Roma '53 a Roma '67. El psicoanálisis: razón de un fracaso

Jacques Lacan

En 1953 mi discurso, el que mi entorno llama 'el discurso de Roma', ha tenido lugar allí donde lo retomo hoy. (Kilómetros más, kilómetros menos).

Función y campo de la palabra y del lenguaje en psicoanálisis, tales fueron los términos: función de la palabra, campo del lenguaje, era interrogar la práctica y renovar el estatuto del inconsciente.

En efecto, ¿cómo eludir por lo menos una interrogación sobre lo que no es un dato: aquello que inaugura la palabra, esencialmente entre dos seres cuando la palabra es el instrumento, el único que usa esta práctica? ¿Cómo esperar incluso situar lo que se desplaza más allá, sin conocer el armazón del que ella constituye ese más allá supuesto como tal?

Y en lo que hace al inconsciente, ¿cómo no relevar en esa fecha, y allí, esta dimensión olvidada justamente por ser evidente: su estructura, tan claramente isomorfa al discurso desde su aparición. Isomorfismo tanto más sorprendente cuanto que su forma se ha anticipado al descubrimiento con el que él se establece? ¿No es en el lenguaje, en segundo lugar, donde han sido planteadas las formas, metáfora, metonimia que son sus prototipos, y que habían surgido disfrazadas, es decir sin que se le reconozca al lenguaje el plantear los fundamentos de los mecanismos primarios descriptos por Freud: condensación y desplazamiento?

Un gramo de entusiasmo... . Como lo escribo en la nueva ubicación con la que introduzco en mis Escritos la recolección de ese titulo... acoge estas propuestas que fueron allí tan recubiertas que la espátula ya no las dejó por diez años. Un gramo de entusiasmo donde ya podía leerse bajo el signo de qué traba psicologizante eran recibidos.

La hipótesis psicológica es muy simple. Es una metonimia. En lugar de decir treinta barcas veleras, usted dice: treinta velas; en lugar de dos bestias humanas, prestas a hacer de ellas una con dos espaldas, usted dice: dos almas.

Si es un medio de desconocer que el alma, no subsiste más que desde el lugar donde las dos bestias, cada una a su manera, dibujan la regla de lo inconmensurable de su cópula, y este lugar, la cubre, -entonces la operación es feliz: entiendo, el desconocimiento se perpetúa, constituyendo el psicoanálisis por lo menos su ruptura. Es justo decirlo: por lo menos, en aquello que él le cuestiona. Para la teoría pues, se trata de revisar esta metonimia como su condición preliminar.

Lo que aquí hace la falacia [fallace] (donde hay falacia [phallace] escondida), lo que hace la falacia de la metonimia del alma, es que el objeto que ella parcializa, es tenido por autónomo. Es evidente que no he podido hablar de dos bestias más que en aquéllo en lo que ellas quieran unirse, y la flota de treinta naves quiere decir un desembarco. Las almas son siempre mónadas, -y las treinta velas, el signo del viento. Lo que este empleo de la metonimia da de más valedero, es la Monadología y su cómico latente (1). Y es también el soplido que disipa las Armadas (2).

La obra, de Leibniz, en efecto, sólo lo ilustra en primer lugar por restablecer erísticamente que no hay que partir del Todo, que es la parte quien lo tiene y lo contiene. Que cada mónada sea allí el Todo, la releva de depender de él, lo que sustrae a la benjamina de nuestras tonterías, la personalidad total, de los abrazos de los aficionados. Señalaría allí a fin de cuentas la justa consideración del órgano, la que hace el embarazo de la función.

En lo que concierne al viento en las velas, él nos recuerda que el deseo del hombre es excéntrico, que es en el lugar del Otro donde se forma: justo en ese gabinete particular donde de la conchilla yace la ostra se evoca la oreja de la linda mujer con un sabor a cumplido.

Esta estructuración tan precisa en tanto ella funda el deseo, la he instrumentado en febrero-marzo de 1958 partiendo de la dinámica tan apropiadamente trazada por Freud del Edipo Femenino, para demostrar allí su distinción de la demanda, por la evidencia que allí toma.

Devenía fácil reducir luego la aberración de la cual se motiva en nuestros días la reserva tradicional para especificar al psicoanalista: es decir ese recurso a la frustración del que no existe traza en Freud. Si el psicoanalista no puede responder a la demanda es sólo porque responder a ella es forzosamente defraudarla, ya que lo que allí es demandado, es en todo caso Otra-Cosa, y que es justamente lo que hay que llegar a saber.

Demanda del amor más allá. Más acá, lo absoluto de la falta a la que se engancha el deseo.

Si el grano de entusiasmo al comienzo signa ya el malentendido es porque de entrada mi discurso no fue tomado, por semejante sordo ejemplar, más que como un mamarracho solamente apto para relanzar la venta de sus juguetes. (Genial, dijo él entonces).

Porque no es juguete el término que conviene para una manera de tomar las palabras que Freud ha elegido para señalar una tópica que tiene sus razones en el progreso de su pensamiento: yo ideal o ideal del yo, por ejemplo, en el sentido que pueden tener en la facultad de letras, en "la psicología moderna", la que será científica necesariamente ya que es moderna, restando humanista por ser psicología: usted reconoce allí la esperada alborada de las ciencias humanas, de la carpa-conejo (3), del pez-mamífero, de la sirena, ¡vaya! Ella da aquí su 'La': poner en esas palabras de la tópica freudiana, un contenido del orden de lo que se aprecia en los libritos escolares.

Tuve el honor de hacer (así se expresa un aficionado que disfruta con este diálogo) una reprimenda extremadamente educada (4) a este procedimiento que no va a enunciar sino que el eso (ça), es en suma el yo malo. He tenido que escuchar esto pacientemente. ¡Ah! ¿Cuántos oyentes aquí están en posición de medir lo inconcebible de un error tal?

Sin embargo no he esperado esta experiencia sorprendente para prender a la ignorancia enseñante, término a reubicar en su justa oposición con la docta ignorancia (5), aquello que tiene curso como valor del bastidor intelectual en calidad de tontería académica.

Siendo el tráfico de autoridad la regla de su mercado, me encontraba, diez años después, negociado por sus cuidados, y como fue en las condiciones de negro que son las de 'gang' annafreudiano, fue simplemente mi cabeza la que fue entregada como por debajo de la mesa para la conclusión de un gentleman's agreement con la I.P.A., del que me es menester aquí indicar bien la incidencia política, en el proceso, de mi enseñanza.

Que aquí sea señalado por lo cómico del hecho que no bien el negociador hubo recibido el efectivo por esta entrega, su reconocimiento a título personal, subió a la tribuna del Congreso -de la clase de Congresos que sirve de fachada a esas cosas, un Congreso sito en Edimburgo, digámoslo para la historia- para hacer resonar allí las palabras del deseo y de la demanda, devenidas palabras -clave para toda la audiencia francesa pero con las que para hacerse un mérito a escala internacional le faltaba inteligencia. (Otra ocasión de risa para el aficionado citado antes).

A no engañarse. No hago aquí más que pagar lo que debo a un compañero en la extensión de mi audiencia: porque ese fue el origen. Como este éxito me vale la atención de la asamblea presente, ello torna paradojal que me presente ante ella a título del fracaso.

Porque no he querido un éxito de librería, ni su empalme al apaleo que hay alrededor del estructuralismo, ni eso que no es para mí más que estercolero... (poubellication) .

Es que pienso que el ruido no conviene al psicoanalista, y todavía menos al nombre que él porta y que no debe portarlo.

Lo que vuelve a mi nombre son esas partes caducas de mi enseñanza, de las que entendía quedasen reservadas a una propedéutica: ya que además ellas no son otra cosa que lo que me tocó de una carga preliminar. Es decir, desengrasar la ignorancia de la cual no es desfavorable que siempre haya provenido el reclutamiento para el psicoanálisis, pero que ha tomado valor de drama en tanto ella lleva allí sus primeras instalaciones: en la medicina y en la psicología, principalmente.

Es eso lo que en mi recopilación de los Escritos es lo más reconocible para una crítica, de la que basta con decir que ya no es un oficio sino una charlatanería: por eso no tengo que quejarme, ella no disminuyó el interés que su esfuerzo hubiera temperado.

En efecto, suele ocurrir que alguien se aperciba que allí adentro se trata de la dialéctica de Hegel, y posteriormente de la comunicación intersubjetiva. Nada importa: ellas son consideradas como armoniosas y por ello deducen sin dilación que son las referencias donde entiendo reconducir al psicoanálisis.

Dando boba resonancia a lo que se machaca, con toda mala fe esta vez, en los medios advertidos.

El hecho de que se extienda como rótulo de un año de mi seminario (60-61) el término de 'disparidad subjetiva' para connotar con él la transferencia, no cambia nada de ello. No más de lo que será por el que haya dado ayer en Nápoles una conferencia sobre "La equivocación del sujeto supuesto saber", que aparentemente no deja al "sujeto supuesto saber absoluto" seguro de volver a encontrar su asiento.

Por lo demás un artículo del '60 precisamente: "Subversión del sujeto" pone los puntos sobre las íes. No sin que, desde el origen, el estadio del espejo no haya sido presentado como la pamplina que podría reducir la lucha llamada del puro prestigio como disensión original del Amo y del Esclavo, ¡púmbate! (¡au patatras!).

Entonces, ¿por qué tengo en cuenta eso? Justamente para señalar al analista el Jourdain que él traspasa fácilmente para retornar a esta prosa: sin saberlo. Cuando ese Jourdain no es nada más que la medida (l'aune) que transporta con él y que lo anexa, sin que siquiera él lo imagine, a la no coexistencia de las conciencias, todo tal cual un simple Jean-Paul Sartre.

Y luego, ¿cómo rectificar el análisis propiamente salvaje que el psicoanalista de hoy hace de la transferencia, si no es al demostrar -lo que he hecho durante un año, partiendo del Banquete de Platón- que ninguno de sus efectos es apreciado si no se sostiene también de lo que aquí llamaremos (para ir rápidamente) ese postulado del sujeto supuesto saber? Ahora bien, ¿es este postulado de los del caso que el inconsciente vaya a abolir (es lo que he demostrado ayer)? A partir de ello, ¿el analista es acaso la sede de una pulsión plutomítica o el sirviente de un dios tramposo?

Quizá esta divergencia en su suposición, merezca ser pregunta planteada a su sujeto, cuando este sujeto debe reencontrarse en su acto.

Es adonde he querido llevar, por una erística de la que cada rodeo fue objeto de un cuidado delicado,

por una consunción de mis días del cual la pila de mis propuestas es el monumento desierto, a un círculo de sujetos cuya elección me parecía ser la del amor, al ser como él: hecho de azar.

Digamos que me he consagrado a la reforma del entendimiento (6), que impone una tarea de la cual un acto es comprometer a los otros allí. Por poco que ceda el acto, es el analista quien deviene el verdadero psicoanalizado, según se apercibirá de ello tan seguramente cuanto se encuentre más cerca de estar a la altura de la tarea.

Pero esto deja velada la relación de la tarea con el acto.

Lo patético de mi enseñanza, es que ella opera en este punto.

Y es lo que en mis Escritos, en mi historia, en mi enseñanza, retiene a un público más allá de toda crítica. El siente que algo se juega allí de lo cual todo el mundo tendrá su parte.

Aunque esto no se descubra más que en actos inseparables de una vecindad que escapa a la publicidad.

Es por eso que mi discurso, por pequeño que sea comparado con una obra como la de mi amigo Claude Levi-Strauss, hace de baliza de otra manera, en esa ola ascendente de significante, de significado, de "eso habla", de traza, de gramma, de señuelo, de mito, incluso de falta, de cuya circulación me he librado ahora. Afrodita de esta espuma, de allí ha surgido en los últimos tiempos la diferancia, con una a (7). Esto deja esperanza para lo que Freud consigna como el relevo del catecismo.

Sin embargo todo no ha pasado a la cloaca. El objeto a, todavía no nada allí, ni el Otro con mayúscula. E incluso el i (a), imagen del pequeño otro especular, ni el fin del yo (moi) que no hiere a nadie, ni la sospecha narcísíca conducida en el amor, se encuentran todavía sin ser escogidas. Para la perversión kantificada (no de los quantas, de Kant, con una k), eso comienza.

Para volver a nuestro asunto, la tarea, es el psicoanálisis. El acto, es por lo que el analista se compromete a responder de él.

Se sabe que está admitido que la tarea de un psicoanálisis lo prepara para ello: por eso es que está

calificado de didáctico.

¿Cómo se pasaría del uno al otro, si el fin de uno no comprendiese la puesta a punto de un deseo empujando al otro?

Nada decente sobre esto ha sido articulado. Ahora bien, doy testimonio (por tener una experiencia de treinta años) que incluso en el secreto donde se juzga esta accesión, es decir: por el oficio de psicoanalistas calificados, el misterio se hace aún más denso. Y todo intento de poner allí una coherencia, y principalmente para mí de llevar allí la propia pregunta con la que interrogo al acto mismo, determina en algunos que creí decididos a seguirme, una resistencia bastante extraña.

Es ímportante, a la entrada de este dominio reservado, señalar lo que es patente, y es que la formación de mis alumnos no es impugnada. No sólo se impone por ella misma, sino que también es muy apreciada, allá mismo donde no es reconocida más que con la expresa condición -donde es necesario que se comprometan negro sobre blanco- de no ayudarme más en nada.

Ningún otro examen es llevado allí. En consecuencia en las condiciones presentes, este examen carece de todo criterio aparte del de la notoriedad. La calificación de psicoanálisis personal con la que se ha creído poder mejorar el psicoanálisis didáctico, no es nada más que una confesión de impotencia donde se denuncia a la manera de lapsus, que el psicoanálisis didáctico es en efecto muy personal, pero para aquél que lo dirige.

Tal es el punto de tropiezo. Algo que con cuánta discreción, ya que lo he reducido a vehículo de una separata para el autor, en el que he querido sin embargo que 1956 (8) fijase la subjetividad dominante en las Sociedades de psicoanálisis, algo que no hay más que leer ahora en mis Escritos para discernir allí otra cosa que una sátira: la estructura articulada de esos pisos de entronización, cuyo menor compromiso en la escala de Jacob es lo que he llamado Suficiencia, cubierta como está por el cielo de las Beatitudes, esta figura desplegada no para tomar el pelo, sino a la manera del deán Swift de donde señalo que ella se inspira, para que allí se lea la ironía de una captura que modela las voluntades particulares; todo este orden de ceremonia, lo toqué en vano.

El se perfila en el primer paso de un psicoanálisis comprometido para hacerse valer allí. Aporta indeleble su marca por el trujamán (9) del analista, de que sea así coronado. Es el gusano desde el brote del riesgo tomado por didáctico. Es por eso que se ha apostado.

Sin duda este ideal va a poder ser analizado se dice, en los motivos de la empresa, pero esto es omitir esta punta de la existencia que es la apuesta.

La importancia de la postura no interesa: después de todo es irrisoria. Es el paso de la apuesta el que constituye lo que el psicoanálisis, en la medida misma de su seriedad, juega contra el sujeto, ya que esta apuesta debe devolverlo a su locura. Pero la postura obtenida al final ofrece ese refugio con el que todo hombre se hace una muralla contra un acto aún sin medida: el refugio del poder.

No hay más que oir la manera con la que los psicoanalistas hablan del pensamiento mágico, para sentir resonar allí la confirmación del poder nada menos que mágico que ellos rechazan, el de

tocar como nadie lo que es la suerte de todos: que no saben nada de su acto; y menos aún: que el acto que hacen entrar en el juego de las causas, es el de darse, para ser la razón de él.

Este acto que se instituye en abertura de goce como masoquista, que reproduce su arreglo, en él, el psicoanalista corrige la hybris de una seguridad, que es esta: que ninguno de sus pares será devorado en esta abertura, que él mismo pues sabrá mantenerse en el borde.

De ahí esta prima dada a la experiencia, a condición de que se esté bien seguro de dónde ella se cierra para cada uno. La más corta es desde entonces la mejor. Ser sin esperanza, es también ser sin temor.

La inepcia exhorbitante que tolera un texto con tal de que esté firmado con el nombre de un psicoanalista reconocido, toma su valor cuando la cito (cf. páginas 605-606 de los Escritos y la continuación, los extractos de Maurice Bouvet sobre las virtudes del acceso a lo genital) (10).

El joven analista al que ella golpea cree que la he deformado al extraerla. El verifica y comprueba todo lo que la encuadra, la confirma, incluso la acentúa. Confiesa haber leido el texto la primera vez como plausible de ser de un autor serio.

No hay ningún momento en la infancia que conozca un estado tan delirante de deferencia para los mayores quienes, digan lo que digan, son excusados de aquello que se da por experiencia: que tienen su razón para no decir ni más, ni menos. Es eso de lo que se trata.

Maurice Bouvet, cuando lo he conocido, valía más que el orvietán del que él forjó el prospecto. Yo mismo me modero: usted tiene la prueba de ello en el aplazamiento al que confieso haber sometido mi texto sobre la Sociedad psicoanalítica.

Un pequeño esbozo de él que yo había dado a ese mismo Bouvet para nuestro círdulo en el momento de una crisis que más bien parecía farsa y donde él hizo un viraje, lo había alarmado por el daño que causaba, me dijo él, al narsicismo en tanto que dominante del ré gimen del grupo.

Efectivamente, se trata menos del narcismo de cada uno, que del hecho de que el grupo se siente depositario de un narcismo más vasto. Para juzgar eso no hay más que sondear la amplitud del rodeo que hace un Michel Foucault para llegar a negar al hombre.

Todas las civilizaciones encomendaban la función de contrabatir los efectos de este narsicismo, a un empelo diferenciado: loco o bufón.

Nadie razonable de por sí, reanimará en nuestro círculo la pasión de Antonin Artaud.

Si uno de mis alumnos se inflamase en ese sentido, intentaría calmarlo. Incluso digamos que no me olvido de haber llegado ya allí.

Sigo entonces la regla del juego, como hizo Freud, y no tengo que sorprenderme por el fracaso de mis esfuerzos para poner fin a la detención del pensamiento psicoanalítico.

Habré señalado sin embargo que de un momento de demarcación entre lo imaginario y lo simbólico tomó su comienzo nuestra ciencia y su campo.

No os he fatigado con este punto vivo, de donde se originara toda teoría que volvería a dar comienzo a su complemento de verdad.

Cuando el psicoanálisis haya rendido sus armas frente a los callejones sin salida crecientes de nuestra civilización (malestar presagiado por Freud), serán retomadas ¿por quién? las indicaciones de mis Escritos.

Notas:

(1) Monadología: Según San Hipólito, los pitagóricos habrían hablado de proté monas, primera mónada o primera unidad. Por ella entendían la unidad fundamental y última de la cual derivan los números. Como éstos eran para los pitagóricos realidades de las llamadas, luego, inteligibles o metafísicas, hay que suponer que monas -cuyo significado corriente, en griego, es solo, solitario, único- era concebida como un principio. La mónada es la unidad, pero no es unidad por ser lo uno, sino que es lo uno por ser la unidad. En alguna ocasión, Platón llamó mónadas, a las Ideas o Formas (eidos). La teoría de la mónada está presente en varios autores de la antigüedad como: Plotino, Siriano, Macrobio, como hénada en Proclo, también en Clemente de Alejandría, Orígenes; en el Renacimiento, en Nicolás de Cusa y Giordano Bruno. Pero fue Leibniz (Monadología, 1714) el que propuso una completa monadología y una metafísica monadológica. Trata de compaginar la idea de individualidad con la de continuidad y señala que "nada puede haber Real en la naturaleza sino las substancias simples y los agregados que resultan de ellas" y manifiesta que "hay en los cuerpos solamente una cntidad discreta, es decir, una multitud de mónadas o susbstancias simples, bien que en cualquier agregado sensible, o uno que corresponda a fenómenos, pueda se mayor que cualquier número dado" (Refs. Ferrater Mora, Diccionario de Filosofía, T. III., Alianza editorial, Madrid, España, 1979. Págs. 2257-2261 y Monadología, en G.W. Leibniz, Escritos filosóficos, editados por E. de Olaso. Editorial Charcas, Buenos Aires, Argentina, 1982. Págs. 607-626). En J. Lacan la cuestión de las mónadas se enuncia bajo la afirmación de: Hay lo uno; y por supuesto se trata de otra cosa que de la composición de la realidad.

(2) Alusión a la Armada invencible española. La inscripción en la medalla acuñada por el reino Inglaterra en ocasión de la destrucción por una tormenta de la llamada 'Armada Invencible' del reino de España fue: "Sopló y se disiparon".

(3) Alusión al pez denominado así. (N. del R.T.)

(4) Páginas 647-648 de mis Escritos (Corresponde a las pág. 269-306 de Escritos II en la edición castellana). (N. del R.T.)

(5) La docta ignorancia (1440), texto del filósofo renacentista Nicolás de Cusa. Edición castellana, Editorial Aguilar, Buenos Aires Argentina, 1975. Notas, traducción y prólogo del latín: Manuel Fuentes Benot. De su prólogo extraemos lo siguiente:

La Docta Ignorancia es la obra capital de Nicolás de Cusa, y en los tres libros que la componen, dentro de una gran concisión y brevedad, se tratan los temas de Dios, el Universo y Jesucristo. Es decir, del ser máximo considerado absolutamente, el ser máximo contraído en la pluralidad de las cosas y, por último, el ser máximo en cuanto absoluto -Dios- y a la vez contraído -hombre-.

Todo el proceso discursivo de Nicolás de Cusa se apoya en una concepción perfectamente delimitada del conocimiento humano. Ya el título de la obra indica cuál es el principal punto de apoyo, partiendo del cual De Cusa edificará su construcción metafísica.

Sin embargo, la concepción gnoseológica de Nicolás de Cusa se apoya a su vez en una concepción metafísica. Un inicial concepto de Dios determina el ámbito de la cognoscibilidad humana.

La fórmula de San Anselmo está latente en todas las páginas de La Docta Ignorancia. Hay un ser (el máximo) mayor que el cual no puede haber otro. De esta primera afirmación se pasa a la delimitación del campo del conocimiento. El máximo es uno (no es posible la existencia de dos seres máximos) y es absoluto (no está ligado por nada ni enfrentado con nada, en caso contrario se relativizaría y sería contradictoria la noción de absoluto que le adscribimos)

Establecido esto veamos algo relativo al conocimiento. Nos damos cuenta de que hay un universo. Este universo es finito, mientras que el máximo absoluto es infinito. El infinito no guarda ninguna proporción con lo finito. Lo infinito no es susceptible de más o de menos. Por el contrario, lo finito sí lo es. No hay ningún ser finito, desde el momento en que puede recibir más o menos, que pueda considerarse rigurosamente igual a otro, pues siempre será posible una infinidad de seres aún más próximos a la igualdad con el primero. Trasladando esto del orden ontológico al gnoseológico se desprende que nuestros conceptos de las cosas sólo son aproximadamente exactos, pudiendo siempre haber una serie de conceptos constantemente más aproximados a las cosas. Por lo tanto, la verdad absoluta escapa siempre al conocimiento finito, consistiendo en una gradual aproximación sin fin. La aproximación al ser absoluto, así como a la esencia de las cosas, es una constante posibilidad que nunca llega a su perfecta actualización. Si la sabiduría es un conocimiento total de las realidades, el hombre ha de conformarse con la ignorancia, pero no con una ignorancia por ausencia de conocimiento, sino con una ignorancia que resulta del conocimiento de las limitaciones del entendimiento humano. Esta es la docta ignorancia,) que no desemboca en un escepticismo, porque sabe que no sabe y lo sabe con total certidumbre. Además, partiendo de la incomprensibilidad de las cosas, puede introducir este mismo factor de lo incomprensible en su sistema, trascender los moldes impuestos al entendimiento humano por su limitación cognoscitiva y alcanzar de modo incomprensible las más altas realidades. El entendimiento sabe que no sabe. No puede explicar ni concebir la esencia de las cosas, pero por medio de su ignorancia docta puede señalarlas más allá de su propia limitación y concebir sin precisión pero con certeza, un orden de cosas que trasciende sus débiles formas de conocer, determinadas por su finitud constitutiva. El capítulo IV del primer libro de La Docta Ignorancia lleva el título "El máximo se entiende incomprensiblemente". El pensamiento gnoseológico de De Cusa queda en él perfectamente establecido. Para nosotros la contradicción es uno de los principales pilares del discurso. Una cosa no puede ser y no ser al mismo tiempo, reza la fórmula tradicional del principio de contradicción. Y con su guía edificamos todo nuestro mundo racional. La mente humana no puede superar esto. Sin embargo, en Dios lo contradictorio se armoniza en la unidad. Nuestra ciencia se detiene en este principio. Sabemos que hay un un¡verso y cosas opuestas e inconciliables en él. Sabemos que hay un ser absoluto. Hasta ahí nuestra razón. Por tanto, en este ser lo opuesto es uno, porque es la unidad absoluta. Y esto no lo podemos comprender, sino sólo intuirlo de modo irracional. Y esto es la docta ignorancia.

La Docta Ignorancia, es el tercer libro, trata del máximo absoluto y contracto a la vez, es decir, de Jesucristo, Dios y hombre. El hecho de que un ser pueda ser Dios y hombre es incomprensible. Esto pone al problema en la vía de la docta ignorancia. Lo evidente es que una criatura máxima no puede subsistir en el Universo, sino en Dios. Después se considera qué especie de ser sería el más apto para asumir la maximidad. Ha de ser uno en el que todas las virtudes de los seres sean comprendidas. No el ser matemático, porque carece de vida. Ni tampoco una inteligencia pura porque deja fuera los elementos Inferiores de la realidad. La naturaleza humana es, pues, la más apropiada, ya que en ella se reúnen los distintos componentes de la realidad. Nacimiento, muerte, resurrección y juicio de Cristo son analizados en los últimos capítulos, que terminan con un fino análisis de la fe y de las postrimerías.

Opuesta esta obra, por el momento histórico en que le compuso, a las grandes y prolijas obras escolásticas, es breve y de desarrollo ágil. No está exenta de repeticiones, insistencias y oscuridad, pero constituye en su conjunto una clara expresión de la mentalidad renacentista animada por un anhelo inconmovible de infinitud.

(6) La reforma del entendimiento. Hay un tratado de Spinoza con el mismo título. Conociendo la pasón de Lacan por el citado filósofo (ver: "Lacan. Un sistema de pensamiento"; E. Roudinesco). No podemos menos que suponer que hay una mención a su temática o a su propuesta, o no.

(7) En la pluma de Jacques Derrida. (N. del R.T.)

[Nota S.R.] Se trata del concepto de différ-a-nce que incluye a la diferencia y al diferimiento. En "Semiología y gramatología", entrevista entre Jacques Derrida y Julia Kristeva, publicada en Information sur les sciences sociales Nº VII. 3 junio 1968, plantea Jacques Derrida:

"¿Por qué de trazas?, ¿y con qué derecho volver a introducir lo gramático en el momento en que parecía haberse neutralizado toda substancia, ya sea fónica, gráfica o de cualquier otra especie? Por supuesto que no se trata de recurrir al mismo concepto de escritura y de invertir simplemente la disimetría que se ha puesto en duda. Se trata de producir un nuevo concepto de escritura. Se le puede llamar grama o différance. El juego de las diferencias supone, en efecto, síntesis y remisiones que prohiben que en ningún momento, en ningún sentido, un elemento simple esté presente en sí mismo y no remita más que a sí mismo. Ya sea en el orden del discurso hablado o del discurso escrito, ningún elemento puede funcionar como signo sin remitir a otro elemento que él mismo tampoco está simplemente presente. Este encadenamiento hace que cada "elemento" -fonema o grafema- se constituya a partir de la traza que han dejado en él otros elementos de la cadena o del sistema. Este encadenamiento, este tejido, es el texto que sólo se produce en la transformación de otro texto. No hay nada, ni en los elementos ni en el sistema, simplemente presente o ausente. No hay, de parte a parte, más que diferencias y trazas de trazas. El grama es, por lo tanto, el concepto más general de la semiología -que se convierte de este modo en gramatología- y no sólo se ajusta al campo de la escritura en sentido estrecho y clásico, sino también al de la lingüística".

(8) J.L. se refiere al texto: "Situación del psicoanálisis y formación del psicoanalista en 1956", edición castellana, Escritos II, págs. 182-213. Editorial Siglo XXI, México, 1975.

(9) Intérprete de una lengua a otra. Por ejemplo: Malinche trujaman de Hernán Cortez. Se puede encontrar también bajo la forma: truchiman.

(10) Corresponde a las págs. 237/8, y siguientes de Escritos I de la edición en castellano (N. del R.T.)

 

(*) Conferencia brindada en la Universidad de Roma, el 15-XII-1967. Publicada en Scilicet Nro 1, Ed. du Seuil, París, 1968. Págs. 42-50.

Traducción: Mónica Vidal, Luis Lisjak. Impreso para circulación interna de Mayéutica Institución Psicoanalítica.

Revisión Técnica y notas: Roberto Harari.


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