie — no veo por qué me haría un titule por eso — la relación sexual, no la hay. No la hay, propiamente hablando, quiero decir en el sentido en que algo haría que un hombre reconociera forzosamente a una mujer. Yo, tengo esta debilidad de reconocer-la, pero estoy lo bastante advertido como para haber hecho observar que no hay la. Eso coincide con mi experiencia — no reconozco todas las mujeres.

La relación sexual, no la hay, pero eso no va de suyo. No la hay, salvo incestuosa. Es muy exactamente eso lo que adelantó Freud — no la hay, salvo incestuosa, o asesina. El mito de Edipo de signa esto, que la única persona con la cual uno tiene ganas de acostarse, es su madre, y que al padre, se lo mata. Esto es incluso tanto más probable cuanto que no se sabe que son vuestro padre y vuestra madre. Es exactamente por eso que el mito tiene un sentido — Edipo ha matado a alguien que no conocía, y se acostó con alguien de quien no tenía ninguna idea de que fuera su madre. Eso quiere decir en suma que sólo la castración es verdadera. Al menos, con la castración, uno está seguro de escapar a ello. No es tanto del asesinato del padre que se trata como de su castración la castración pasa por el asesinato. En cuanto a la madre, lo mejor que se pueda hacer con ella, es cortárselo, para estar seguro de no cometer el incesto.

Quisiera lograr darles la refracción de estas verdades en el sentido. Sería necesario llegar a dar la idea de una estructura que encarnaría el sentido de una manera correcta. Contrariamente a lo que se dice, no hay verdad sobre lo real, puesto que lo real se perfila como excluyendo el sentido. Sería todavía demasiado decir que hay real, porque decirlo, es suponer un sentido. La palabra real tiene ella misma un sentido, e incluso yo he jugado en su momento al respecto evocando el eco de la palabra reus, que en latín quiere decir culpable — uno es más o menos culpable de lo real. Es por eso que el psicoanálisis es una cosa seria, y que no es absurdo decir que puede deslizarse en la estafa.

Es preciso notar al pasar, como se lo he hecho observar a Pierre Soury en su curso de Jussieu, que si uno hace como él del toro que se da vuelta la aproximación del nudo borromeo, eso supone que un sólo toro está dado vuelta. No que no se pueda dar vuelta otros, pero entonces, eso no es más un nudo borromeo. Les he dado una idea de eso la última vez, por un dibujito. No es pues sorprendente enunciar a propósito del toro dado vuelta, si este toro es el de lo simbólico, que lo que esté adentro es simbólicamente real.

Lo simbólicamente real no es lo realmente simbólico. Lo realmente simbólico, esto es lo simbólico incluido en lo real, lo cual tiene perfectamente un nombre — eso se llama la mentira. Lo simbólicamente real, o sea lo que de lo real se connota en el interior de lo simbólico, es la angustia. El síntoma es real. Es incluso la única cosa verdaderamente real, es decir que conserva un sentido en lo real. Es por esta razón que el psicoanalista puede, si tiene oportunidad, intervenir simbólicamente para disolverlo en lo real.

Lo que es simbólicamente imaginario, es la geometría. El famoso mos geometricus del que se ha hecho tanto caso no es más que la geometría de los ángeles — a pesar de la escritura, no existe. Hace tiempo, hice rabiar mucho al Reverendo Padre Teilhard de Chardin haciéndole notar que si él se atenía tanto a la escritura, era preciso que reconociera que los ángeles existían. Paradojalmente, el Reverendo Padre no creía en ello — él creía en el hombre, de donde su historia de hominización del planeta. No veo por qué se creería más en la hominización de cualquier cosa que en la geometría. La geometría concierne expresamente a los ángeles, y para el resto, es decir para la estructura, no reina más que una cosa, es lo que yo llamo la inhibición. Inhibición a la cual acometo, quiero decir que me cuido de ella, que me hago un problema.

El problema que me hago por todo lo que aquí les aporto como estructura, está ligado a este único hecho, que la geometría verdadera no es la que se cree, la que resulta de espíritus puros, sino la que tiene un cuerpo. Es lo que queremos decir cuando hablamos de estructura. Y para comenzar, voy a ponerles negro sobre blanco de qué se habla cuando se habla de estructura.

He aquí un toro agujereado. Ustedes ven aquí el borde — si podemos expresarnos tan impropiamente — el borde del agujero que está en el toro, y ahí el cuerpo del toro. Es fácil completarlo si uno se da cuenta — debo eso a Pierre Soury — que al agujerear este toro, se hace al mismo tiempo un agujero en otro toro, encadenado con él.

Voy a tratar de figurarles lo que se puede dibujar de una estructura. Ustedes ven aquí el toro verde en el interior del toro rojo. Por el contrario, ustedes pueden ver aquí el toro verde en el exterior. Pero eso no es verdaderamente un segundo toro, puesto que es siempre la misma figura, pero que se demuestra poder deslizar dando vuelta en el interior del toro rojo, y que realiza este toro en cadena con el primero. (Aquí Ornicar? reproduce el dibujo que proporcionamos en la página 44 de esta traducción.)

Hagamos dar vuelta el toro verde que hallamos en la superficie exterior al toro rojo. Representa muy precisamente lo que podríamos llamar el complementario del toro rojo, es decir el toro encadenado. Pero supongan que sea el toro rojo el que hagamos deslizar así. Obtenemos una realización inversa — algo que es vacío se anuda a algo que es vacío.

Lejos de que tengamos dos cosas concéntricas, tenemos al contrario dos cosas que juegan una sobre la otra. Lo que esclarezco por esta manipulación, es lo que he llamado palabra plena y palabra vacía.

La palabra plena es una palabra plena de sentido. La palabra vacía es una palabra que no tiene más que significación — espero que la Sra. Kress-Rosen, cuya sonrisa ladina percibo, no vea en eso un inconveniente demasiado grande. La palabra es plena de sentido porque parte de esta duplicidad aquí dibujada (fig. 1) — es porque la palabra tiene doble sentido que es S², que el término sentido está pleno de sí mismo. Y cuando hablé de verdad, es al sentido que me refiero.

Lo propio de la poesía cuando ella falla, es no tener más que una significación, ser puro nudo de una palabra con otra. No queda menos que la voluntad de sentido consiste en eliminar el doble sentido, lo que no se concibe más que al realizar esta figura (fig. 3), es decir haciendo que no haya más que un sentido, el verde recubriendo al rojo. ¿Cómo el poeta puede realizar esta hazaña, de hacer que un sentido esté ausente? Reemplazándolo, a este sentido ausente, por la significación. La significación no es lo que un vano pueblo cree. Es un término vacío. Es lo que se expresa en el calificativo puesto por Dante sobre su poesía, a saber que ella sea amorosa.

El amor no es nada más que una significación, y se ve bien la manera en que Dante la encarna, a esta significación. El deseo, tiene un sentido, pero el amor — tal como ya lo he puesto de manifiesto en mi Seminario sobre La ética, o sea tal como el amor cortés lo soporta — el amor es vacío. 


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