Del psicoanálisis en sus relaciones con la realidad

Jacques Lacan

Por sorprendente que esto pueda parecer, diré que el psicoanálisis, es decir, lo que un procedimiento abre como campo a la experiencia, es la realidad. La realidad esta allí planteada como absolutamente unívoca, lo que en nuestros días es único -con relación a la manera en que la traban los otros discursos.

Pues no es más que por los otros discursos que lo real llega a vacilar. No nos detengamos en el juego de la palabra: real. Retengamos que indica que, para el psicoanalista, los otros discursos forman parte de la realidad.

El que escribe estas líneas puede decir muy bien el efecto de carencia del cual resiente su lugar, en el momento de abordar este tema del que uno no sabe qué respeto lo ha tenido apartado. Su "por sorprendente que esto pueda parecer..." es oratoria, es decir secundario, y no dice lo que la detiene aquí.

Se sabe, lo confiesa, simplemente "realista"... -¿En el sentido medieval? cree él entender, al trazarlo con un signo de interrogación. Ya es la marca de que ha dicho demasiado, y que la infección de la que ya no puede desembarazarse el discurso filosófico, el idealismo inscripto en el tejido de su frase, va a hacer allí su entrada.

Hay que tomar las cosas de otra manera. Qué es lo que hace que un psicoanálisis sea freudiano, he aquí la cuestión.

Responder a ésto conduce hasta donde la coherencia de un procedimiento del que se conoce la característica general con el nombre de asociación libre (pero que no se libra sin embargo), impone presupuestos sobre los cuales la intervención, y especialmente aquella en cuestión: la intervención del analista, se encuentra sin posibilidad de captura.

Esto es muy notable y explica que, cualquiera sea la intención de profundidad, de iniciación, o de estilo, de la que un boasting disidente se jacte, ella sigue siendo fútil en comparación con lo que implica el procedimiento. No quiero afligir a nadie. Pero es por lo que el psicoanálisis permanece freudiano "en su conjunto": es porque lo es en su eje.

Es que el procedimiento es de 'origine' solidario del modo de intervención freudiano.

Lo que prueba el poder de lo que llamamos el procedimiento, es que él no está nunca mejor excluído que cuando el analista no tiene ninguna clase de idea de él. Existen, en ese momento, estúpidos: verifique, es fácil. Naturalmente si usted mismo sabe lo que quiere decir: una pregunta.

Trataré de decir aquello que no es el eje del procedimiento.

La asunción mística de un sentido más allá de la realidad, de un ser universal cualquiera que allí se manifieste en figuras, ¿es acaso compatible con la teoría freudiana y con la práctica psicoanalitica?

Seguramente aquél que tomase el psicoanálisis como una guía de esta clase se equivocaría de puerta. Que él se preste eventualmente al control de una "experiencia interior", será al precio de partida de cambiar el estatuto.

Le repugnará la ayuda de cualquier soma alucinógeno, cuando ya se sabe que objeta la de la narcosis.

Para decir todo, él excluye los mundos que se abren a una mutación de la consciencia, a una ascesis del conocimiento, a una efusión comunicativa.

Ni del lado de la naturaleza, de su esplendor o de su maldad, ni del lado del destino, el psicoanálisis no hace de la interpretación una hermenéutica, un conocimiento, de ninguna manera, iluminante o transformante.

Ningún dedo podrá allí indicarse como de un ser, divino o no. Ninguna firma de las cosas (1), ni providencia de los acontecimientos.

Esto está bien señalado en la técnica -por el hecho de que no se impone ninguna orientación del alma, ninguna apertura de la inteligencia, ninguna purificación que preludie a la comunicación.

Por el contrario, juega con la no preparación. Una regularidad casi burocrática es todo lo que se exige a la laicización lo más completa posible del pacto previo, instala una práctica sin idea de elevación.

Incluso el hecho de preparar lo que será dicho en la sesión, es un inconveniente donde se sabe que se manifestarán resistencias, incluso defensas.

Indiquemos que estas dos palabras no son sinónimas, aunque se las emplee -hablo de los analistas- de cualquier manera. Poco les importa por lo demás que afuera de la comunidad psicoanalítica se las tome en el sentido difuso de oposición bien o mal orientada segín sea saludable o no. Ellos prefieren incluso eso.

Aquello que se espera de la sesión, es justamente lo que uno se rehúsa a esperar, por temor a meter demasiado el dedo allí: la sorpresa, ha subrayado Reik (2).

Y ésto excluye todo procedimiento de concentración: tal exclusión es subyacente a la idea de asociación.

En el presupuesto de la empresa, lo que domina es un matter-of-fact.

Lo que tenemos que sorprender, es algo cuya incidencia original fue marcada como traumatismo. Ella no ha variado por el que la estupidez que implica se haya transferido el analista. Lo que queda en la idea de situación, en la que se totalizan los efectos a los que se llama deformantes, se los llamaría informantes aunque se tratase de la misma cosa.

La ¡dea de una norma no aparece nunca allí más que como construida. No está allí el "material", como se dice significativamente.

A continuación, si usted escucha hablar de la función de un yo autónomo, no se equivoque: no se trata más que de aquella clase de psicoanalista que le espera en la 5ta Avenida. El lo adaptará a la realidad de su consultorio.

Nunca se sabrá verdaderamente lo que Hitler debe al psicoanálisis, si no es por el analista de Goebbels. Pero por el retorno que de ahí el psicoanálisis ha recibido, él está allí.

No es más que una inserción abusiva, pero edificante, aquéllo de lo que se trato en la relatividad introducida por el inconsciente. Ella se inscribe en la realidad.

Relatividad restringida primero. El "material" sigue siendo el tipo de su propio metabolismo. Implica una realidad como material ella misma, es decir no interpretable a título, se diría, de prueba que ella constituiría para otra realidad que le sería trascendente: que se ponga este término a la cabeza del corazón o del espíritu. No podría ser en sí misma puesta en cuestión: ella es Ananké, nos dice Freud, Diktat ciego.

Es por éso que la interpretación mediante la que se opera la mutación psicoanalítica conduce muy bien allí donde lo decimos: sobre eso que, esta realidad, la recorta, por inscribirse bajo las especies del siqnificante.

Aquí notemos que no es por nada que Freud hace uso del término Realität, cuando se trata de la realidad psíquica.

Realität y no Wirklichkeit, que no quiere decir más que operatividad. O dicho de otro modo: eso a lo cual el psicoanalista de hoy hace sus reverencias para la apariencia.

Todo está en la hiancia por la que lo psíquico no es de ninguna manera regla para operar, de manera eficaz, sobre la realidad, inclusive sobre lo que es, en tanto forma parte de ella. No comporta en sí mismo más que naturaleza, no connaturaleza. De ninguna manera está hecho de acuerdo a una realidad que es dura con la que no hay relacíón más que al golpearse con ella: una realidad de la cual lo sólido es la mejor metáfora. Para entender en el sentido de lo impenetrable, y no de la geometría. (Pues ninguna presencia del poliedro, símbolo platónico de los elementos: por la menos aparentemente en esta realidad) (3).

Toda Weltanschaung está tomada, en la idea de Freud, por caduca y sin importancia (4). No es, él lo dice nada más,que subrogado de los enunciados revelatorios de un catecismo que, para refrenar a lo desconocido, sigue estando a sus ojos sin rival. Eso no es, hay que decirlo, posición de complacencia; es la afirmación de la ineptitud del conocimiento a no unirse más que a una opacidad sin remedio.

Pero la complicidad señalada aquí a la posición verdaderamente cristiana, el acceso prohibido al campo de la Revelacidn, tiene su sentido en la historia.

El nervio de la relatividad no es introducido en el principio de la realidad psíguica más que en esto, paradójicamente: que el proceso de adaptación no es allí sino secundario.

Pues los "centros" en donde ella se organiza en los esquemas con los que Freud la ordena (cf. sistema psi) (5), no constituyen ninguna función de síntesis, sino mucha interposición en un circuito más directo: el proceso primario es de obstrucción.

El proceso secundario nos es descripto como pasante de esto, como no estándole conectado en nada, por lo que le está reservado de tanteos.

Este cambio de orden va acompañado de dificultades: para decir verdad abstracta, pues no hace más que decir crudamente lo que la experiencia fabrica. En todo caso rechaza todo recurso a cualquier teoría de la forma, incluso a cualquier fenomenología a imaginarse acerca de la conscíencia no-tética.

Lo primario, por su estructura, no funciona más que por un todo o nada de traza. Porque engañado en su aprehensión, es a esta traza a la que "regresa". La palabra no es propia más que para indicar la inversión de una fuerza, pues no tiene otra referencia. La alucinación no es mantenida mas que como resultante de una relación de lo más lejana con sus formas clínicas.

Ella no está allí más que para significar que el primer constituyente del psiquismo es la insatisfacción.

Lo que allí se satisface no sería facilitado en ningún caso por el proceso primario, si el proceso secundario no lo preparase.

No quiero extenderme aquí sobre la manera en que está concebido el proceso secundario. Es una simple pieza traída de las teorías de siempre, en tanto siguen estando adheridas a la idea que ha producido su último retoño en la fórmula de "la sensación guía de vida" (6), a partir de una inferencia siempre tan poco fundada.

El recurso a la articulación del estímulo a la respuesta tomado como equivalente de la pareja sensorio-motriz, no es sino una ficción de la experíencia donde la intervención motriz, sólo se debe al experimentador, y donde se traduce la reacción del organismo mantenido en el estado de pasividad, en la idea de que ha sentido algo.

Nada indica que semejante forzamiento dé el modelo de cualquier funcionamiento propio de lo biológico.

La idea de la pareja tensión-descarga es más manejable. Pero la tensión extremadamente mal definida no ímplica de manera alguna que la sensación se regle allí por ninguna función de homeostasis, lo que Freud percibe muy bien excluyendo a la operación en un sistema separado del circuito tensional: es el que designa como omega (7).

En pocas palabras, cuanto más se entra en la implicación de los esquemas freudianos, más es para ver que el placer ha cambiado de valor.

Principio del bien para los antiguos, que de ahí recogían el embarazo de dar cuenta que existieron placeres cuyo uso es perjudicial, helo aquí devenido en el lugar del mundo donde no pasa más que una sombra que nada podría atrapar: a menos que el organismo tome allí la sombra por la presa, que él mismo sea la presa de la sombra, es decir, que recuse de su conducta este conocimiento mediante el que se ha imaginado la función del instinto.

Tal es el soporte cuyo sentido debe estimarse por lo que haya que construirlo para dar cuenta de lo que está puesto en causa, no olvidemos: a saber, el inconsciente.

En lo que hace a la fisiología de esta construcción, nada aprehensiblie en las funciones del organismo (ninguna localización de aparato en particular) responde actualmente: fuera de los tiempos del dormir. ¿Resulta que esto dice mucho, si hay que suponer a esos tiempos una permanencia mítica fuera de su instancia efectiva?

¿Por qué no captar que este estimulo tan fuerte para marcar la separación del principio del placer al principio de realidad, es precisamente por dar lugar a la realidad del inconsciente por lo que se sostiene; que el inconsciente está allí en un ternario, del cual, no porque esté hecho de falta, ello nos impide trazar la línea como cerrando un triángulo?

Síqame un instante para remarcar la afinidad del significante a este lugar de vacío.

Apelemos allí, aunque no sea ahí donde lo situaremos finalmente, a ese lugar del Otro, porque seguramente está allí aquéllo que hemos mostrado requerido por el deseo.

Es significativo que en Freud el deseo sólo se produzca con el nombre de Wunsch. Wunsch, Wish, es el anhelo. Sólo hay anhelo cuando es enunciado. El deseo sólo está presente bajo la demanda.

Si nada de lo que se articula en el dormir está admitido en el análisis más que por su relato, ¿no es acaso suponer que la estructura del relato no sucumbe al dormir?

Esto define el campo de la interpretación analítica.

A partir de entonces, ningún asombro en cuanto a que el acto, en tanto que no existe más que por ser significante, se revela apto para soportar el inconsciente: es así que (el hecho de que) el acto fallido se compruebe logrado, no constituye más que su corolario, del que sólo es curioso que se haya tenido que descubrirlo para que el estatuto del acto esté al fin firmemente distinguido del del hacer.

El decir, el decir ambiguo por no ser más que material del decir, da lo supremo del inconsciente en su esencia más pura. El chiste nos satisface al juntarse con la equivocación en su lugar. Que seamos jugados por el decir, la risa estalla en el camino ahorrando, nos dice Freud, al haber empujado la puerta más allá de la cual nada más se puede encontrar.

Deseo que se reconoce en un puro defecto, revelado como está por lo que la demanda no se opera sino al consumar la pérdida del objeto ¿no es acaso éso bastante para explicar que su drama no se juega más que sobre lo que Freud llama la Otra escena, donde el Logos, destituido de ser del mundo la razón espermática, se revela como el cuchillo para hacer entrar allí la diferencia?

Por este único juego del corte, el mundo se presta al ser hablante. Son estos cortes donde durante mucho tiempo él creyó estar en sus dominios, antes que, animándose por una oportunidad de robot, ellos lo reprimen en lo que se prolonga (de ellos, los cortes), en su realidad, que no se llama psíquica, en efecto, sino por que ella sea caída del cuerpo.

Preguntemos por qué el ser hablante desvitaliza a tal punto este cuerpo que el mundo le ha parecido durante mucho tiempo, ser la imagen (del suyo). Mediante lo cual el cuerpo es microcosmos. Nuestra ciencia ha puesto fin a este sueño, el mundo no es un macrocuerpo. La noción de cosmos se desvanece con este cuerpo que, al recubrirse con un pulmón de metal, va a trazar en el espacio la línea, inaudita de las esferas, por no haber figurado hasta ahí más que en el papel de Newton como campo de la gravitación. Línea donde lo real se constituye finalmente de lo imposible. porque lo que traza es impensable: los contemporáneos de Newton han señalado el golpe.

Basta con reconocer lo sensible de un más allá del principio de realidad en el saber de la ciencia, para que el más allá del principio del placer que ha tomado lugar en la experiencia psicoanalítica, se esclarezca por una relatividad más generalizable.

La realidad de la separación freudiana hace barrera al saber, así como el placer prohíbe el acceso al goce.

Es la ocasión de recordarnos lo gue existe entre ellos para establecerse como yunsión disyuntiva, en la presencia del cuerpo.

Lo extraño reside en aquello a lo que se reduce el cuerpo en esta economía,

Tan profundamente desconocido, al ser reducido por Descartes a la extensión,este cuerpo necesitará los excesos inminentes de nuestra cirugía para que sea evidente a los ojos de todos que no disponemos de él más que al hacerlo ser su propia fragmentación o sea, cuando está disyunto de su goce.

Tercer "más allá" en su relación al goce y al saber, el cuerpo hace el lecho del Otro por la operación del significante.

Pero en virtud de este efecto, ¿qué queda de él? Insensible pedazo que deriva de él como voz y mirada, carne devorable o bien su excremento, he aquí aquello de él que viene a causar el deseo que es nuestro ser sin esencia.

La dualidad de dos principios captada aquí, no nos divide como sujeto más que al ser tres veces repetida por cada esencia que se separa de ella, cada una capturada por su pérdida en la hiancia de las otras dos.

Nosotros las llamaremos: goce, saber y verdad.

Así, es del goce que la verdad encuentra para resistir al saber. Es lo que el psicoanálisis descubre en aquello llamado síntoma, verdad que se hace valer en el descrédito de la razón. Nosotros, psicoanalistas, sabemos que la verdad es esta satisfacción a la que no obvia el placer, por lo que ella se exilia en el desierto del goce.

Sin duda el masoquista sabe, este goce, recordarlo allí, pero queda por demostrar (precisamente por no llegar allí más que a exaltar una figura demostrativa de su símulación) lo que para todos es del cuerpo de él, que él sea justamente ese desierto.

La realidad en consecuencia, está comandada por el fantasma en tanto el sujeto se realiza allí en su división misma.

La satisfacción no se entrega allí más que al montaje de la pulsión, es decir, a ese rodeo que libra bastante su afinidad con el instinto, por lo que es necesario para describirlo, metaforizar el círculo de catgut: una aguja curva se usaría para coser juntos dos grandes labios.

Para la realidad del sujeto, su figura de alienación presentida por la crítica social, se entrega al fin por jugarse entre el sujeto del conocimiento, el falso sujeto del "yo-pienso" (8), y este residuo corporal en donde, yo pienso, he encarnado suficientemente el Dasein, para llamarlo con el nombre que me debe: es decir, el objeto a.

Entre los dos hay que elegir: Esta elección es la elección del pensamiento en tanto excluye el "yo soy" del goce, el cual "yo soy" es "yo no pienso".

La realidad pensada es la verdad de la alienación del suieto, es su desecho, en el des-ser, en el "yo soy" renunciado.

Lo que el "yo no pienso" del analista expresa, es esta necesidad que lo arroja en el des-ser.

Porque por otra parte él no puede ser más que "yo no soy".

El psicoanalizante es aquél que llega a realizar como alienación su "yo pienso", es decir a descubrir el fantasma como motor de la realidad psíquica, la del sujeto dividido.

Lo cual no lo puede realizar más que al remitir al analista la función del a, que él no sabría ser sin desvanecerse de inmediato.

El analista debe saber pues que lejos de ser la medida de la realidad, él no facilita al sujeto su verdad sino al ofrecerse él mismo como soporte de ese cero gracias al que este sujeto subsiste en una realidad alienada, sin por ello ser incapaz de pensarse como dividido; es de lo que el analista es propiamente la causa.

Ahora bien, es allí donde el psicoanalista se encuentra en una posición insostenible: una alienación condicionada de un "yo soy" del que, como para todos, la condición es "yo no pienso", pero reforzada con este añadido: que a diferencia de cada uno, él lo sabe. Es este saber el que no es portable, en tanto que ningún saber puede ser portado por uno solo.

De allí su asociación a aquéllos que no comparten con él este saber sino por no poder intercambiarlo.

Los psicoanalistas son los sabios de un saber del cual no pueden sostenerse. Es otro asunto que el de la mistagogia del no-saber.

Ya que el analista no se rehusa al principio del placer ni al de la realidad, simplemente él es allí el igual de aquél a quien guía, y no puede, no debe de ninguna manera llevarlo a franquearlos.

El no le enseña nada sobre eso, no mirándolo más que de soslayo, si se le ocurre transgredir uno u otro.

No comparte con él más que un masoquismo eventual, del goce, respecto del cual extrema sus precauciones.

De ahí la parte de desconocimiento sobre la que edifica una suficiencia fundada en una suerte de saber absoluto, que es más bien puro cero del saber.

Este saber no es de ninguna manera ejercido, por lo que al hacerlo pasar al acto, el analista atentaría al narcisismo del que dependen todas las formas.

El analista se hace el guardián de la realidad colectiva, sin tener siquiera la competencia de ello. Su alienación está redoblada, -por lo que él pueda escapar de allí.

Notas:

(1) La referencia -seguramente- apunta a Jakob Boehme y su Signatura rerum, mencionados por Lacan en La dirección de la cura (Escritos I, p. 225) (N. del R.T.)

(2) The surprised psychanalyst, cap. 23 del libro de Theodor Reik Listening with the third ear. Jove publ., New York, 1977, pp. 254/268. (N. del R.T.)

(3) Nota de J.L.: ironía que aquéllos que me siguen situarán por eso de que lo "real", en tanto que registro deduce del simbólico y de lo imaginario, no sopló aquí más que una palabra. El enunciado presente define el umbral psicoanalítico.

(4) Cf. Sigmund Freud, En torno de una cosmovisión, que constituye la 35 conferencia de las "Nuevas Conferencias de Introducción al psicoanálisis". (N. del R.T.)

(5) Cf. S. F. Proyecto de una psicología para neurólogos, parte I. (N. del R.T.)

(6) Título de un texto del psicólogo Henri Piéron devenido clásico en el género. (N. del R.T.)

(7) Sigue la referencia a: Proyecto de psicología para neurólogos, parte I.

(8) El desarrollo siguiente se encuentra ampliado en el Seminario XIV: "La Lógica del fantasma", que Lacan dictaba en ese entonces. ( N. del R.T.)

***

(*) Conferencia brindada en el Instituto Francés de Milán, el 18-XII-1967. Publicada en Scilicet Nro 1, Ed. du Seuil, París, 1968. Págs. 51-57.

Traducción: Mónica Vidal, Luis Lisjak. Impreso para circulación interna de Mayéutica Institución Psicoanalítica.

Revisión Técnica y notas: Roberto Harari.


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