Seminario 21 - Jacques Lacan
Los no engañados erran (Los nombres del padre)

Clase 5, del 8 de Enero de 1974

 

Les deseo un buen año, aunque me imagino que varias personas lo han comenzado mal aquí. Soy uno de ellos, además. Inclusive sentí ganas de excusarme con el pretexto de que el martes con que comenzó el año no era en consecuencia un verdadero martes, y tuve ganas de despacharlos para el siguiente. Hubiera sido una buena manera de desembarazarme de mi deber de hoy... Debo decir que la idea todavía me tienta. Sólo me retiene una cosa, tengo que decirlo, y es que hoy ustedes son menos numerosos. Les estoy tan reconocido por ello que quizás esto me impulse, así, dando tumbos, a enunciar algunas de las cosas que forzosamente sigo cavilando, como es mi costumbre. También el hecho de que esta mañana molestaron mucho a mi secretaria preguntándole si yo lo hacía; y como yo no le había anunciado nada ella respondió que sí. Entre aquellos, había algunos que estaban más bien entre los mejores, si debo creer en ciertos nombres que me informaron. Entonces, como ellos, los mejores, se han molestado tanto, trataré de ir, me dije.

Entonces, partamos de esto, partamos de esto a lo cual no me aferro particularmente: que las palabras tengan un sentido, y que esto sea un hecho, aunque el problema consista, a partir de ese hecho, en saber dónde alojarlas. Alojar esas palabras, desde luego, y sin embargo hay que mascullarles las cosas: hice este esfuerzo, la vez pasada, a partir del amor. Es un hecho que parsi de que la palabra existe. Por lo cual la cosa debe concebirse como posible. Lo que en mi decir se traduce como que ella se funda, la cosa, la cosa amor, que ella se funda, - puesto que sólo se trata de su posibilidad- ella se funda, como dije, en que deja de escribirse. Es decir, en lo que resulta de que ella deja de escribirse. Lo que de esto resulta lo vengo articulando desde el tiempo casi infinito para mí en que me repito, a saber, la letra de (a)mor (la lettre d (a)mour). La letra de (a)mor en tanto que no constituye otra cosa que un montón. Un pequeño montón / (a) de costumbres (moeurs), no mucho más. Es al menos así como he leído, traducido al italiano, mi famoso objeto con el cual esa (a) chica de las letras de (a)mor no ha mantenido desde luego sino la más minore relación.

Todo esto no impide que yo diga cosas que toman su aire de seriedad, de lo que yo traduzco desde lo serial. Es un hecho, también, que yo cambio el orden de la serie que se repite, o sea lo que se llama lo ordinario. De mi decir, ¿todo está en que cambia el orden ordinario?. Sobre esto quisiera argumentar hoy. Traerles el argumento adecuado para dar sentido a funciones más puramente cardinales. Es lo que trato de hacer con mi nudo borrorriano. Ustedes lo saben, esa distinción de lo cardinal y lo ordinal... el paso no fue franqueado solamente gracias a la teoría de los conjuntos, es decir, gracias a Cantor. ¿Para qué puede servirnos en lo referente a la exploración de un discurso nuevo? Ustedes lo saben, es así como designo al discurso analítico. Discurso que se anunció por una decantación del sentido.

¿Qué quiere decir "decantación'', en este caso? Se dice propiamente -y en esto se sostiene aquí la metáfora de la decantación- de la condensación, de lo que, del sentido, se concentra por medio de ese discurso, finalmente: de que el sentido - el sentido de las palabras- no constituye sino aparato para lo que llamaremos, si ustedes aceptan, simplemente: el coito sexual. Esto es lo nuevo del discurso analítico. Y es lo que hay que decir, si ciertamente es lo necesario de ese discurso, necesario solamente por esto - lo cual justifica que yo modifique el sentido de lo "necesario"- que su carácterística, en este discurso, es el hecho de que ese discurso no deja de escribirlo. ¿Es por ello verdadero? Es verdadero de esta suerte: que la verdad que instaura este discurso es una verdad del medio, suponiendo que recuerden la manera como la vez pasada, y justamente en lo concerniente al amor, distinguí, por lo que tiene que ver con el nudo borromiano, la función del medio como tal. El medio, justamente, es lo que no constituye nudo sino para que haya un orden. A saber: que, para tomar esos "unos" que constituyen, digamos sin más, los redondeles de hilo, sólo uno de los tres, cortado, libera a los otros dos; pueden observarlos en una cadena de tres, de tres eslabones ordinarios: sólo uno de los tres libera a los otros dos. La distinción que hay entre esta cadena de la que, según parece, es sensible que esté allí el orden de lo simbólico: un sujeto, un verbo y lo que ustedes quieran, un complemento: uno, dos, tres, puede ser que teniendo este orden haya algo que constituye medio) lo mismo que llamamos, con la ambigüedad de esta palabra, el verbo; puede comenzarse por el complemento y terminar por el sujeto, pero quien hace de medio es el verbo .En lo cual se vislumbra, finalmente, que el lenguaje no está hecho de palabras; él es el lazo por el cual, de la primera a la última, el medio establece esa unidad, única que habrá que romper para que el sentido desaparezca: con lo que se demuestra que el lenguaje no está hecho de palabras, y que lo que llamamos "proposición" - porque es esto y no otra cosa lo que llamamos "proposición"- es el borramiento al menos relativo - digo "al menos relativo'' para facilitarles el acceso a las cosas-, el borramiento del sentido de las palabras. Lo que no es verdad de lalengua (lalangue), lalengua como ritornello, ustedes saben que yo lo escribo en una palabra: lalengua; si ella está hecho de eso, del sentido, a saber, de qué manera, por la ambigüedad de cada palabra, ella se presta a esta función: que en ella el sentido fluye copiosamente. Este no fluye en vuestros decires. Por cierto que no. Ni en los míos tampoco Lo cual explica que el sentido no se alcance tan fácilmente. ¿Cómo imaginar ese fluir del que hablo? Hay que decirlo: cómo imaginarlo si es un fluir que por último es detenido por copelas. Porque lalengua, es eso. Y ése es el sentido que habrá de darse a lo que deja de escribirse. Sería el sentido mismo de las palabras lo que en este caso se suspende. Por lo cual emerge de ello el modo de lo posibles Que al fin de cuentas, algo que se ha dicho deja de escribirse. Lo cual demuestra que finalmente todo es posible por las palabras, y justamente a causa de esta condición: que no tengan ya sentido.

Es lo que me propongo este año: que ustedes no confundan las palabras con las letras, ya que no es sino de letras que se funda lo necesario, como lo imposible, en una articulación que es la de la lógica. Si mi manera de situar el modo es correcta, a saber, que lo que no deja de escribirse, lo necesario, es lo que necesita el encuentro de lo imposible, es decir, lo que no deja de no escribirse, lo que no puede abordarse sino por las letras. Esto me permite abordar por algunos decires la estructura que he designado como la del nudo borromiano; la vez pasada, el amor resultó un buen test de la precariedad de esos modos. Ese amor es llevado a la existencia, lo cual es obra de su sentido mismo, por lo imposible del vinculo sexual con el objeto, el objeto cualquiera que sea su origen, el objeto de esa imposibilidad. Le es preciso, por así decir, esa raíz de imposible. Esto es lo que dije al articular este principio: que el amor, es el amor cortés.

Es evidente que lo (a)musant (divertido) (1), si puedo expresarme así, es ahí dentro el amor al prójimo, en tanto que se sostiene de vaciar el amor de su sentido sexual. Al dejar de escribir el sentido sexual de la cosa se la torna, como es sensible, se la torna posible. En consecuencia, hay que decirlo, se deja de escribirlo. Una vez llegada, la cosa, el amor, es evidente que a partir de allí ésta se imagina necesaria. Este es el sentido de la carta (lettre) de amor, que no deja de escribirse pero sólo en tanto conserva su sentido, es decir, no por mucho tiempo.

Es esto en lo cual interviene la función de lo Real. Así, el amor muestra en su origen ser contingente, y al mismo tiempo en esto se prueba la contingencia de la verdad con respecto a lo Real. Porque esos modos son verdaderos e incluso definibles de hecho, por nuestro prendimiento a la escritura. Estos descuartizan, por así decir, la verificación del amor, y de manera tal que por una de sus caras, es cierto, funda; es lo que llamamos sabiduría. Salvo que la sabiduría no puede ser de ninguna manera lo que resulta de estas consideraciones sobre el amor. La sabiduría no existe sino en otra parte. Porque en el amor, no sirve para nada .

En cuanto a mi nudo, llamado borromiano, y el hecho de que me esfuerzo por igualar mi decir a lo que él comporta, si lo que él anuda, como yo lo enuncio, es propiamente lo Imaginario, lo Simbólico y lo Real, esto no se debe sino a que el nudo comanda, lo cual enuncio por el sólo hecho de que los anudo en el nudo borromiano y que cada uno de los tres no se produce sino con una consistencia que es la misma para los tres. A saber, que bajo el ángulo en que los tomo este año en mi decir, sólo la escritura los distingue. Lo que es, aquí, tautología, si no están escritos los tres, acabo de decir que son los mismos, sólo !a escritura los hace tres. Es preciso articular bien que en la escritura del nudo mismo - por que, piénsenlo, ese nudo no es más que rasgos escritos en el pizarrón-, en esta escritura misma reside el acontecimiento de mi decir. Mi decir en tanto que este año yo podría prenderlo a lo que llamaríamos hacer vuestra "incautación" (édupation), si es cierto que deba ponerse el acento sobre el hecho de que los no incautos (non dupes) yerran, lo que no impide que esto no quiera decir que cualquier engaño (duperie) no yerra, sino que hay que ceder a ese engaño (duperie) de una escritura en tanto ella es correcta, pudiendo situarse con justicia los diversos temas de lo que surge, justamente como sentido, del discurso analítico .

Debería abordar el asunto inmediatamente, si algo no me dijera que de ese decir están ustedes tan... "rayados" (sonnés), así diría yo, rayados, y que primero deba yo hacer un filtro, modo de escritura precisado por la matemática en el principio mismo de la topología, filtro cuyos sentidos esas palabras reencuentran, quiero decir aquello como lo cual funcionan en el orden sexual, orden del que digo que es patente, no los términos de ese orden, sino ese orden de ellos, salvo que, como verán, -porque es esto lo que hoy tengo que decir, no sabiendo quién me seguirá-, el nudo tiene una función muy diferente, muy diferente que la de fundar ese orden, el orden cualquiera en el cual ustedes podrían encadenar lo Simbólico, lo Imaginario y lo Real. Es preciso que encontremos, no la diversidad de su consistencia, sino esa consistencia misma, a saber, lo que no puede decirse, esa consistencia misma en tanto que ella no los diversifica, sino que solamente los anuda. Para liberar a Ustedes, ya que presumo no sin razón haberlos "rayado", es preciso que yo se los razone (2). Es decir, que yo exagere.

Lo Imaginario se distingue en sentido de lo que él se imagina, como quien diría -suponiendo que ellos digan, quizás, entre ustedes- al menos es preciso que miren allí más de cerca, para decir entonces que eso no es obvio, y por esta razón que quizás os faltaría: que no es éste el privilegio de lo Imaginario. Porque lo Simbólico, ¿qué otra cosa hago que tratar de hacérselos imaginar? Déjenme creer que lo consigo. En cuanto a lo Real, y bien, de eso se trata este año. Se trata de ver, justamente, lo que hay de Real en el nudo borromiano. Y por eso comencé por mi segunda articulación ante ustedes, en mi segundo seminario, así se lo llama, comencé por decir que no hay iniciación. No hay iniciación, quiero decir que no hay más que el velo del sentido, que no hay sentido sino de lo que se opercula, si puedo decirlo, por una nube: nuptiae no se articula, al fin de cuentas, sino de nubes.

Es lo que vela la luz, todo aquello en lo cual las nuptiae, los ritos del matrimonio, sostienen su metáfora.

No hay otra cosa detrás que aquello a lo cual es preciso atenerse, el soporte de la apariencia. Ciertamente, en tanto que esa apariencia es semejante a la articulación de lo que no puede decirse sino bajo la forma de una verdad enunciada.

Es decir, sino como develamiento necesario, o sea incesante. La articulación es el nudo, en tanto que la luz no lo ilumina, en tanto que no hay ningún esclarecimiento, más aún: en tanto que él arroja toda luz en lo Imaginario. Y lo que yo enuncio, lo que este año me propongo, es justamente decirles que lo Imaginario, él mismo del orden del velo, no por ello lo ennegrece. La consistencia es de un orden diferente al de la evidencia. Aquélla se construye de algo de lo cual pienso que al sostenerlo de los redondeles de hilo, pasará algo de esto que les digo ahora: que es, más bien, lo evidente.

El círculo establece intuición, resplandece. No se trata de oscurecerlo. Es él quien hace el uno. Se trata de recibir, del nudo, su efecto. De recibir el efecto como su Real, a saber, que no es Uno. El nudo borromiano, su Real, es no consistir más que en - no me atrevo a decir "ser'', él no es tres-: él hace trenza, y allí es preciso ver el por qué de lo que acabo de sostener, a saber; que el orden no es aquí esencial: éste es el punto importante.

Es preciso que sientan bien esto: es que disponiéndolos en tres, en tanto que número cardinal -les pido perdón por la aridez de lo que hoy tengo que decirles- esto, lo que es propio del tres, no implica ninguna ordenación. Les parezca así o no, no es posible ordenar bien 1, 2, 3, con la sola condición de que esto se repita, y esto es lo que se produce en el nudo borromiano. Pero ello no solamente a causa del nudo borromiano, sino a causa del número cardinal 1, 2, 3, estén anudados o no.

¿Qué quiere decir lo que acabo de decir?. Que a tres cardinal, - y con la única condición de que no haya dos de los mismos seguidos- no puede hacerse al escribirlos más que encontrar todos los órdenes tales como serían pensables por una combinatoria.

Escriban en el pizarrón 1, 2, 3 - 1, 2, 3, nada les impide leerlos, con la sola condición de tomarlos en el orden palindrómico, es decir a la inversa, de izquierda a derecha, 1, 3, 2. Esto quiere decir, a partir del nudo, del nudo borromiano, lo que voy a tratar de ponerles en el pizarrón -dénme una tiza-: he aquí cómo simplifico el nudo borromiano: (figura 1). Les bastará, para ver que es de esto que se trata, completarlo así, a saber, lo que se resume en los tres rasgos centrales por cuanto son ellos quienes marcan cómo se sostiene el nudo. Doy vuelta este nudo. ¿Qué dará esto? Lo propio de un nudo, cuando es puesto de plano, dimensión esencial, porque el nudo borromiano, pienso habérselos hecho notar cuando les mostré una pequeña construcción en cubo que les traje ya no sé cual vez, la última o más bien, creo, la penúltima. Está hecho así: figura 2.

Y para evitarme el rompecabezas de hacer las pequeñas interrupciones convenientes, observen que se completa con esto, eso es lo que lo constituye; hay en, digamos, los tres planos, en los cuales se situaba mi pequeña construcción, hay en los tres planos simetría completa, observen que aquí hay que ponerlo a ése, para que se sienta bien, como estando abajo de aquél que lo corta; es de una puesta de plano que procede la otra escritura que he dado del nudo borromiano.

¿Qué decir de él a partir del momento en que, de haberlo puesto de plano, lo doy vuelta?. Es preciso para el simple hecho ligado al hecho de que la escritura implica el over-crossing, el cruzamiento por arriba, esté escrito así: a saber, que él corta lo que es el under-crossing, el cruzamiento por abajo, ¿qué dará esto si lo damos vuelta?. Lo que estaba por abajo viene hacia arriba. Y bien, pienso que no será necesario que yo complete los tres rasgos para ver que, dando vuelta el nudo borromiano, lo que encontrarán al fin de cuentas, es algo que se distingue por lo siguiente: que eso no es su imagen en espejo, lo que encontrarían, seguramente, como sería por ejemplo para la orientación de cada uno de esos círculos, si los orientaran-, todavía no me anticipo a ello-, si orientaran... un círculo cualquiera, si lo dieran vuelta, lo que tendrían sería su imagen en el espejo: muy lejos de esto, cuando dan vuelta el nudo borromiano, tienen ustedes un aspecto muy distinto, que en ningún caso representa la imagen en espejo del primer aspecto. Lejos de que el sentido, la orientación tal como ella se define, por ejemplo, muy simplemente, del reloj, el sentido de las agujas de un reloj, si ustedes dan vuelta el reloj, se convierte en el nudo inverso, es decir, la imagen en espejo. Por el contrario, el nudo borromiano sigue siendo lo que es, aunque lo hayan dado vuelta: la segunda imagen, la imagen dada vuelta, está exactamente en el mismo sentido que la primera, es decir, en el sentido levógiro (fig. 1).

Advierten bien que puede haber otro sentido, éste, que sería dextro, es decir, el sentido de las agujas de un reloj (fig. 2)

Dado lo que recién les hice notar, o sea que el orden en el tres, y justamente debido a que de 1, 2, 3, basta con invertir el sentido, con ir en el sentido palindrómico para hallar allí cualquier orden, aquí encuentran una distinción del efecto de orden con lo que ustedes me permitirán llamar el efecto del nudo, o de otra manera, el efecto de nodalidad. Aquí conviene que recuerden lo que enuncié primeramente, a saber, que del nudo es la ternaridad pura y simple, a saber, que el alcance de esa ternaridad no se sostiene sino de esto: no los hemos tomado sino bajo el ángulo de lo que no los distingue entre sí por ninguna cualidad, que no hay ninguna diversificación de lo Imaginario con relación a lo Simbólico y a lo Real, que su sustancia no es diversa, que no hacemos de ellos cualidades, que simplemente los consideramos bajo la especie de esa consistencia que los hace, a cada uno, uno. Ya que he empleado la palabra "cualidad'', que es un nombre femenino, es que yo diría que su cualidad es "una"; sería una buena ocasión de acoplar aquí alrededor del Uno lo que ocurre con "uno" si lo tomamos como calificativo. ¿ Es que lalengua (lalanque) lalengua en tanto que tiene un sentido, es que lalengua permite igualar uno a una? ¿Acaso una no es un modo diferente de uno? Esto sería un sesgo, hay que decirlo, bastante cómico, para hacer volver al nivel del uno la dualidad, Yad'lun (hay uno) (3) dije, pero también dije que es aquello de lo cual se funda ¿qué? Unicamente -este era el sentido de lo que anticipé al final de mi seminario del año pasado- únicamente lo enumerable, a saber, el áleph cero, y nada más, es decir lo que se dice ser un Uno, pero en tanto que al decir "es un Uno", se lo corta de toda ordenación. Se lo toma -y es lo único que me permite Cantor- bajo su aspecto puramente cardinal. Ciertamente, me dirán, él no puede hacer lo -suponiendo que ustedes me digan algo- él no puede hacerlo más que alienando su unidad en el con junto, por medio de lo cual los elementos no conservan ya nada de esa unidad, salvo por estar abiertos a que se haga su cuenta, es decir, la computación subjetiva, lo que no impide que la objetividad del uno, yo diría, no preste atención más que a esto: aire ella no carece seguramente de respuesta. Y esa respuesta es justamente lo que enuncio: que ella está en el tres. ¿Qué es lo que el tres hace de uno, que no hay dos?. ¿Es simplemente para que haya tres que el áleph cero está allí? Es cierto que si enuncio que dos no hay, porque eso sería inscribir al mismo tiempo en lo Real la posibilidad de la relación tal como se funda en la relación sexual, que no es sino por el tres, y como lo escribí la vez pasada en el pizarrón, por la diferencia de uno a tres que procede ese dos. Todo esto nos lleva a plantear la cuestión: ¿fue preciso, para que diéramos este paso, que áleph cero haya dejado de no escribirse?. Dicho de otro modo, es la contingencia, el acontecimiento del decir de Cantor lo único que nos permite tener un enfoque sobre lo que ocurre, no con el número, sino con lo que constituye en su ternaridad la relación de lo Simbólico, de lo Imaginario y de los Real. ¿Es preciso que de su contingencia en el decir de Cantor, pasemos a lo necesario de que él no deje ya, este áleph cero, de escribirse, que él no deje ya de escribir se en lo sucesivo para que subsista qué?: ninguna otra ¿osa que una noción de verdad. En la lógica, hasta ahora la verdad nunca pudo consistir en otra cosa que en contradecir. Ella está en el dualismo de lo verdadero y de lo falso. No siendo lo verdadero sino supuesto en el saber, en tanto que el saber se imagina - ése es su sentido- como conexión de dos elementos. Y es justamente en lo cual él es imaginario si el Uno, si un Uno, no viene a conectarlo al precio de hacer de él añadido. Añadido no del mismo círculo categórico, no del mismo orden, decía yo recién, sino proveniente de la nodalidad. Y bien, puesto que hoy fue preciso que me esforzara por conducirlos hasta aquí, ustedes me permitirán que aquí me quede, y después de todo, si a alguno desalentó, no veo ningún inconveniente para mí, pues la única razón por la cual les he hablado hoy, es la de que ustedes eran menos numerosos


Referencias

(1) Como lo hace en otros lugares del texto, aludiendo al llamado objeto (a), Lacan en cierra entre paréntesis la letra a inicial de ciertos términos.

(2) El texto es el siguiente: "il faut que je vous le rai (r.a.i.e. tiret) - sonne" . Raisonne resulta fonemáticamente semejante a raisonne, primera persona del verbo raisonner, "razonar"; pero asimismo rai suena como raie (tiret), "raya'', y sonne alude a sonné, "tocado", "chiflado", "rayado", como se tradujo previamente.

(3) La traducción insertada entre corchetes correspondería a la expresión "il y a de l'un Yad'lun equivaldría a una escritura fonética de "y a de l'un", forma abreviada de la primera, de empleo corriente. A renglón seguido Lacan se refiere a un seminario anterior, en el cual presuntamente introdujo el término Yad' lun. La carencia del texto de dicho seminario impide formular una Mayor y necesaria aclaración..


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