Seminario 21 - Jacques Lacan
Los no engañados erran (Los nombres del padre)

Clase 4, del 18 de Diciembre de 1973

 

Veamos. Al pretender que alce la voz, al querer... hacerme rabiar, al querer tocarme el amor propio antes de que comience lo de hoy, ciertamente no mejoraremos la cosa, en fin, no se la habrá mejorado, es al menos lo qué supongo. Veamos. Porque igualmente, la vez pasada hice un esfuerzo, y hoy solamente habré querido, en fin, diluir sus márgenes, por así decir, en fin, decir las cosas mezzo voce. ¿Quizás para tratar de aclarar para ustedes, digo, por ustedes mismos, su resonancia? Después de todo, esta resonancia la presumo, puesto que dije que estaba hecho para obtenerla. Mi dicho fue el de ese nudo que no es de ayer que introduje, y cuyo alcance merecía que se insistiera en él, esto quiere decir: no podía aparecer inmediatamente. Lo importante no es solamente ese nudo, es su DECIR. Su decir que, en suma, la vez pasada intenté sostener así, suficientemente. Lo que ese nudo tiene de bueno es que pone enteramente en evidencia que ese decir, en tanto que es el mío, está implicado en él. Esto quiere decir que, de ese lado por donde —observen que no dije ''la palabra", dije "el decir", no toda palabra es un decir, sin lo cual toda palabra sería un acontecimiento, lo que no es el caso, sin eso no se hablaría de "¡vanas palabras!''. Un "decir" es del orden del acontecimiento. No un acontecimiento superficial, no un momento de conocer. Para decirlo todo, no es filosofía. Es algo que está en el efecto (coup). En el efecto (coup) de lo que nos determina en tanto no es enteramente lo que se cree. No es cualquier clase de condición, de lo Real, "local", de esto, de aquello, después de lo cual uno bosteza, no es lo que, como seres hablantes, nos determina. Y esto reside muy precisamente en ese pedúnculo de saber, corto por cierto, pero siempre perfectamente anudado, que se llama nuestro inconsciente, en tanto que para cada uno de nosotros este nudo tiene soportes muy particulares. 

Así es como, dando tumbos, he podido... he construido esta topología por donde me atrevo a escindir de otro modo lo que Freud sostenía de estos términos: la realidad psíquica. Pues, en fin, mi topología no es la misma. Alguien, entre quienes vienen a conversar conmigo, puso mi nudo borromiano en el mismo estadio, por así decirlo, qué el famoso huevo podrido de algo que — ¿saben ustedes que fue Freud quien hizo eso?— evidentemente, podría hacerse la metáfora de la reserva nutritiva con lo que se considera que ella alimenta, con el goce por una parte y lo que ustedes quieran por la otra, la... la embriología del alma. Bueno. Quisiera formular una observación concerniente a lo que llaman ''el amor", Porque es eso, lo que recién llamé la resonancia, la resonancia en ustedes, lo sepan o no, de lo que la vez pasada sostuve de mi nudo borromiano, de mi decir.

El amor, por todo aquello en que se ha gastado tinta hasta ahora, es asimismo algo que enfrenta la objeción de que no se concibe de qué modo el ser — pues desde luego ustedes ya han oído hablar de eso, en fin, están hartos de oírlo en la metafïsica..., incluso en los sermones no se habla de otra cosa— de qué modo el ser sería manipulable a partir de ningún siendo (étant, ente). Esto presenta una gran dificultad lógica. Puesto que el ser, cuando se les habla de él, no es nada, y esto desemboca en la aspiración de que estarla hecho a partir de dios, del amor. Bien sé que no son ustedes creyentes ¿no es cierto?. Pero ustedes son todavía más boludos, como ya tuve ocasión de decirles la vez pasada, porque aunque no sean creyentes, en esa aspiracion —se los mostraré a todo lo largo de lo que hoy voy a decirles— en esa aspiración, ustedes creen. No diré que la suponen: ella los supone a ustedes. Se intenta vaciar todo eso —o llenarlo, no importa— esquematizándolo en la vieja metáfora del conocer. Se conoce a quien se tiene delante, a aquel con quien se tiene que ver, se lo conoce en el amor.. Sólo que yo objeto: qué es el ser sino la cuestión esterilizada de las perfecciónes imaginarias con las que se sueña, de las que ustedes mismos, acabo de decirlo, aunque lo sepan, ustedes sueñan, sueñan su escalera. La escalera cuyo último peldaño será o no ese dios del que recién hablé... pero si no es éste, será otro. Lo que se llama sueño despierto. El estudio del sueño, del verdadero, del que se tiene cuando se duerme y que les da bronca, dígase lo que se diga, demuestra que eso no tiene nada que ver con vuestro sueño, despierto o no. Inclusive es lo que los distingue a ustedes como seres hablantes: que hay un saber que ustedes oyen en el sueño, que nada tiene que ver con lo que de él les queda cuando están pretendidamente en vigilia. Por eso es tan importante descifrar ese sueño, ese sueño que ustedes sólo sueñan durante cierto tiempo. Hasta allí ustedes han llegado —eso duró un tiempo— pero no siguen estando tan lejos, créanlo, el tiempo de la signature rerum, de la lectura del sueño despierto, de la legibilidad del mundo; ¡de ninguna manera crean que, porque no sean ya los curas quienes os la dictan, ustedes no se encuentran en el mismo punto. El amor, si es efectivamente la metáfora de algo, se trata de saber a qué se refiere. Hay que partir de lo que antes dije acerca del acontecimiento. El se refiere, nada más — en todo caso, hoy me limitaré a eso, simplemente para desfasar, lo que acabo de trazar acerca de la tradición, de la metáfora del conocer—, digamos que ante todo se refiere al acontecimiento. A esas cosas que ocurren, digamos, cuando un hombre encuentra una mujer. Y ¿por qué no? porque es en general el pez que uno intenta ahogar; cuando digo: cuando un hombre encuentra una mujer, soy modesto, quiero decir que no pretendo llegar a hablar de lo que ocurre cuando una mujer encuentra un hombre... Porque mi experiencia es limitada, ¿no? sugerirles esto: ya que hemos partido de dos puntos extremos les propongo, a propósito del gobierno del amor divino, que les evoqué la vez pasada interpelándolos, para decirles sí o no, ¿esto da dos o tres? — quizás quienes estuvieron aquí lo recuerden—, entonces lo modifico ligeramente: ¿qué efecto les hace si lo enuncio amarás a tu prójimo como a ti mismo?. Esto hace sentir igualmente algo, este precepto funda la abolición de la diferencia de sexos. Cuando les digo que no hay relación sexual, no dije que los sexos se confundan, ¡muy lejos de eso! Sin eso, no obstante, ¿cómo podría decir yo que no hay relación sexual?. ¿Qué querría decir esto?. Es importante de situar —seguramente todavía no lo han hecho—. Para situarlo de una manera exacta, hago una pequeña observación pues hoy yo me comento, no hay relación sexual, y bien, es del mismo orden que lo que concluí de mi segunda conferencia, la que no fue tan comprendida: hablé mucho de lo oculto —y crean, yo me pongo en el mismo lugar—, hablé mucho de lo oculto pero el punto importante, hay uno o dos para remarcar, es que dije que no hay iniciación. Es lo mismo que decir que no hay relación sexual. Lo que no quiere decir que la iniciación sea la relación sexual, ¡porqué no basta que dos cosas no existan para que sean las mismas!.

Está claro que el amor es asimismo un hecho, así es llamada la relación compleja —es lo menos que puede decirse— entre un hombre y una mujer. Entonces, tal vez yo pueda retomar esto, que se encuentra en el corazón de mi título, sobre el cual había anticipado un primer lineamiento en mi primer seminario. ¿Es que la relación — con justa razón llamada compleja— entre un hombre y una mujer, vamos a ponerla simplemente en la cuenta de haber hecho juntos, lo que yo he llamado, lo remarco, no error (erreur) sino errancia (errance), viator —articulé— el viaje sobre esta tierra, la categoría, cósmicamente, que justo nos excluye del mundo?. ¿Es esto el amor: haber recorrido un tramo juntos?. ¿Advierten a dónde vamos? Nos ayudaremos mutuamente. Por el horizonte siempre asomaría esta promesa. Y, además, es cierto que hay verdad allí dentro, ¿no? . Cuando ese es un buen hombre y una buena mujer, como en otra época decían los existencialistas, yo hablo de la "buena mujer", no se les ocurría hablar del liguen hombre", sabe dios por qué, lo mejor sin embargo. Un buen hombre y una buena mujer que habrían recorrido un camino juntos. En el horizonte del amor estarían el abuelo y la abuela. Hay esto en el inconsciente. Hay esto también. Sin embargo quisiera sugerir que quizá no sea todo. La cuestión que planteo: ¿ por qué camino se ama a una mujer? . . . si planteo la pregunta, esto es una broma (bateau) lacaniana, sin duda tengo la respuesta. Pero las hay muchas. Inclusive no hay pregunta que tenga más respuestas. Naturalmente, ustedes no conocen ninguna, porque se dejan llevar por la cosa, por el torbellino. Si uno tiene de entrada las respuestas, lo primero que se debe hacer es contarlas. Y hay una de ellas que encuentro muy buena.

¿Cómo ama un hombre a una mujer?. Por azar.

Esto ya se los di, es la suerte (heur) de que hablo desde hace tanto tiempo, cuando digo que la buena suerte (bon-heur) (1) fluye copiosamente, la hay por doquier, cuando digo que incluso ustedes no conocen más que eso. Sólo se trataría de sentir un poquito más que ustedes están librados a esa buena suerte. Porque en fin, es preciso decirlo, para tomar mi referencia anterior, las circunstancias no siempre se ayudan mutuamente, cuando ocurre que se produzca, entre un hombre y una mujer, el amor, y después, ya que recién oí ahí abajo una vocecita elevando su cancioncilla, quisiera igualmente hacer observar, al margen, que su compañero de ruta (esto debería despertar más ecos de lo que creen en vuestras queridas almitas) forma parte de cierto vocabulario, el vocabulario de la esquina donde se habla de ''la imaginación al poder" . Debo decirlo, el izquierdismo me parece lo más tradicional que hay. Y la metáfora del compañero de ruta no me parece bastar, excepto en el registro, precisamente cristiano, del viator.

En cuanto a la imaginación al poder, ¡no soy yo quien se los hace decir! Como tampoco le hago decir nada a nadie. Mi función es más bien escuchar. Naturalmente, de vuelvo, pero es más bien porque lo que escucho me sale por las orejas. El amor no es otra cosa que un decir, en tanto que acontecimiento. Un decir de órdago. Y que el amor no tiene nada que ver con la verdad, esto es decir mucho, ya que asimismo lo que demuestra es que ésta no puede decirse toda. ¡Ese decir! ese decir del amor se dirige al saber en tanto que éste está aquí, en lo que es preciso llamar el inconsciente. Digamos en ese... ese nudo de ser, si ustedes quieren, pero en muy otro sentido, que lo que primero partía de la confusión , ese nudo , yo dije : es la palabra nudo lo importante, no el ser, el ser de ese nudo, que dibujé la vez pasada, y que sólo motiva al inconsciente. Esto implica, pues, enteramente incluido en él justamente ese decir de la vez pasada, en tanto que en él se da cuenta del lugar de ese saber. Lo que constituye ese decir no es el conocimiento, de ninguna manera, ese nudo no es un conocimiento de cualquier cosa. Este nudo implica mi decir como acontecimiento en lo que él es, con sus tres caras: que es imaginable, ya que he hecho de él imagen efectiva; que es simbólico, ya que puedo definirlo como nudo; y que es totalmente real por el acontecimiento mismo de ese decir, acontecimiento consistente en que, cualquiera sea, cada uno de ustedes puede darle el sentido que tiene. Por el cual, como siempre, les suplico no comprenderlo demasiado rápido. Porque evidentemente debo prevenirlos, como se dice, contra toda suerte de precipitación. Lo cual, en este caso, explica mi lentitud. Yo soy aquí el Maestro Jacques puesto que es preciso prevenir contra toda interpretación precipitada; nada más que en esto consiste lo que puede haber, en ese decir, de hazaña. Por eso debo cortar, y esto significa que abrevio. El alcance del nudo borromiano radica en que de la ruptura de cualquiera de los tres redondeles de hilo se sigue la ruptura del conjunto. Mientras que en una cadena simple, se las pondré en el pizarrón — dibuje, Floria, se lo ruego, una cadena, una cadena con tres redondeles simplemente, y hágalo correctamente, bueno... asi—. Sí, pero entonces es preciso que ustedes se detengan, así, y también que se detengan para hacerlo así:

En una cadena simple de tres sólo desde el redondel del medio pueden ustedes romper los extremos.— Si ustedes toman primero uno de los dos extremos, los otros dos quedan anudados. En eso consiste, justamente, la diferencia del nudo borromiano, y del nudo borromiano, por otra parte, con el nudo olímpico. En el nudo olímpico, por paradójico que parezca, se saca uno cualquiera de los tres y los otros dos quedan anudados. Pero sólo es simétrico en lo que pasa con el redondel del medio. La consistencia de todo esto sólo es imaginaria, por cierto, salvo que al imaginarlo como nudo lo duplicamos con lo simbólico; ¿y qué es imaginarlo, por una parte, pero por la otra formularlo como nudo? Esto nos lleva a las fórmulas matemáticas. Las fórmulas de lo que está apenas esbozado, a saber, la teoría de los nudos, con la diferencia de que asimismo esto es el representante del lenguaje y que la lengua escrita como yo lo hago, lo refleja en su formación misma; para decirlo todo, cuanto más nos adentramos en la tarea de hablar de él, más confirmamos lo que es obvio: que también estamos en lo simbólico; después de esto, ¿cómo no admitir lo real, real por el hecho de que en este asunto ponemos allí nuestra piel? Es decir, lo más eficaz que pueda haber, por lejos que se vaya, de nuestra presencia real. De esta presencial real, sólo digamos que, después de todo, no hay necesidad del hasch para revelarla, por transformar se en una sustancia ligera. Comprendemos esto lo suficiente como para que pueda decirse que lo importante de lo que aquí constituye nudo es este redondel de hilo; lo consistente en cada uno de los términos que yo distingo en tres categorías, lo consistente es estrictamente equivalente. Pues —alcánceme esos pequeños utensilios, voy a hacerlos un regalo— si digo que, como les mostré la vez pasada —alguien que tuvo a bien escribirme una notita sobre estos temas, demostrando que no habla comprendido gran cosa, al menos me hizo notar incidentalmente que yo habla manipulado esos utensilios no sin poca torpeza—, ...bueno, si es cierto lo que digo, a saber: que el nudo borromiano tiene la curiosa propiedad de que en esta construcción puede ponerse cada uno de los redondeles estrictamente en el mismo lugar que cualquiera de los otros dos, aunque de entrada esto no salte a la vista de inmediato; si cada uno puede, en esta función, ser calificado por su consistencia de estrictamente equivalente, sea considerado como Real o como Imaginario o como Simbólico, entonces con ese redondel, que consiste justamente en un nudo borromiano, puedo hacer un nudo borromiano, encadenando simplemente, si tengo tiempo, los tres nudos borromianos. Quisiera que los miraran un poco más de cerca, así, que hicieran algo con eso (Lacan arroja sus nudos a la sala)... Lo importante, a saber, que sean distintos, eso justamente no tiene importancia, sino en tanto que es preciso que sean tres. Ellos consisten, en primer lugar y ante todo, en su diferencia. Por ejemplo, si una mosca me picara, les escribiría en el pizarrón algo a lo cual, dado mi humor de hoy, no tuve tantas ganas de dar un estatuto especial, a saber, ponerles eso en... en una significancia algo más que...esbozada . Veamos. 2. No le voy a poner alrededor algo que lo aisle, que lo esterilice por precaución, lo pongo en crudo: 2, cifra del amor, ¿no? —ellos están " fuera dos" (hors deux) (2) — se los dije, es lalengua (lalangue) que expresa la matemática, ¿no?. 2 igual 1 ó 3. 2 = 1 v 3. ¡Ah!, esto es sencillamente idiota. Pero no es idiota si se pone...aquí debo poner algunos signos utilizados en lógica, como ser el paréntesis, y servirme del signo de la implicación equivalente, que es justamente, como ustedes saben, lo que funda la equivalencia. ¿En qué es equivalente? Es equivalente en que 2 ó 1 es igual a 2 ó 3.

(2 = 1 v 3)====(2 v1) = (2 v 3)

Hagan con esto lo que quieran, lo dejo a vuestro cuidado. Lo dejo a vuestro cuida do porque es preciso que yo avance, en las... las propiedades, las propiedades de lo triple, de lo triple con que nos enfrentamos. Si, en esas propiedades de lo triple hay esto: que puesto que cada uno de los términos de los tres del nudo borromiano libera a los otros dos, sé bien que hay una relación, una relación real — en todo caso simbolizable— con ese medio, ese medio que deja bien vaciadas de toda potencia a los dos extremos. Pero en el caso del nudo borromiano, los dos extremos tienen la misma. Entonces, podemos considerar los bajo el ángulo de hacer, de cada uno de ellos, medio.

(Alguien en la sala: —Señor, ¿qué quiere decir esa v, es una v o un multiplicado?)

—¿Qué dice?... Es un vel, es una "o'', "o'', ¡uno o el otro!, se usa en lógica, en lógica así escrita, se pone una pequeña v para decir ''o". Y se lee: 2 igual 1 ó 3, esto implica la igualdad de 2 ó 1 con 2 ó 3...

El interés de tomar a cada uno como medio —ya que hoy es de sentido que hablo—estriba en metérselos, así, interpretados. Estoy bastante tranquilo, por cuanto me preocupo para que ustedes no den demasiado sentido y demasiado rápido a lo que digo; hay también un buen medio para obtener el mismo resultado, y es ofrecerles bastante de esto para que ustedes lo vomiten. Es decir, procederé sin moderación. Les diré cosas para vomitar, y luego, tendrán ustedes tiempo de volver a tragarlas, como el perro de la escritura. No se debe retroceder ante esto. Si quiero darle su exacto alcance, en fin, es preciso ir directamente.

Tomemos a éste por lo Simbólico, a ése por lo Real y a aquél por lo Imaginario. Si tomamos el Simbólico (bórrenme el pizarrón, por favor) como jugando el rol de medio (gracias, es usted muy gentil) el rol de medio entre lo Real y lo Imaginario...

 

...henos aquí en el centro de lo que es este amor del que en su momento hablé bajo el nombre de amor divino. Basta para ello que este Simbólico, tomado como amor, amor divino, —eso le cuadra— posea la forma del mandamiento que pone como pináculo "el ser y el amor' . Para que éste con jugué algo en tanto que ser y en tanto que amor, esas dos cosas sólo pueden decirse sosteniendo lo Real por una parte, lo Imaginario por la otra, respectivamente; comenzando por este último: el cuerpo, y aquél otro, lo Real, la muerte. Aquí se sitúa el nervio de la religión en tanto que predica el amor divino. Aquí, por cierto, se realiza también esa cosa loca, esa fisonomía de lo que ocurre con el amor sexual en el viaje. Esta perversión del Otro como tal, instaura en la historia sádica de la culpa original, y en todo lo que de ella se sigue, el haber adoptado, por cierto, este mito precristiano, ¿por qué no? Este es quizás tan bueno como cualquier otro, e instaura en lo Imaginario, en el cuerpo, justamente, esa suerte de levitación, de insensibilización de lo que le concierne, que después de todo —ya no tengo necesidad de insistir en ello— es toda la historia de lo que se ha llamado el Arrianismo, incluso el Marcionismo (3).

He aquí de dónde se imperativa la dimensión del: amarás a tu prójimo como a ti mismo. Sea usted incauto (dupe) de esto y no errará, debo decirlo.

Porque no puede decirse que semejante religión sea nada. Como les dije la vez pasada, es la verdadera, es la verdadera puesto que inventó esa cosa —esa cosa sublime—, de la trinidad. Ella vio que hacían falta tres. Que hacían falta tres redondeles de hilo de consistencia estrictamente igual para que algo funcione. Sin embargo, es curioso que para (todos) los fines, eso produzca lo que produce en lo que concierne al amor. Pero lean Vida y Reino del Amor en Kierkegaard, que acaba de aparecer en Aubier (todos ustedes, que son muchos, saldrán de aquí y se lanzarán a lo de Aubier, como sucede siempre que recomiendo un libro). Yo ya tengo uno, así que pueden agotar la edición, nomás. Pero ¡léanlo! léanlo porque...no hay lógica más implacable, nunca se articuló nada mejor sobre el amor, sobre el amor divino, se entiende. No hay la menor errancia (errance), todo está trazado lógicamente. El amor es caridad, "mujer" (femme) — curioso lapsus—, es caridad, fe y esperanza, y gracias a eso la caridad está ustedes lo ven, en fin, bastante lamentablemente simbolizada en el arte por esa mujer de senos innumerables, de la que penden innumerables chiquillos. Pero hay sin embargo algo, justamente allí está el origen de mi lapsus, hacer esto de la imagen de la mujer. La finalidad, la finalidad en tanto que hay dos extremos y un medio, se los hago notar, toda la especificación de fin, ... y además de fines siempre articulables por reci...no me atrevo a decir la palabra reciprocidad, no es justa en este caso. Pero quiero decir que, tanto el comienzo se convierte en fin como el fin hace las veces de comienzo. La relación del cuerpo y la muerte está articulada por el amor divino de una manera tal que por una parte hace que el cuerpo devenga muerte, y que por la otra la muerte devenga cuerpo, por medio del amor.

Pero generalmente la idea misma de finalidad es algo atribuido a la intermediación del deseo. El amor de dios es la suposición de que él desea lo que se cumple para todos los fines, por así decir. Es la definición de la teología en si misma. Es una transformación del término "deseo" en término "fin". Pero en esta articulación del nudo borromiano, hay confusión del medio y del fin. Todo fin puede servir de medio. Hagamos aquí, justamente, este simple paréntesis: el simple paréntesis de que, al tomar este lugar, el amor divino ha expulsado lo que acabo de definir como deseo. Con la ganancia de una verdad, la verdad del tres que, por así decir, paga la cosa y la compensa; lo que propiamente hablando es situable en ese lugar, en el lugar de lo Simbólico en tanto que él no deviene sino medio, es el deseo.

De paso, les hago notar que el amor cristiano no ha extinguido, muy lejos de eso, el deseo. Esa relación del cuerpo con la muerte, él la bautizó, si se me permite, amor. Pero no insistiré más por ahora, tomo otra juntura O. Muy exactamente lo que puede resultar de tomar, esta vez no ya lo Simbólico, sino lo Imaginario como medio O. Si como acabo de hacerlo —a esto se enhebra lo que les articulé como para vomitar—, sigo dando ese sumario sentido de la muerte a lo Real, como constituyendo su núcleo, y a lo Simbólico — pues hasta aquí no he tenido que anticiparlo— a lo Simbólico le doy lo que nos revela a través de su empleo en la palabra, y especialmente en la palabra del amor, el soportar lo que en efecto todo el análisis nos hace sentir: soportar el goce. Entonces, ¿qué nos demuestra el redondel de hilo de lo Imaginario tomado como medio?. Que lo que él soporta es, nada menos, lo que hay que llamar amor. El amor, por así decir, en su lugar, el que tuvo desde siempre. Y si en el tiempo de mi Etica me valí del amor cortés, en lo que él imagina acerca del goce y de la muerte, hay allí algo que es — iba a decir milagroso— muy sorprendente y adecuado para retenernos, y es el hecho de que el feudalismo haya producido el orden del amor cortés. No porque yo crea que en él se testimonia algo de una rectificación, de una contra-teoría del amor divino, algo de una compensación, sino más bien algo de un orden antiguo por donde justamente se testimonia cuánto más de lo que se creía quedaba de ese orden antiguo en el feudalismo.

Pues el orden antiguo nada tiene que ver con el que nosotros conocemos. Tal orden es — por lo demás no veo por qué algún economista me contradiría, más allá de la edad feudal no quiere ya saber nada— tal orden es lo que se conservaba en el área feudal. Y para decirlo todo, les pido que lo verifiquen, no veo ninguna distinción en cuanto al acento, en cuanto al sentido del amor, entre lo que nos queda de él: las muy elegantes terías del amor cortés, y toda la novela que se despliega alrededor; no veo ninguna diferencia entre eso y lo que nos testimonia la literatura de Cátulo y el homenaje a Lesbos, por prostituida que estuviera.

Pienso que aquí, es decir, en lo Imaginario tomado como medio, está el fundamento del verdadero lugar del amor. ¿Cómo pudo producirse ese desplazamiento, fecundo después de todo, que en el amor cristiano sitúa el amor en el lugar —verán al final por qué— en el lugar que me parece ser el del deseo?. La cosa no fue posible (y aquí hablo de algo en lo cual he pensado un poco); es lo que Cristo enseña. No hablo de su pasión, que es la pasión del Significante, hablo de su decir: "imitad el lirio del campo", profiere Cristo. "No teje ni hila", dice. Y éste es el punto importante: ese desconocimiento de la presencia en la naturaleza de lo que al saber le llevó cierto tiempo descubrir, o sea: ¿qué cosa ha tejido e hilado más que el lirio del campo?. Proferir, articular esto como modelo es, propiamente, agregar al desconocimiento la denegación, (denégation), ¿y la denegación de qué, puesto que tan sólo se trata de una metáfora? La denegación del inconsciente. Es decir, de que éste teje e hila: ese saber sin el cual no hay justa situación del amor si aquello en lo cual el amor consiste es precisamente decir, ese decir que parte, obsérvenlo, de lo Imaginario tomado como medio. Lo que hay en el amor cortés, es que aquello que en Platón todavía permanecía suspendido en lo Imaginario de lo bello, es esto lo que se cristaliza, lo que, en el amor como medio, toma cuerpo, contrariamente, por así decir, porque todo esto puede articularse así, articulado por una serie triple de oposiciones a lo Imaginario del amor tal como él se articula en El Banquete, se opone a tomarlo como medio de lo que tiene que ver con el amor cortés.

Cosa que merece ser expuesta. Si he dicho que el amor divino tomó el lugar del deseo, no vayan a creer que todo esto es muy sencillo, que haya que volverlos a su lugar, a saber: que cada uno retome el suyo; no es esto lo que ocurrió. Si el amor cortés fue, por así decir, vaciado de su lugar, para presidir, en el lugar del deseo, la ascensión de un amor cristiano, esto no significa que el deseo haya cambiado: fue despedido a otra parte. Fue despedido a otra parte, a saber; allí donde lo Real mismo es un medio entre lo Simbólico Y lo Imaginario. Y si ese Real — he aquí la audacia, en fin, de mi interpretación de hoy—, si ese Real es la muerte — lo cual es una representación grosera—, si ese Real es la muerte, allí donde el deseo fue expulsado — si me permiten hablar en términos de acontecimientos—, allí donde el deseo fue expulsado —lo que tenemos es el masoquismo. No ciertamente en tanto que éste sería, en lo que fuere, el vehículo de la muerte; no hay como los psicoanalistas para creer eso, pobrecitos, instinto de vida, instinto de muerte, no se ocupan de otra cosa cuando interpretan; están totalmente al lado de lo central, pero no cabe duda de que es el masoquismo quien los ha hecho emerger; la junción, el empleo como medio, como medio para unir, para unir el goce y el cuerpo, el empleo como medio de esta perversión, es por cierto lo que los ata. Lo que los ata, por así decir, por un tiempo, irremediablemente, y sobre lo cual está construída una parte de su teoría. No es menos cierto que el amor es la relación de lo Real con el saber. En cuanto al psicoanálisis, es preciso que éste corrija ese desplazamiento, desplazamiento consistente en que, después de todo, no ha hecho más que seguir el viraje fuera del lugar del deseo; es preciso que el psicoanálisis sepa que si el psicoanálisis es un medio, es EN EL LUGAR del amor que se sostiene. Es con lo imaginario de lo bello que habrá de enfrentarse, para franquear el camino de un reflorecimiento del amor en tanto que "I'(a)mur" (ir"el (a)mor"), como alguna vez dije, al escribir el objeto a chica entre paréntesis más la palabra mur, ya que l'(a)mour es lo que lo imita (4).

El amor es lo imaginario específico de cada uno, lo que no lo une más que a cierto número de personas no elegidas del todo al azar. Es aquí que está el resorte del plus-de-gozar (plus-de-jouir). Está la relación de lo Real con cierto saber y el amor tapa el agujero. Como ven, no es nada fácil.

No es nada fácil, pero al menos — debo decirlo para terminar, porque después de todo estas cosas no se terminan— es algo que responderá a lo que la vez pasada les dije acerca de la estructura de ese nudo, que ustedes tienen ahora entre sus manos, a saber: que a partir de cierto punto mal elegido, no hay ningún medio de salir de él. Todo esto querría decir que cada uno teje su nudo. Hay algo que quiero mostrarle para hacerles ver cómo se produce el fracaso. Porque igualmente, ¡hay un inverso! He parecido cantar el revés del amor; sí, hay un inverso: verán ustedes cómo, si el amor deviene realmente el medio por el cual la muerte se une al goce, el hombre y la mujer, el ser con el saber, de viene realmente el medio, el amor no se define ya como fracaso. Porque sólo el medio puede desanudar uno del otro. Y esto se produce de la manera que voy a mostrarles, que es la siguiente:

El nudo borromiano — una encantadora persona que me escucha me envió toda una página sobre esto— el nudo borromiano fue abordado por vías matemáticas, como ustedes saben; ya les dije, la teoría de los nudos aún está en el b, a, ba; lo curioso es que no se descubrió tomando las cosas a nivel de los nudos, sino a nivel de la trenza. Pero...¿qué es una trenza?.

En primer lugar, la trenza tiene relaciones con tres, sin lo cual no se llamaría trenza...uno, dos, tres.. . ¿Cómo es que con esto hago una trenza? Quienquiera se haya ocupado del cabello de una mujer, puede saberlo. Pero naturalmente, ustedes no lo saben porque ahora las mujeres tienen el cabello corto. Una trenza se hace así, ¿no?

Ustedes cambian el lugar del dos en el lugar del uno y el tres queda en su rincón. Bueno, es preciso marcar el lugar del resultado, porque de lo contrario no comprenderán nada. Si vuelvo a hacer el nudo demasiado rápido no podrán ver dónde se hacen los cortes. Por cierto, yo mismo debí tropezar con el problema, y se los ahorro; entonces, ahora cambien el lugar del tres con el lugar del dos:

Tendrán entonces (ya que es 1, 2, 3) tendrán 2, 1, 3. Después tendrán 2, 3, 1, y si siguen la cosa una vez más, tendrán finalmente 3, 2, 1.

Figúrense que están en el orden de partida: entre 1, 2, 3 y 3, 2, 1 el orden es inverso, nada es más fácil que juntarlos. Nada es más fácil que juntarlos, hubiera bastado en suma con aplicar el procedimiento, como bien lo advirtió la encantadora persona que me escribió sobre la cuestión, que se aplica en la banda de Moebius. Lo curioso es que cuando ustedes miran, aquí, lo que circula, al menos lo espero, a saber, mis nudos borromianos de recién, toquetéenlo: verán que la cuestión de los lugares donde parece formarse el nudo y los lugares donde puede ponerse de plano, es ciertamente una cuestión de elección, la cosa puede variar al infinito pero se realiza, naturalmente, en... en tres tiempos, por así decir. Pueden imaginarse que el nudo borromiano se ha hecho de tres intercambios, y solamente de tres. Y bien, no es así, en absoluto. No han hecho más que tres, es decir, han procedido rea justando la I, 2, 3 a 3, 2, 1, es decir, sin esperar que, si hacen seis tiempos, tienen el 1, 2, 3 en el buen sentido, y que es así como sabiamente se obtiene el nudo borromiano. Prueben.

Prueben hacer sólo tres tiempos de la trenza, y lo que obtendrán no será el nudo borromiano. Ven así hasta qué punto es fácil caer en el medio. Y que la faz, la faz equivalente de lo que he situado acerca del amor como siendo ese lazo esencial de lo Real y de lo Simbólico, es que tomado como medio, tiene todas las posibilidades de ser lo que es también del nivel de la finalidad, a saber, lo que se llama un puro fracaso.


Referencias

(1) Juego de palabras entre heur, suerte, y bonheur, dicha, felicidad. Bon-heur: buena suerte .

(2) Literalmente, "fuera dos", que suena como hors d'eux, "fuera de ellos'', "fuera de sí".

(3) Arrianismo. De Arrio (256-336), presbítero cristiano de Alejandría cuyo nombre se dio a la primera gran herejía que amenazó a la Iglesia, la cual se refiere a la naturaleza de la divinidad de Jesucristo. El Hijo, segunda Persona de la Trinidad, es Dios pero en un sentido distinto al que defiende la ortodoxia. No es coeterno con el Padre, primera Persona, sino que fue engendrado por El y no existía antes: ''el Hijo tiene un comienzo, pero Dios no". Los católicos ortodoxos sostenían, en cambio, que Cristo es coeterno con el Padre, y como El, inengendrado.

Marción (100-165). Gnóstico que fundó en Roma la secta ascética de los marcionistas hacia 144. Se inclinaba al dualismo distinguiendo entre un Dios Padre y un Creador o Demiurgo asimilado al Yavé de los judíos. El primero envió a su hijo, Jesucristo, para librar a la humanidad del dominio del segundo, pero como la materia es esencialmente mala, Jesús jamás encarnó, su cuerpo era sólo apariencia.

(4) Juego de palabras entre amour, ''amor", y mur, "pared, muro".


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