Seminario 21 - Jacques Lacan
Los no engañados erran (Los nombres del padre)

Clase 10, del 19 de Marzo de 1974

Diga yo lo que diga —y digo "yo" porque me supongo en él, en este decir, del que sin embargo está el hecho de que es mi voz— diga yo lo que diga, eso hará surgir dos vertientes: un bien y un mal. De aquí proviene justamente el que se me haya atribuido la pretensión de que lo imaginario es caca, bobo, un mal, y que el bien seria lo simbólico. Aquí me tienen nuevamente formulando una ética. Quiero disipar el malentendido por me dio de lo que este año les anticipo acerca de la estructura de nudo, donde pongo el acento sobre esto: que es del tres que allí se introduce lo real.

Todo esto no impide que ese nudo mismo sea singular, si es verdad lo que sostuve la vez pasada (infórmense con matemáticos), o sea que ese nudo tan simple, ese nudo de tres, el algoritmo, lo que permitiría aportar allí aquello en lo cual culmina lo simbólico, o sea la demostración, la articulación en términos de verdad, si nos vemos reducidos a comprobar en él nuestro fracaso, nuestro fracaso para establecerlo, para manejarlo, de esto resulta que al menos hasta nueva orden se verán ustedes reducidos a imaginar esos nudos —de los que puedo hacer su escritura, la hice para ustedes la vez pasada, bajo más de una forma—, sobre la base de dicha escritura, se verán reducidos a imaginarlos en el es pacto. Así es, hasta el punto de que si lo que puedo hacer bajo su forma más simple, esos nudos proyectados como voy a mostrarlo,

ellos consisten en que, y lo que aquí les dibujo es algo que ustedes pueden imaginar, ese tercer anillo, por instaurarse en un trayecto, son esos dos nudos independientes, como ustedes ven, es decir, imaginan, son esos dos nudos independientes lo que hace ése nudo triple que llamo nudo borromiano, éste que así representado les es imaginable en el espacio, —como pueden verlo, cualquiera que fuese la manera en que yo hubiera escrito ese nudo pueden comprobar que es también una escritura: a saber, que al borrar uno cualquiera de ellos yo podría calcular que los otros dos quedan libres. Que lo que constituye imaginario, en la manera en que aquí pueden ustedes sentir que en el espacio están sostenidos, esto mismo es escritura, porque basta que borren uno de ellos para poder observar que los otros dos quedan libres, por la sola razón de que se recortan de una manera determinada que puede expresarse así: que el arriba y el abajo forman dos parejas, dos parejas apareadas por el hecho de que los dos de arriba se siguen, y que los de abajo no están en la misma línea. Quiero decir que se suceden con relación a los dos de arriba, que hay un giro que quiere que, para demostrar que dos de esos círculos están libres, basta que haya dos de arriba que se sigan, después dos de abajo que vengan después —he dicho: sobre la misma línea— es probable que recién haya cometido un error al decir que no están sobre la misma línea, fue un lapsus.

El enigma de la escritura, de la escritura en tanto que puesta de plano, está aquí: también al trazar lo que es esencialmente del orden de lo imaginable, o sea esa proyección en el espacio, todavía es escritura lo que hago, a saber lo que es enunciable, enunciable por este algoritmo, aquí el más simple: una sucesión.

Al imaginar ese calce encuentran ustedes la idea de la norma; la norma es imaginable desde el momento en que hay soporte de imagen, y aquí siempre nos vemos conducidos a privilegiar una de ellas, una imaginación de lo que constituye una buena forma, curiosa recaída, ¿por qué llamar "buena" a la forma?, ya que después de todo, por que no llamarla simplemente por lo que ella es. ''bella". Volvemos a deslizarnos con la antigua kalokagathos por esa ambigüedad, la que en esa fecha se confiesa, en la fecha en que era así como los griegos se expresaban, y que al fin de cuantas lo que siempre se reencuentra es el título de nobleza, la antigüedad de la familia, lo que, como saben, para el genealogista resulta siempre encontrable, para cualquier imbécil y por lo tanto para cualquier imbecilidad.

No veo por qué me impediría yo imaginar lo que fuere si esa imaginación es la buena, y lo que anticipo es que la buena no se certifica sino por poder demostrarse en lo Simbólico, lo que quiere decir, al intitularlo simbólico, en un cierto desbaratamiento de la lengua, en tanto que ella hace acceder, ¿a qué?: al inconsciente.

Lo Imaginario no deja de ser lo que es, a saber: de oro d'or -d, apostrophe,o, r-], y esto se entenderá como que él duerme (qu'il dort -d, o, r, t-) (1). El duerme, si puede decirse, al natural. Esto en la medida en que yo no lo despierte especialmente, en el punto de las éticas precedentes. Demasiado preocupado estoy por esa ética, en particular, con la cual quisiera romper: la del Bien, precisamente.

¿Pero cómo hacer si despertar es, en este caso, volver a dormir, si en lo Imaginario hay algo que necesita que el sujeto duerma?

En lalengua, lalengua de que me sirvo, soñar no tiene solamente esa sorprendente propiedad de estructuras Del despertar. Estructura también la rève-olution y la revolución (revolution) (2), si la oímos bien, suena más fuerte que el sueño. Algunas veces es el readormecimiento, pero cataléptico. Habría que llegar a que yo promueva, a que yo haga entrar para ustedes, en vuestras cogitaciones, esto: que lo Imaginario es el predominio dado a una necesidad del cuerpo, la de dormir No es que el cuerpo, el cuerpo del ser hablante, tenga más necesidad de dormir que los otros animales sin que sepamos nunca, por otra parte, dar su signo—, que los otros animales, los que funcionan con el dormir. La función de dormir, de hipnosis, en el ser hablante, sólo toma ese predominio del que hablé por identificarlo a lo Imaginario mismo, sólo toma ese predominio del efecto de esa nodalidad, de esa nodalidad que sólo anuda lo Simbólico con lo Imaginario —pero también podrían aquí poner cualquier otro par de los tres—, sólo los anuda por la instancia del tres, en tanto que yo hago de ella la de lo Real.

Si por lo tanto los despierto, en el lugar de aquello cuya fórmula nuestra antigua kalokagathos nos permite asimismo fechar en el Bien Supremo de Aristóteles, cuando hice la Etica del Psicoanálisis fue a la Etica a Nicómaco que me referí como punto de partida, pero al respecto me cuidé de despertar; porque si despierto a lo imaginario manifiesto de este Bien Supremo, ¿qué no Irán ellos a soñar? No es que no haya Bien, lo cual los arrastraría un poquito demasiado lejos para su bienestar, sino que no hay Supremo, por me dio de lo cual el Supremo efectivo, aquel que sabe servirse del nudo, encuentra lo suyo porque es por allí que el dormir se hace desear a aquellos —desear bastante— para que él encuentre en ellos la complicidad del sueño, a saber, el deseo de que eso siga durmiendo bien. Conviene pues que todo enunciado se cuide, justamente porque réve-oluciona, de mantener el reino de lo que despierta.

Pequeño paréntesis, puesto que además esto no es fácil de comprender, como motivo de este discurso en el cual me encuentro àpresado debido a que soy su sujeto por mi experiencia, la experiencia Ilamada analítica. Hay por cierto quienes, en cuanto a esa experiencia, no la ponen entre la espada y la pared, no se exponen a ella así nomas, inclusive sospechan que algo los pica. Los simplemente picados no tienen mucha imaginación. Cuando olfatean algo de las consecuencias de mi discurso, dan con algún rasgo biográfico, por ejemplo éste: que frecuenté a los surrealistas, y que mi discurso lleva su huella. Es también curioso que con los susodichos surrealistas yo no haya colaborado nunca. S¡ hubiera dicho lo que pensaba, o sea, que con el lenguaje, quiero decir al servirse de el, lo que ellos demolían era lo Imaginario, ¡qué no habría producido yo' Los hubiera despertado tal vez. Y sobresaltados, pues pura y simplemente les estarla diciendo que del uno al otro, de lo Imaginario a lo Simbólico, cuya existencia justamente no sospechaban, ellos restablecían el orden.

¿Puedo acaso hacerles entender que la suerte del ser hablante es que éste no puede decir, no puede siquiera decir: "he dormido bien", o sea, con un sueño profundo, "he dormido bien, de tal a cual hora"? Esto, por la sencilla razón de que nada sabe de ello, ya que, sus sueños, al enmarcar este dormir profundo, han consistido en el deseo de dormir. Es solamente en el exterior, a saber, sometido a la observación de un electroencefalograma por ejemplo, que puede decirse que efectivamente de tal a cual hora el dormir fue profundo, es decir, no habitado por sueños, esos sueños de los que digo que son el tejido de lo Imaginario, que son el tejido de lo Imaginario en tanto que es por ser tomados en el nudo, ese Real, que su necesidad principal se convierte en esa función predilecta: la función de dormir.

Este pasaje de lo Imaginario por la criba de lo Simbólico basta para dar al primer enunciado, el de lo Imaginario, el tapón de "bueno", "bueno para el servicio". ¿El servicio de qué? No creo forzar la nota si formulo esta pregunta, pues hay que decir que nadie se acercó nunca a esa pregunta sin suscitar por algún lado una idea de supremacía, es decir, de subordinación. Es cierto que el bien sólo puede ser llamado supremo. ¿No sienten acaso que aquí se denuncia algo as' como una debilidad?; recurro a aquellos que, justamente, tienen lo Imaginario despierto, a condición de que eso no soporte en ellos ninguna esperanza, porque está perfectamente comprendido que yo no digo nada semejante, pero que tampoco digo lo contrario: a saber, que el bien es supremo. De suerte que con respecto al llamado Imaginario, mi decir de nuestros días opera en él, por cierto, pero no es por allí que lo acomete, él dice sólo que lo imaginario es aquello por lo cual el cuerpo deja de decir nada que valga escribirse de otro modo que: "he dormido de tal a cual hora".

Todo esto no cambia nada en el hecho de que eso pica. La verdad pica, incluso a quienes, sin creer demasiado en ella, yo llamo los canallas, porque al fin de cuentas basta que la verdad pique para que eso toque en lo verdadero por algún sesgo. Di cualquier cosa, y eso tocará siempre en lo verdadero. Si no toca en el vuestro, ¿por qué no tocarla en el mío? He aquí el principio del discurso analítico, y por ello dije en alguna parte y a alguien que a fe mía hizo un muy lindo librito sobre la transferencia —el llamado Michel Neyraud— le dije que comenzar como lo hace por lo que él llama la "contratransferencia", si con ello quiere decir: aquello en lo cual la verdad toca al mismo analista, es estar seguramente en el buen camino, porque después de todo es allí que lo verdadero toma su importancia primaria y que, como lo hice observar hace mucho tiempo, no hay más que una transferencia, la del analista, ya que después de todo él es el sujeto supuesto al saber. El analista deberla saber bien a qué atenerse acerca de su relación con el saber, hasta donde es regido por la estructura inconsciente que lo separa de ese saber, que lo separa de él aunque conociendo una punta y, lo subrayo, tanto por la experiencia que de el ha hecho en su propio análisis como por lo que mi decir puede proporcionarle.

¿Equivale esto a afirmar que la transferencia es la entrada de la verdad? Es la entrada de algo que es la verdad, pero verdad de la cual justamente la transferencia es el descubrimiento: verdad del amor.

Es notable que el saber del inconsciente se haya revelado, se haya construido —tal es el valor de ese librito, su único valor además, pero justifica comprarlo—, la verdad del inconsciente, es decir, la revelación del inconsciente como saber, esa revelación del inconsciente se haya hecho de manera tal que la verdad del amor, o sea la transferencia, no hizo allí más que irrupción. Llego en segundo lugar. Y nunca se supo bien hacerla volver a entrar, salvo bajo la forma del malentendido, de la cosa imprevista, de la cosa con la que no se sabe qué hacer, salvo decir que era preciso reducirla, incluso liquidarla. Es ta observación por si sola justifica que un pequeño libro sepa hacerla valer, porque además es necesario compenetrarse de esto: que de la experiencia analítica, la transferencia es lo que ella expulsa, lo que ella no puede soportar sino padeciendo por su causa fuertes dolores de estómago.

Si el amor pasa aquí por ese estrecho desfiladero de lo que lo causa, y con ello revela el carácter de su verdadera naturaleza, ¿no vemos que vale la pena repetir su pregunta? Porque es difícil no confesar que el amor ocupa un lugar, aún cuando hasta aquí nos hallamos reducido, como se dice, a devolverle sus deberes. Con el amor pagamos, ofrecemos un óbolo, intentamos por todos los medios permitirle alejarse, darse por satisfecho.

¿Cómo, pues, abordarlo? En Roma prometí, para ya no sé cuándo, dar una conferencia sobre el amor y la lógica. Al prepararla advertí la enormidad de lo que soporta mi discurso, pues prácticamente no hay nada que me haya parecido dar cuenta de ello en el pasado, por poco que fuere. Advertí que al fin de cuentas no por nada Freud, en lo que yo citaba la vez pasada, el intitulado Psicología llamada justamente "de las masas" y Análisis del Yo, confronta la identificación con el amor, y sin el menor éxito, para intentar tornar aceptable que el amor participa de una u otra manera de la identificación.

Sencillamente, allí está indicado que el amor tiene que ver con lo que yo aislé bajo el título de Nombre-del padre. Es muy extraño. El Nombre-del padre al que antes aludí irónicamente, cuando dije que tendría relación con la antigüedad de la familia, ¿qué puede ser? ¿Qué es lo que el Edipo, el susodicho Edipo, nos enseña sobre esto?

Y bien, no pienso que esto pueda abordarse de frente. Por ello, en lo que hoy proyecté decirles, y sin duda en razón de una experiencia que a mí mismo me había fatigado, quisiera mostrarles cómo se amoneda ese nombre, ese nombre que en pocos casos no vemos al menos reprimido. Para llevar ese nombre no basta que aquella en la que se encarna el Otro, el Otro como tal, el Otro con 0 [A] mayúscula, aquella digo en quien el Otro se encarna —no hace más que encarnarse, encarna la voz— a saber, la madre, la madre habla, la madre por la cual la palabra se transmite, la madre, hay que decirlo, es reducida a traducir ese nombre (nom) por un nodo, Él (3); justamente, el no que di ce el padre, lo que nos introduce en el fundamento de la negación. Cabe preguntarse si se trata de la misma negación que forma circulo en un mundo, que al definir alguna esencia, esencia de naturaleza universal, o sea lo que se soporta del todo, —justamente rechaza, ¿qué rechaza?— fuera del todo, llevado por ello a la ficción de un complemento al todo, y hace a todo hombree responder: por eso (. . .) lo que es no-hombre, ¿no se siente acaso que hay una abertura (béance) de ese no lógico al decir-no?. Al decir-no proposicional, dirija yo, para soportarlo. A saber, lo que hago funcionar, en mis esquemas, acerca de la identificación sexual, o sea que todo hombre no puede confesarse en su goce, es decir en su esencia, fálica para llamarla por su nombre, que todo hombre no llega sino, al fundarse sobre esta excepción, de algo, el padre, en tanto que proposicionalmente él dice "no" a esa esencia. El desfiladero del significante por el cual pasa al ejercicio ese algo que es el amor, es muy precisamente ese Nombre del Padre que sólo es no a nivel del decir, y que se amoneda por la voz de la madre en el decir no de cierto número de prohibiciones; esto en el caso, en el feliz caso, aquél donde la madre quiere, con su pequeña cabeza, proferir algunos cabeceos.

Hay algo cuya incidencia quisiera indicar. Porque se trata del sesgo de un momento que es aquel que vivimos en la historia. Hay una historia, aunque no sea forzosa mente la que se cree, lo que vivimos es muy precisamente esto: que curiosamente la pérdida, la pérdida de lo que se soportaría en la dimensión del amor, si es efectivamente no la que yo digo —yo no puedo decirla—, a ese Nombre del Padre se sustituye una función que no es otra cosa que la del "nombrar para" [nommer á]. Ser nombrado para algo, he aquí lo que despunta en un orden que se ve efectivamente sustituir al Nombre del Padre. Salvo que aquí, la madre generalmente basta por si sola para designar su proyecto, para efectuar su trazado, para indicar su camino.

Si definí el deseo del hombre por ser el deseo del Otro, esto es lo que se señala en la experiencia. E incluso en los casos donde, por azar, ocurre que por un accidente ella no esté más allí, es sin embargo ella, ella, su deseo, lo que señala a su crió ese proyecto que se expresa por el "nombrar para". Ser nombrado para algo, he aquí lo que, para nosotros, en el punto de la historia en que nos hallamos, se ve preferir —quiero decir efectivamente preferir, pasar antes— lo que tiene que ver con el Nombre del Padre.

Es bien extraño que aquí lo social tome un predominio de nudo, y que literalmente produzca la trama de tantas existencias; él detenta ese poder del "nombrar para" al punto de que después de todo, se restituye con ello un orden, un orden que es de hierro; ¿qué designa esa huella como retorno del Nombre del Padre en lo Real, en tanto que precisamente el Nombre del Padre está verworfen, forcluido, rechazado?; y si a ese título designa esa forclusión de la que dije que es el principio de la locura misma, ¿acaso ese "nombrar para" no es el signo de una degeneración catastrófica?

Para explicarlo es preciso que dé pleno sentido a lo que designé con el término, tal como lo escribo, de la ex-sistencia. Si algo ex-siste a algo, es muy precisamente por no estar acoplado a él, por estarle tresado (troisé), si se me permite el neologismo. La forma del nudo, ya que además el nudo no es más que esa forma, es decir imaginable, ¿no ocurre aquí que lo imaginable se designa por no poder ser pensado? Pensado, es decir, puesto en orden, enraizado no sólo en lo imposible, sino en lo imposible en tanto que, de mostrado como tal, nada es demostrado por ese nudo, sino solamente mostrado. Mostrar lo que quiere decir la ex-sistencia, de un redondel de hilo para hacerme comprender, un redondel de hilo en tanto que sólo en él reposa el nudo, ya que de otro modo queda loco. La explicación no muerde sobre lo inexplicable.

¿No es aquí que debemos buscar, en aquello que nos posee, nos posee como sujeto, que no es otra cosa que un deseo, y que, más aún, es deseo del Otro, deseo por el cual estamos alienados desde el origen? ¿no es acaso a eso que debe llevar' a ese fenómeno, esa aparición a nuestra experiencia?: que, como sujetos, no es solamente por no tener ninguna esencia, sino además por estar calzados, squeezés (4) en un cierto nudo, sino también como sujeto supuesto de lo que squeeze ese nudo; como sujeto no es solamente la esencia lo que nos falta, o sea el ser, sino también que nos existe todo lo que hace nudo. Pero decir que esto nos existe no quiere decir que por ello existamos allí de ninguna manera. Es en el nudo mismo que reside todo lo que para nosotros no es al fin de cuentas sino patético, lo que Kant rechazó como de antemano de nuestra ética, a saber, que nada de lo que padezcamos puede de ninguna manera dirigirnos hacia nuestro bien; esto es algo que hay que entender no se sabe cómo, como un pródromo, me atrevo a decir, y por eso escribí una vez Kant con Sade, como un pródromo de lo que constituye efectivamente nuestra pasión: que ya no tenemos ninguna especie de idea de lo que, para nosotros, trazaría el camino del bien.

En el momento en que ese camino expira, en el momento en que Kant hace el gesto de ese endeble recurso, de ese lazo ínfimo con lo que Aristóteles instauró como el orden del mundo, ¿cuáles son los argumentos que él sostiene? Para hacer sentir la dimensión de lo que es el deber, ¿qué dice? Lo que dice es pretendidamente que un enamorado próximo a obtener el éxito de su goce mirará allí dos veces si, ante la puerta de su querida, está ya instalada la horca en la que se lo colgará; y de oponer a esto que desde luego nadie se arriesgará jamás a cosa parecida, mientras que por el contrario es bien evidente que cualquiera es capaz de hacerlo, simplemente si quiere. Entonces, ¿qué opone a esto? Es que —como si fuera esto el signo de una superioridad— conminado por el tirano a difamar a otro sujeto, alguno mirará allí dos veces antes de emitir un falso testimonio.

A lo cual en mi texto, Kant con Sade —pues he escrito cosas, cosas de las cuales nadie comprende nada, por supuesto, pero es simplemente porque son sordos— a lo cual he opuesto: ¡pero si para señalar a la mano del tirano a aquel que el tirano desea alcanzar, bastaba no uno falso, sino un verdadero testimonio' Lo cual basta desde luego para echar por tierra con todos los sistemas, por la razón de que la verdad, la verdad es siempre para el tirano. Es siempre cierto que al tirano no se lo puede soportar, y por consiguiente, aquel que el tirano quiere alcanzar, tiene ya sus razones para eso, lo que le hace falta es una apariencia de verdad. El sesgo por donde aquí Kant hace la hendidura no es bueno, de donde resulta la fórmula que se desprende simplemente de esos dos términos entre los cuales Kant da entrada a la razón práctica, es decir, la del deber moral; la esencia de aquello de que se trata en el bien es que el cuerpo fuerza su goce, o sea que lo re prime (la reprime) (5), y simplemente en nombre de la muerte, de la muerte de si o de algún otro, en el caso aquel a quien pensará salvar; pero Una vez delimitada esta fórmula, ¿no reduce esto el bien a su justo alcance? Es que fuera de esos términos, aquellos con que se hacen los tres, los tres de lo Real, en tanto que lo Real mismo es tres, a saber: el goce, el cuerpo, la muerte, en la medida en que están anudados, anudados solamente, desde luego, por esa impasse inverificable del sexo, aquí se vehiculiza el alcance de ese discurso recién llegado del que no es poca cosa que algo lo haya necesitado, el discurso analítico que me permitirán retomar el 9 de Mayo, segundo martes, y después no el tercero sino el cuarto, que no será por lo tanto el de después de Pascuas, el 16 de Abril, sino el 23...

El 9 de Abril, no Mayo, Abril !


Referencias

(1) d'or, "de oro", y dort, "duerme", son homófonos.

(2) Réve, "sueño", es utilizado para producir un nuevo sentido en revolution, que seria homófono del neologismo rêve-olution.

(3) Nom y non son homófonos. Es preciso aclarar que la traducción de este párrafo es literal .

(4) En inglés en el original.

(5) Goce: jouissance, nombre femenino. Lacan, J., Les non dupes errent, Seminaire.


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