El niño evacuado
(1945)



PARECE QUE HUBIERA transcurrido muy largo tiempo desde la primera evacuación, y cabe suponer que los problemas agudos vinculados con ella se han resuelto por sí solos en la mayor parte de los casos. Pero quiero recordarles algunas de nuestras experiencias y referirme sobre todo a los padres circunstanciales.

No sería raro que una muy necesaria comprensión del cuidado infantil llegara a difundirse como consecuencia de lo que esa gente ha vivido. Casi todos los hogares de Gran Bretaña se vieron afectados por la evacuación, y sin duda toda mujer ha tenido su propia historia de evacuación que resume su experiencia y su punto de vista con respecto a este asunto. Me parece que sería de lamentar que toda esa experiencia se desperdiciara. Me referiré principalmente a quienes lograron mantener a sus pequeños evacuados durante algunos años, porque pienso que ustedes son quienes más pueden beneficiarse con cualquier intento por poner en palabras lo que han estado haciendo.

Supongo que cuando las cosas anduvieron bien, ustedes pensaron que habían sido afortunados en cuanto al niño que les tocó. El niño o la niña tenía una cierta medida de confianza en la gente. Ustedes contaron con buen material; es imposible tener éxito en esta tarea si el niño no colabora porque es demasiado enfermo, demasiado inestable mentalmente, o demasiado inseguro como para encontrar algo bueno en lo que ustedes tienen para ofrecer.

Se les envió un niño que ya se había iniciado satisfactoriamente en su desarrollo emocional. Eso ocurrió antes de que ustedes lo recibieran en su casa y, si lo han tenido con ustedes durante un largo período, significa que permitieron que el desarrollo de su personalidad continuara, tal como permitieron que su cuerpo siguiera creciendo al proporcionarle alimento.

El cuidado corporal de un niño es algo muy importante. Mantener a un niño sano y libre de enfermedad física, es algo que necesita vigilancia constante, v en el curso de un largo período de evacuación debe haber habido ocasiones en que ustedes tuvieron que asumir responsabilidad por alguna enfermedad corporal, cosa que resulta mucho más difícil de hacer cuando no se trata de un hijo propio. Ustedes cuidaron del cuerpo del niño; pero la evacuación hizo comprender a muchos que eso es sólo una parte de algo más vasto: el cuidado del niño íntegro, del niño íntegro que es un ser humano con una constante necesidad de amor y de comprensión. La cuestión es que ustedes han hecho tanto más que proporcionar alimento, ropa y calor.

Pero ni siquiera esto bastaba. El niño venía de un hogar, y ustedes lo recibieron en su hogar. Y el hogar parece estar por detrás de la idea de amor. Es posible que alguien ame a un niño y, no obstante, fracase, porque el niño no tiene la sensación de estar en un hogar. Creo que lo importante aquí es que, si uno hace un hogar para un niño, le proporciona un pequeño fragmento del mundo que el niño puede comprender y en el que puede creer, en los momentos en que falta amor. Pues a veces falta amor, por lo menos superficialmente. Hay ocasiones, cada tanto, en que el niño irrita, hace enojar, y se gana una palabra colérica, y es por lo menos igualmente cierto que los adultos, incluso los mejores, están a veces de mal humor e irritables, y que a veces durante un buen rato no puede confiarse en ellos para que manejen una situación con espíritu de justicia. Si existe una sensación de hogar, la relación entre un niño y los adultos puede sobrevivir a largos períodos de equívocos. De modo que puedo suponer que si han conservado a un niño evacuado durante largo tiempo, significa que lo han instalado en un hogar, lo cual es algo muy distinto de dejarlo estar en una casa, y el niño ha respondido y ha usado ese hogar como tal. El niño llegó a creer en ustedes, y gradualmente pudo colocar en ustedes parte de sus sentimientos hacia la madre, de modo que, en cierto sentido, se convirtieron temporariamente en la madre del niño. Para lograr eso, deben haber encontrado alguna manera de manejar la muy difícil relación con la madre real, y habría que otorgar algo así como la Medalla Jorge a los padres y a los progenitores circunstanciales que lograron entenderse, e incluso establecer una amistad frente a tantas causas posibles para una mutua mala interpretación.

Y ahora, qué decir del niño que se vio tan repentinamente desarraigado; aparentemente expulsado de su propio hogar y alojado entre extraños. No es sorprendente que necesitara una comprensión especial.

Al principio, cuando se alejaba a los niños de las zonas de peligro, por lo común los acompañaba una maestra que ya los conocía bien. Esa maestra constituía un lazo con la ciudad natal, y en la mayoría de los casos se estableció un vínculo entre los niños y la maestra mucho más fuerte que el que suele existir en la relación maestra-alumno corriente. Es casi imposible pensar en el primer proyecto de evacuación sin la colaboración de esas maestras, pero todavía no se ha escrito la historia completa de esos intensos y, en cierto sentido, trágicos días de evacuación.

Tarde o temprano todo niño tenía que aceptar los hechos, aceptar que estaba lejos del hogar y solo. Lo que ocurría en ese momento dependía de la edad del niño, así como de la clase de criatura que fuera, y de la clase de hogar de donde provenía, pero en esencia todos debían enfrentar el mismo problema: aceptaban el nuevo hogar, o bien se aferraban a la idea de su propio hogar y trataban a su nueva ubicación como un lugar donde debían permanecer durante unas vacaciones bastante prolongadas.

Muchos niños aceptaron la situación y parecieron no presentar ningún problema, pero quizá sea posible aprender más de las dificultades que de los éxitos fáciles. Por ejemplo, diría que el niño que se adaptó de inmediato, y que nunca pareció preocuparse por su hogar, no había necesariamente resuelto bien las cosas. Podría muy bien tratarse de una aceptación nada natural de las nuevas condiciones, y en algunos casos esa falta de nostalgia demostró finalmente ser una trampa y una ilusión. Es tan natural que un niño sienta que su propio hogar es mejor y que lo que cocina su propia madre es lo único digno de comerse. La mayor parte de las veces, ustedes comprobaron que el niño a su cuidado necesitaba un largo tiempo, quizás muy largo, para adaptarse. Sugiero que esto era deseable. Se necesitaba tiempo. El niño permaneció francamente ansioso con respecto a su hogar y a sus padres, y sin duda tenía buenos motivos para estarlo, ya que el peligro para el hogar era real y bien conocido, y a medida que las historias de bombardeos comenzaron a circular, los motivos de preocupación aumentaron. Los niños procedentes de áreas bombardeadas no se conducían exactamente igual que los de la localidad, ni intervenían en todos los juegos; tendían a mantenerse aparte, a vivir de las cartas y los paquetes que llegaban del hogar, y de las visitas ocasionales, visitas que a menudo provocaban tantos trastornos que los padres circunstanciales deseaban muchas veces que no fueran tan frecuentes. Las cosas no eran tan agradables cuando los chicos se comportaban en esta forma, se negaban a comer, y estaban taciturnos casi todo el tiempo, soñando con volver a su hogar y compartir los peligros de sus padres, en lugar de disfrutar de los beneficios de la vida en el campo. En realidad todo esto no era malsano, pero para comprenderlo debemos ahondar nuestro análisis. La preocupación real por las bombas no era todo.

Un niño tiene sólo una capacidad limitada para mantener viva la idea de alguien amado cuando no tiene oportunidad para ver y hablar a esa persona, y en ello radica la verdadera dificultad.

Durante algunos días o semanas todo anda bien, y luego el niño descubre que ya no puede sentir que su madre es real, o bien conserva la idea de que su padre, o sus hermanos, sufrirán algún daño. Esta es la idea que tiene en la mente. También tiene toda clase de sueños relativos a luchas terroríficas que revelan- los intensos conflictos de su mente. Y peor aún, después de un tiempo puede descubrir que ya no tiene sentimientos intensos de ningún tipo. Toda su vida ha tenido intensos sentimientos de amor, y ha llegado a confiar en ellos, a darlos por sentados, a sentirse sostenido por ellos.

De pronto, en tierra desconocida, se encuentra sin el apoyo de ningún sentimiento intenso, y eso lo aterroriza. No sabe que se recuperará si puede esperar. Quizás haya algún osito, una muñeca o alguna ropa rescatada del hogar, hacia el cual pueda seguir experimentando algunos sentimientos, y entonces ese objeto adquiere tremenda importancia para él.

Esa amenaza de perder los sentimientos, que surge para los niños alejados durante mucho tiempo de todo lo que aman, conduce a menudo a peleas. Los niños comienzan a buscar dificultades, y cuando alguien se enoja sienten un genuino alivio; pero ese alivio no es duradero. Durante la evacuación, los niños han tenido que pasar por estos angustiosos períodos de duda e incertidumbre, imposibilitados de regresar al hogar, y debe recordarse que no estaban pupilos en una escuela y regresaban a su casa para las vacaciones. Debían encontrar un nuevo hogar lejos del hogar.

Ustedes, como custodios de los niños, debieron hacer frente a toda clase de síntomas de esa angustia, incluyendo algunos muy conocidos como mojarse en la cama, dolores y malestares de uno u otro tipo, irritaciones de la piel, hábitos desagradables, incluso el de golpearse la cabeza, cualquier cosa que permitiera al niño recuperar su sentido de la realidad. Si uno reconoce la angustia que subyace a esos síntomas, puede comprender cuan inútil resulta castigar a un niño por ellos; siempre es mejor ayudarlo demostrándole amor y una comprensión imaginativa.

Fue sin duda entonces cuando ese niño evacuado pudo dirigir su mirada hacia ustedes y su hogar, que por lo menos era real para él.

Sin' ustedes, como sabemos por todos los fracasos, hubiera regresado a su hogar a enfrentar un peligro real, o bien su desarrollo mental se hubiera trastornado y distorsionado, con muchas probabilidades de sufrir alteraciones serias. Fue entonces cuando ustedes le hicieron un gran favor.

Hasta ese momento el niño había estado tratando de conocerlos, acostumbrándose a la nueva casa, comiendo la comida que ustedes le daban. Ahora acudía a ustedes en busca de amor y de la sensación de ser amado. En esa nueva posición frente al niño, ustedes eran no sólo las únicas personas que hacían algo por él, sino que también estaban allí para comprenderlo y ayudarlo a mantener vivo el recuerdo de su propia familia. También estaban allí para recibir sus intentos de dar algo a cambio de lo que estaba recibiendo, y eran necesarios para proteger al niño en esa relación atemorizante con el mundo bastante extraño que lo rodeaba allí y en la escuela, donde los otros chicos no eran siempre demasiado cordiales. Supongo que tarde o temprano adquirió la confianza necesaria en el hogar, y en la forma en que ustedes lo llevaban, como para poder darlo por sentado y luego, por fin, sentirse un miembro de la familia, un niño de la aldea al igual que los otros, que incluso usaba el dialecto local. Muchos llegaron incluso a enriquecerse con esas experiencias, pero ello se produjo como una culminación de una compleja serie de acontecimientos, y en la que, más de una vez, podría haberse producido un fracaso.

Y aquí están ustedes ahora, con un niño a su cuidado que ha utilizado lo mejor que ustedes pudieron darle, y deberían saber que todos reconocen que lo que ustedes han hecho no fue simple ni fácil, sino el resultado de un cuidadoso proceso. ¿Carece esto de otro valor aparte del bien hecho a un niño? Sin duda algo valioso que puede obtenerse de la evacuación (cosa muy trágica en sí misma) es que todos los que han logrado conservar un niño evacuado han llegado a comprender las dificultades, así como las recompensas, inherentes al cuidado de hijos ajenos, y pueden ayudar ahora a quienes están haciendo lo mismo. Siempre hubo niños destituidos, y siempre ha habido padres adoptivos que hicieron el tipo de trabajo que ustedes han estado realizando, y con gran eficacia. Cuando se trata del cuidado total de un niño, la experiencia es lo único que cuenta, y si cada uno de ustedes ha podido, mediante su éxito con un niño evacuado, convertirse en un vecino comprensivo de un padre adoptivo en el período de posguerra, creo que la tarea de todos ustedes no habrá concluido cuando esos niños evacuados regresen a sus verdaderos hogares.

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