Seminario 21 - Jacques Lacan
Los no engañados erran (Los nombres del padre)

Clase 7, del 12 de Febrero de 1974

En la creencia de que hoy, Martes de Carnaval, muchos se tomarían unas vacaciones, decidí dar lo mismo mi seminario. Pensé que podría quizás pasearme en medio de ustedes porque serian menos numerosos; en suma, que hablaría un poco con las personas que se considera que me escuchan. Ustedes son un poco menos numerosos, es cierto, lo que además me permite hacerlo, pero en fin, lamento no haber tenido esa ocasión de expresarme de una manera un poco más familiar y directa.

Les anuncio que acaba de salir una especie de opúsculo (Lacan lo lanza a la sala); hay un folleto dentro, tan interesante como el opúsculo. Son preguntas que Jacques Alain Miller tuvo la bondad de plantearme con la esperanza de hacer televisión. Naturalmente, se trata de una esperanza enteramente abusiva; me formuló las preguntas que es capaz de plantearme a partir de la idea que él se hace de la televisión. Me formulo preguntas kantianas en particular, como si todo el mundo fuera kantiano —pero hasta cierto punto es verdad, todo el mundo es kantianos, de suerte que tales preguntas me dieron simplemente ocasión para responder en el nivel que Jacques-Alain Miller presume que es el de la televisión. El resultado me pareció al menos digno de ser retenido, y lo hice publicar. Aquí lo tienen .

Hoy les hablaré un poco tratando de quedarme en la nota que yo esperaba. Mi intención, —en fin, pónganle el titulo que quieran—, mi intención era decirles, decirles la diferencia (es esto lo que me parece importante en lo que trato de traerles este año) decirles la diferencia que hay entre lo verdadero y lo real. Como quizás lo advirtieron, me he anticipado este año... con ustedes, — como en La Paix Chez Soi de Courteline, ¿no es cierto?: "una cosa de un lado y la otra del otro", es todo lo que logró obtener esa buena mujercita al comprar no sé qué araña que justamente se coloca en dos pedazos.. —. Contrariamente a ella, mis tres pedazos, a saber, los tres redondeles consistentes con que se ajusta el nudo borromiano, son lo que tengo en la mano para hablarles de los no incautos que yerran.

Esto no parece tener una relación directa, inmediata al menos, no salta a la vista. Pero ustedes saben quizás que a uno de esos tres redondeles lo denomino Real, siendo los otros dos lo Imaginario y lo Simbólico, y que alrededor de esto trato de hacerles sentir algo.

Hacerles sentir, en primer lugar, lo que ya he proferido pero que no les saltó por fuerza a la vista: que, precisamente, los tomo sólo bajo el ángulo de que son tres, tres e igualmente consistentes. Es una primera manera de abordar lo relativo a lo Real. Muy ciertamente, lo Real los hace tres, sin que por ello lo que los hace tres sea lo tercero. Si se añaden, es sólo para hacer tres. Y justamente no se añaden. Porque cada uno de los tres se añade sin ser por ello el tercero. Sólo está allí porque los otros dos no hacen nudo sin tres, si puedo expresarme así'.

Quería decirles que la lógica no puede definirse sino por ser la ciencia de lo Real. Lo molesto es que ella no habla, no PARTE sino de lo verdadero. Pero no comenzó así de inmediato. Hubo quizás, como sucede en el conjunto, un tal Aristóteles que abrió la cuestión. Evidentemente la palabra verdadera, alèthes, no anda mal en su cosa que él llamó el Organon y de la que se ha hecho, desde entonces, la lógica. La abrió y se las arreglo como pudo; lo triste, actualmente, en nuestra relación con el Organon, es que no puede aparecer sin que la mitad de la página, sea tenida por, digamos, "comentarios" del Organon, que, hablando con propiedad, no son en absoluto lo que puede llamarse comentarios, sino cierta manera de organificar sobre el Organon, es decir, de tornarlo comestible.

Comienza esto con cierto Alejandro, con otro que se llama Simplicius, y más tarde con un llamado Pacius, y después un Pedro de España, un Santo Tomás de Aquino. En fin, así la cosa fue finalmente desviada por completo, al punto que no es nada fácil, porque a pesar de todo se tiene una especie de... de frotis [frottis], uno se ha frotado con esos diversos autores y los oye, uno oye a Aristóteles, pese a todo, a través de ellos.

Sería bueno que alguien llegara a hacer el esfuerzo de leer, por ejemplo, nada más que esto, el segundo volumen del Organon, y en él lo que se llama —se llama porque se lo ha intitulado así, también es un titulo llegó a posteriori (àpres-coup) se lo llama "los primeros analíticos"; llegar a leerlo y no seguramente de primera impresión, por que alguien que lo leyera de primera impresión, simplemente no comprenderla más que lo que, en con junto, ustedes comprenden lo que cuento, es decir, no demasiado... Seria absolutamente necesario que un día alguien llegara, precisamente, a conocer bastante bien la diferencia entre lo que dice Aristóteles y lo que nos han transmitido quienes tamizaron la cosa, ver la suficientemente bien esa diferencia, y advertir cuánto y cómo abría Aristóteles la cuestión, y por qué no, los lugares por donde se deslizaba, por donde se torció el pié, por donde... ¡es un mundo Bueno...! 

Está bien claro que yo no le añado nada. O mejor que lo que añado estaría destinado a proponer al menos una tarea: hasta qué punto, y en Aristóteles me parece, se puede aprehender, hasta qué punto se trata de una apertura; y una apertura que sólo se es clarece a partir de lo que enuncio precisamente ahora: que la lógica es la Ciencia de lo Real .

En Aristóteles, lo verdadero no estorba tanto. El no habla de verdadero a propósito del predicado. El balbucea, por cierto, y a causa de eso uno se creyó totalmente obligado a hacer lo mismo; se habla del hombre, del animal, de... de lo viviente, llegado el caso, y además, digo aquí cosas que de inmediato ofrecen un vago sentido, que encasillan: el hombre, el animal, lo viviente; todo animal es viviente, todo hombre es animal, por medio de lo cual todo hombre será viviente... Está bien claro desde este comienzo, como además lo demostró lo que siguió, que todo eso no quiere decir nada. En otros términos, que lo verdadero, en el asunto, está totalmente fuera de estación, desplazado.

Y lo que lo vuelve tangible es que esas... casillas que él llena como puede, por ejemplo con las tres palabras que acabo de decir: hombre, animal y viviente, —también puede poner cualquier cosa, el cisne, lo negro... en fin, cualquier otra cosa, lo blanco... lo blanco anda por todas partes, no se sabe qué hacer con él— se hizo manifiesto en lo que llamé su apertura que todo su esfuerzo se dirige precisamente a prescindir de esos términos; es decir, que él los vacía de sentido, y los vacía de sentido por el particular camino de reemplazarlos por letras: alfa, beta, gama, por ejemplo, en lugar de aquellos tres primeros términos que extraje del propio Aristóteles. La cosa no comienza a tomar forma si no a partir del momento en que él enuncia que todo a es b, todo b es gama, por medio de lo cual todo a será gama. En otros términos, procederá de manera de poder calificar a dos de esos términos — los que forman la articulación— de medios, por medio de lo cual podrá establecer una relación entre los dos extremos. Es en esto que al comienzo, desde el comienzo, se advierte que no se trata de lo verdadero. Pues poco importa que tal animal sea blanco o no, todos saben que hay cisnes negros; lo importante es que algo se articule, gracias a lo cual se introduce como tal lo Real.

No es por nada que en el silogismo hay tres términos: los dos extremos, y el medio. Pues al fin de cuentas — digo "al fin de cuentas" porque no es más que un primer intento— todo ocurre como si Aristóteles tuviera algo así' como un presentimiento del nudo borromiano. A partir del momento en que aborda lo Real palpa de inmediato que es preciso que haya tres. Evidentemente, él maneja a esos tres como de través o sea que se imagina que ellos se sostienen juntos dos por dos. Es un error. Se imagina que se sostienen juntos dos por dos, e incluso, hasta cierto punto puede traducirse la cosa diciendo que él los hace concéntricos. Es decir, que está la esfera de los vivientes, por ejemplo, después, en el interior, la esfera de los animales — la esfera o el redondel—, y después, en el interior, todavía la esfera de los hombres. Es lo que llaman "traducirlo en extensión". Naturalmente, uno se aplicó a esto porque perturba tanto como una expresión de la que me sirvo mucho, y no faltan razones: perturba tanto como lo es el pez por una manzana (1).

Para distraerlos hará aquí un franco paréntesis. Esto no tiene nada que ver con Aristóteles, pero yo me encuentro perturbado por vuestro número, igual que un pez por una manzana. Y sin embargo hay otros momentos en que les digo que las relaciones de mi decir con esta asistencia, con la que no sé qué hacer, son del orden de las relaciones del hombre con una mujer. Les haré observar lo que encontré esta mañana y que me saltó a los ojos, y que está ya en el Génesis. Lo que el Génesis nos indica a través del ofrecimiento de Eva no es otra cosa que lo siguiente: que el hombre, hay una vacilación en ese momento, es LA mujer, pero como les he dicho LA mujer no existe, pero así' como Aristóteles, en fin, titubea un poco, no se ve por qué el Génesis, aunque inspirado, lo habría hecho menos, y que ese ofrecimiento de la manzana sea muy exactamente lo que digo: a saber: que no hay relación entre El hombre y La mujer, lo cual se encarna manifiestamente en el hecho de que, como señalé, La mujer no existe, la mujer no es toda, y de esto resulta que, con una mujer, el hombre está tan perturbado como un pez por una manzana: lo cual normaliza nuestras relaciones y me permite asimilarlas a algo de lo que seria excesivo decir que es el amor, porque en verdad, por ustedes yo no experimento el menor sentimiento de amor. Y esto es sin duda recíproco, como enuncié: en lo que tiene que ver con el amor, los sentimientos siempre son recíprocos.

Esto fue un paréntesis, volvamos a Aristóteles.

Aristóteles muestra que lo verdadero no es en absoluto lo que está en juego. Gracias al hecho de que él se abre, que él abre la cuestión de esa ciencia que llamo de lo Real — de lo Real, es decir del Tres— al mismo tiempo demuestra que no llega al tres sino abriendo las cosas por medio de lo escrito, a saber, desde los primeros pasos en el silogismo, y es vaciando esos términos de todo sentido al transformarlos en letras —es decir, en cosas que por sí mismas no quieren decir nada— como da los primeros pasos en lo que he llamado la Ciencia de lo Real.

Así concebida, atrapada por ese extremo, ¿qué tiene que hacer la lógica en el discurso analítico?.

Si ustedes son, en suma, para mi queja, tan numerosos para oírme, ello es en la medida en que lo que yo vehiculizo es lo que se desprende del discurso analítico. En el discurso analítico las cosas proceden de una manera diferente —por eso están ustedes aquí por cuanto aquí' yo lo prolongo; el cuerpo de lo que digo es completamente distinto de aquello sobre lo cual, hasta ahora, se ha fundado una lógica, es decir, dichos. Dichos que se manipulan. Aristóteles lo hace pero, como acabo de decirles, la carácterística de su paso es vaciar a esos dichos de su sentido. Y por ahí nos da la idea de la dimensión de lo Real. No hay otro camino para trazar los caminos de la lógica que el de pasar por lo escrito. Aristóteles lo demuestra desde sus primeros pasos, y en ellos lo escrito muestra ser de una dimensión diferente a la del decir.

Por el contrario, lo que a ustedes retiene, la que los agita y agitará sin duda cada vez más, es que el DECIR VERDADERO es algo muy diferente. El decir verdadero es, si cabe la expresión, la ranura, la ranura por donde pasa aquello que... aquello que es preciso que supla a la ausencia, a la imposibilidad de escribir, de escribir como tal la relación sexual. Si lo Real es lo que digo, o sea, lo que sólo se abre por medio del escribir, esto efectivamente justifica que yo sostenga que el agujero, el agujero que hará, que hace para siempre la imposibilidad de escribir la relación sexual como tal, es a eso que estamos reducidos, en cuanto a esa relación sexual, a sin embargo realizarla.

Hay canalillos, cosas que hacen lío, trucos donde uno se pierde pero de manera tal que eso es propiamente lo que constituye la metáfora llamada del laberinto: jamás se llega al fin. Pero lo importante no es esto sino demostrar por qué nunca se llega al fin, es decir, acechar lo que ocurre cuando se trata — todo aquello por lo cual tocamos en lo Real de lo que sin duda hace que de lo Real tengamos, como tal, una idea propia y distinta: lo Real es lo que se determina por el hecho de que de ninguna manera puede escribirse en él la relación sexual.

Y de ello resulta lo relativo al decir verdadero; al menos, lo que nos demuestra la práctica del discurso analítico es que, con decir verdadero —o sea boludeces, las que se nos ocurren, las que de esta manera nos parlotean— uno llega a abrir el camino hacia algo de lo que no es sino enteramente contingente que a veces y por error eso cese de no escribirse, como defino lo contingente, a saber que eso lleva, entre dos sujetas, a establecer algo que PARECE escribirse así: de allí la importancia que doy a lo que dije acerca de la carta [lettre]de (a)mor [(a)mur|

Esa distinción especifica al discurso analítico y me permitió discernirlo entre otros cuatro sic que estaban allí porque... bien parecen vivir, y no solamente lo parecen sino que son infinitamente más robustos que el discurso analítico, que todavía tiene todo por hacer en cuanto a su apertura. El discurso analítico no sólo reserva el lugar de la verdad, sino que es, hablando con propiedad, lo que permite decir aquello que, para lo que tiene que ver con la relación sexual, mana allí, llena la ranura. Esto es de una enorme importancia, pues cambia completamente el sentido de ese decir verdadero que primero acabo de plantear como distinto de toda Ciencia de lo Real. Eso cambia completamente su sentido porque, como acabo de decir, por una vez, esa ranura no está vacila: por allí pasa algo.

Si alguno de ustedes recuerdan lo que sostuve, lo que estructuré como el discurso del Amo, pueden leer en ello — sin son capaces de leer algo— que la verdad del Amo no es otra que el su jeta. A los sordos les recuerdo que el discurso del Amo es esto:

El discurso del Amo reposa sobre lo que he llamado Si, S Índice 1. Dicho de otro modo: el mandamiento, el imperativo. El discurso del Amo es eso. Y por un lapso de tiempo. Simplemente porque el Significante existe. Porque S 1, es decir, el Significante 1, no es otra cosa que el hecho de que de Significante hay montones, pero que son todos uno cualquiera. Y sobre esto reposa la existencia del Uno: que hay Significante, y que cada uno no es único, sino que está bien solo, lo que no es completamente lo mismo.

Precisamente porque no hay dos... ¿dos qué?: dos seres hablantes que puedan casar, hacer dos, por eso hay Significantes; es decir, que ellos hablan. Y lo que demuestra el discurso analítico es que la que ocurre cuando en el lugar de quienes podrían ser sujetos, sujetos de algo, de la relación sexual, cuando en su lugar hay dos significantes, y bien, es eso, ninguna otra cosa, lo que mana por lo que llamé "la ranura del decir verdadero" .

Para eso es preciso que el S 2 no tenga nada que ver con el decir verdadero. Dicho de otro modo: que el S 2 sea real. Y si me siguen en lo que traté de abrir en mis primeros vagidos de este seminario, concebirán que el S 2 es lo que escribí en mi esquema del discurso analítico, o sea: el saber en tanto que inconsciente. Es eso lo que mana por la ranura del decir verdadero. Lo cual quiere decir que es un Real, que hay saber que por más que ningún sujeto lo sepa, sigue siendo Real. Es un depósito. Es un sedimento que se produce en cada uno cuando comienza a abordar esa relación sexual a la que por cierto no llegará nunca, cualquiera que sea la educación se le dé; porque si hay algo que efectivamente no mejorará en nada la situación de la relación, es todo lo que se le puede macanear sobre lo que esa relación sedicentemente seria.

No será menos cierto que sólo por sesgos totalmente incidentes entrará para el lo que hace el tres, a saber, lo Real. Porque seguramente, gracias a Dios, cuando él comienza, el ser hablante, no tiene la menor idea de que es un sujeto. El cuenta uno y dos, lo que ustedes quieran, pero no él, y como tres pondrá allí todo lo que se quiera, en fin, hasta lo que encubre a los otros dos, a saber, él mismo, el niño, como quien diría. Es un buen pretexto para hacer entrar lo Real velándolo completamente: no es más que un niño, lo Real; si no es el niño mismo, será cualquier tercero, será la tía Yvonne, en fin, o cualquier otro... el abuelo Cualquier cosa: desde el momento en que eso haga tres, todo será bueno para no percatarse de que no se trata sino de tres como Real. Por medio de lo cual hay cosas que, por la tía Yvonne, por el abuelo Cualquier cosa o por el niño mismo, a saber, su patetismo, a saber, que es relegado, nadie comprende allí nada, y con razón: no hay nada que comprender.

Habrá asimismo algo que se imprimirá, es decir no tres, porque el tres está siempre velado por algún lado, el tres se esconde, el tres es el soporte, habrá S 2, S índice 2, dos S, dos significantes S mayúscula que se imprimirán y que darán, según el camino del puro azar, o sea de lo que antes que todo cojeaba en esas relaciones con quienes estaban allí para presidir lo que llaman su educación, su formación, él se formará ese saber ese saber indeleble y al mismo tiempo absolutamente no subjetivado, se formará ese saber real, allí, impreso en alguna parte, impreso como en Aristóteles el alfa, el beta y el gama, y es eso lo que será el inconsciente, y no habrá otra cosa, como decía el personaje que entraba a la aduana diciendo: "esto es el alimento para mi cabra", después de lo cual el aduanero le decía: "escuche, es asombroso, son correas", y el otro le respondía: "en fin, es así, y si ella no tiene eso no tendrá ninguna otra cosa. . . "¡ con el saber inconsciente ocurre algo parecido: como verdad, no tendrá otra cosa que esas correas.

Es del saber inconsciente que se trata de hacer la articulación para que el decir verdadero logró algo, o sea, logre hacerse oír en alguna parte para suplir la ausencia de toda relación entre el hombre y una mujer (unas mujeres, no todas). He aquí la distancia, la diferencia que hay entre el decir verdadero y la ciencia de lo Real. Por eso, en lo relativo a tratar el inconsciente, estamos mucho más cerca de manejar la lógica que cualquier otra cosa, porque ella es del mismo orden. Es del orden de lo escrito. Observen que el gran abridor del discurso analítico, Freud mismo, no pudo eliminarlo, pues cuando trae sus pequeñas esquemas, sus esbozos, aquellos por los cuales intentó comprender que podía ser efectivamente el saber de la histérica, ¡y bien!, ¿qué hace Freud?: exactamente no otra cosa que eso, a saber, esos puntitos y esas flechitas, esos modos de escritos gracias a los cuales da cuenta, cree dar cuenta de algo que era viejo como el mundo, a saber: la anamnesis; es evidente que desde hace mucho tiempo se considera a la anamnesis como una marca, como una impresión, también hay que decir que esto es totalmente flotante y suficiente.

Aquí el querido Freud confirma en cierto modo que de eso se trata cuando se trata de lo Real, que se trata de algo que se escribe, algo que se escribe que se trata de leer, de leer descifrándolo, y ¿qué quiere decir esto?, no otra cosa que ese algo que —si puedo decir— al reanimarlo, en el sentido de ese algo que obstaculiza todo intento de desembocar en la relación propiamente dicha, al reanimarlo gracias a ese algo que es la especie de parásito, de mueble del cuerpo que el discurso analítico designa como falo, ha ce que lo que taponaba el goce —en rigor—, y el goce fálico como tal, lo que taponaba gracias a algo que el discurso llega a obtener, o sea, separarlo en lo imaginario, hacer esa castración simbólica, permita que algo triunfe o falle, falle casi siempre, lo que establece al menos entre dos sujetos algo que se asemeja a la relación, algo que cesa de no escribirse para algunos casos raros y privilegiados.

Hablo por cierto aquí de lo que se obtiene por el buen camino, por el discurso analítico, pues hay que decir que esa preocupación por la verdad no es requerida sino en casos totalmente raros, aquellos para los cuales la ayuda del discurso analítico que mencioné se impone; en los otros discursos, es mucho más fácil de obtener. En el discurso del Amo, y hasta, por qué no, en el discurso universitario. En el discurso de la histérica, hace soñar con un nudo. Pero en los otros dos buenos viejos discursos, el rey y la reina, la cosa marcha sola: basta ser rey y reina para entenderse. Es incluso impensable que no se entiendan. Por cierto, esto nada tiene que ver con la verdad de la relación sexual, pero lo importante no es eso, sino que allí es suplida.

Entonces, porque en ciertos casos el saber inconsciente es cojo —no sólo es cojo sino que constituye claro obstáculo para que la relación sexual se establezca— en esos casos enfrentamos la necesidad de pasar por el discurso analítico, o sea que se tiene necesidad del decir verdadero, y sobre todo un poco de sospechar qué malas compañías tiene el decir verdadero. O sea que todo lo que viene a turbar, a perturbar el discurso, mi Dios, calmo y tranquilo, ante el que normalmente nos hallamos, que funda la normal ( la nórmale), que lo que viene a turbar esos discursos perfectamente bien establecidos nunca sale sino de los casos en que se tiene necesidad, en suma, de un psicoanálisis, es decir, de los casos de verdad.

Esto no los reduce a la indignidad, lo que digo: si no son normales es porque tienen con la verdad una especie de... de parentesco, que reside en el hecho de que se encuentran en la articulación donde la cosa no marcha para un sólo Real, a saber: lo que tiene que ver con la relación llamada sexual.

Queda pues entendido —y aquí me entrego a observaciones que me parecen útiles para evitarles cometer errores— que el discurso analítico no consiste, en absoluto, en hacer volver a entrar lo que no marcha en el discurso normal, del que acabo de designar dos. No se trata, en absoluto, de hacerlos volver a entrar, sino simplemente de apuntar que lo que no marcha es justamente el discurso que sólo procede por el decir verdadero; está demostrado: basta que alguien haga un esfuerzo por decir verdadero para que todo el mundo se descomponga. Sencillamente, restituyo las cosas a su contexto.

Lo que simplemente quiero que observen es lo siguiente: al reconstituir esa falla del decir verdadero con la ciencia de lo Real, al reconstituirla por lo que ella vale, al reconstituirla en el lugar mismo en que ella se sitúa, no formo allí— muy lejos de eso— ningún sistema del mundo, muy por el contrario. Para que un sistema del mundo exista sólo hay un medio: hacer suposiciones. Si hay algo lleno de aristas —quiero decir, algo estimulante— en un discurso como el de Aristóteles (que seguramente no era un idiota, ni siquiera un boludo), si algo tiene de estupefaciente, es que no hay texto donde resulte más claro eso que llaman "suposición".

La distinción que hoy acabo de articular, entre el decir verdadero y la ciencia de lo Real (lo llamé así, como pude: el decir verdadero, allí está — es lo que intento hacer yo—, la Ciencia de lo Real, ese algo que es la lógica y que se mantiene en pie para los que saben, por cierto, reencontrarse en ella), esa distinción está en alguna parte, puedo mostrarles donde, en alguna parte de Los primeros Analíticos: "Es preciso también operar el intercambio de términos de valores idénticos palabras por palabras, locución por locución, palabra y locución una por la otra, y siempre preferir una palabra a uf para facilitar así la exposición de los términos..." (2)—.

Parece no hablar más que de su asuntito. Pero cuando da un ejemplo: "por ejemplo, no hay ninguna diferencia entre decir... (y entonces a ese propósito él dice aquí algo verdadero, pero, si se me permite hablar así, es una casualidad, ya verán lo que dice de verdadero) el objeto de la suposición no es el género del objeto de la opinión; y decir: el objeto de la opinión no es idéntico a cierto objeto de sal i), porque e sentido es el mismo en los dos juicios, en lugar de la locución enunciada es mejor plantear como término, "bloqueándolos" —y eso es lo que él llama hypolepton, es decir, objeto de la suposición, objeto de la opinión: dokaston... doxaston, les pido perdón, estoy cansado...

¿Qué es el objeto de la opinión?

Y bien, el objeto de la opinión es lo que marcha. La opinión es tan verdadera como cualquier otra cosa. La opinión verdadera...: justamente sobre esto se rompe la cabeza Platón en el Menon; el objeto de la opinión es lo que hace que no se advierta que... (hasta que la cosa les caiga sobre la cabeza, naturalmente), que no hay relación sexual. El objeto de la suposición no es idéntico, dice en esa ocasión. Es decir que todo aquello de que nos habla durante los Primeros Analíticos es algo que nos hace comprender hasta qué punto es necesario, cuando se está en el orden de lo Real, hacer suposiciones.

En el orden de lo Real nos vemos constantemente forzados a suponer. A suponer, en fin, las cosas más locas: el espíritu, a veces también la materia, e incluso algunas otras historias del mismo género, que están felizmente un poquitito más cerca de nosotros pero que no por ello son menos suposicionales. Trato aquí de proceder por un camino donde no haga suposiciones, donde no sospeche de nada que es sospechoso. Ya que la suposición tiene esta vertiente. Si... Aristóteles llama a eso el hypokeimenon algunas veces, pero en este caso es algo que no Ése puede traducir en latín sino por suspicabile; es hypoIepton: lo sospechable .

Ciertamente, lo sospechable es muy respetable, como lo demás; es lo que nos obliga a sospechar como siendo Real, y esto lleva muy lejos, a toda clase de construcciónes. Lo importante seria quizás quedarse con la única que permite afirmar la ciencia de lo Real, a saber: que el núcleo de todo eso es ante todo la lógica, es decir, lo que nunca logró avanzar un paso, un cuarto de paso, un mínimo fragmento de paso, sino por lo escrito,. Lo que es al menos algo.

Y bien. Primero les conté eso y después les hice mi nudo borromiano. Tienen que imaginar que este nudo borromiano (Lacan muestra el nudo N° 3) es, si puedo decirlo, el único que .... se presenta decentemente:

(falta gráfico)

Se presenta decentemente porque tiene lugar para desplegarse, pero eso no le impide ser fácilmente objeto de toda clase de descaminamientos.

Observarán, por ejemplo, que es muy fácil encontrar aquí los tres planos de referencia de las coordenadas cartesianas. Y esto es lo que tiene de falaz. Porque las coordenadas cartesianas son otra cosa, son algo que por el sólo hecho de que implican la superficie como existente resultan fuente de toda clase de imagenes falaces: lo more geométrico, que durante siglos bastó para asegurar muchas cosas con un carácter pretendidamente demostrativo, sale todo entero de aquí.

El carácter falaz de la superficie se demuestra en esto: que cuando intentan ustedes alcanzarla, con este aparato: 

obtienen lo que constituye la sigla de lo que tiene que ver con el nudo borromiano, a saber: la articulación donde los tres redondeles se anudan juntos. Y donde se anudan de manera —propiamente hablando— concisa, es decir, la manera que permite, por ejemplo, ver que el calce se efectúa así: 

es así como deben concebir que los nudos se reúnen para definir ese algo que es una definición muy diferente del punto: el punto donde los tres redondeles se calzan.

Y bien, esto no es del todo lo que había previsto contarles hoy, pero ya que al fin de cuentas tenla ganas de... de improvisar, me dejé llevar... y les hablé de otras cosas; esto tiene una continuación, por cierto, tendrá una continuación la vez que viene, pero lo mismo quisiera hacerles observar que hay puntos por ejemplo en Los Primeros Analíticos, entre otros —hay otros, hay puntos de la lógica, hay puntos del Organon— donde vemos de pronto que el mismo Aristóteles, que sabia muy bien lo que hacía, no dejó de tropezar. Quiero decir puntos donde no deja de notarse lo que, al fin de cuentas, le preocupa a él como a todo el mundo. 

En la página 68 a de los manuscritos hay algo inaudito. Les he hablado del "Todo alfa es beta, todo beta es gama, y de lo que se deduce que todo alfa es gama". Aristóteles se pregunta, en apariencia, qué resultará de invertir la conclusión, por ejemplo, de decir que todo gama es alfa. Aristóteles muestra las turbadoras consecuencias que esto produce, a saber: que la conclusión deberá ser puesta en otro lugar, el lugar de una premisa mayor o el de una premisa menor, para que se desemboque, propiamente hablando, en una conclusión que es la que invierte una de las premisas. Todo esto parece nada y sin embargo no lo es por cierto, porque en esta ocasión comienza a salir otra cosa, a saber: las calificaciones que se aplican a toda especie de ser.

Debo decirles que les he ahorrado esto: hasta qué punto el uso del término hyparkein, "pertenecer a", es problemático. Porque en su definición de la Universal está totalmente fuera de cuestión dar un sentido unívoco a ese "pertenecer a". Es imposible saber de una manera unívoca si el sujeto pertenece al predicado o si el predicado pertenece al sujeto. Esto es según los pasajes. No es posible, ciertamente, que alguien tan vigilante como debía serlo Aristóteles no lo advirtiera. 

Sea como fuere, en este capitulito tan instructivo se ve por progresión —y por esa progresión que consiste en que de seres universales bien definidos él pasa a todos los seres— que resulta muy singular que a propósito de esto salga, pero como una irrupción, el pasaje siguiente: "si por lo tanto (textua) todo amante, en virtud de su amor prefiere A (no preferir a, sino "a", la a escrita) saber que el amado está dispuesto a acordarle sus favores (syneinai: ir juntos) sin no obstante acordárselos (sin no obstante acordárselo, lo que representamos por gama; es, por la tanto, non-syneinai; para llamarlo por su nombre: no se acuesta con el) más bien que ver al amado acordarle sus favores (lo que es representado por delta)". Es maravilloso (nota del traductor).

Entonces, delta... ¿qué habíamos dicho, beta?... ah, si'... 

es por lo tanto (en primer lugar) no acordárselos, más bien que ver... etc. Buenos, entonces, es evidente que alfa — es decir, estar dispuesto, lo que para Aristóteles pasa por amarlo— es evidente que el objeto del amor A, es ser amado... estar dispuesto a acordarle sus favores; en este texto de Aristóteles se halla perfectamente designado (les ruego se remitan a él): se dice Phileisthai.

Bueno. Amar es por lo tanto, Philein.

Se trata para él de demostrar lo siguiente: después de ese pasaje concerniente a toda la conversión, y especialisimamente a la conversión de los predicados que conciernan a todo ser, si se parte de la conjunción de ese A con ese B, es decir, ser amado por el partenaire —que no acuerda a ustedes sus favores— si se plantea que esto es preferible a la combinación contraria, la de que si' les acuerda sus favores sin por ello amarlos, Aristóteles demuestro que si se plantea esto —tal es el objeto de la demostración— de ello resulta: 

de ello resulta lo que parece, en efecto, inevitable admitir, que el syneinai vale menos que el karizestai, a saber: esa... buena disposición que testimonia ser amado. El surgimiento en este lugar y de una manera tanto más problemática cuanto que es absolutamente carácterística del amor en tanto que homosexual, es una cosa enteramente sorprendente, que concierte si puedo decir, a la irrupción en el medio de lo que definir como articulado aquí como la ciencia de lo Real, como la irrupción EN CIERTO PUNTO, un punto que, les repito, esta en el 68 b, al que les ruego se remitan en Los Primeros Analíticos, una cosa que es verdaderamente la irrupción de lo verdadero, y de un verdadero, justamente, del que no hay, al fin de cuentas, más que aproximación, ya que el problema de que se trata es justamente el de un amor que, al fin de cuentas, no concierne sino por la intermediación del goce, del syneinai de que se trata, a saber, de un goce, en fin, perfectamente localizado y homologo, homogéneo, el que hace que al fin de cuentas, si hay en efecto algo que permite la no-existencia de la relación sexual como tal, es muy precisamente que el homogos es seguramente algo así como... como un no pas, sin duda, pero un no (pas) que en cierto modo confirma, apoya, la no-existencia de la relación.

Y quisiera concluir en esto: en tanto es alrededor de ese X que se llama el falo, que sigue girando —girando porque es a la vez su causa y su máscara— la no existencia de la relación sexual, yo anuncio el tema de mi próximo seminario: para El hombre —y ante todo cuando digo El hombre lo escribo con E mayúscula, a saber: que hay un Todo-Hombre para El hombre el amor, entiendo con ello lo que se engancha, lo que no sitúa en la categoría de lo Imaginario, para El hombre, el amor, marcha sin decir (4). El amor marcha sin decir porque le basta con su goce, y además muy exactamente por eso no comprende nada de él.

Pero en cuanto a UNA mujer, hay que tomar las cosas por otro sesgo. Si para El hombre eso marcha sin decir porque el goce lo cubre todo, incluido justamente que no hay problema relativo al amor, el goce de la mujer —y con esto termino hoy— el goce de la mujer no marcha sin decir, o sea, sin el decir de la verdad.


Referencias

(1) El original dice: on en est embarrassé comme le poisson d´un pomme.

(2) La versión castellana de Francisco de P. Samaranch dice: "Hemos también de sustituir los equivalentes, poniendo palabra en lugar de palabra, y frase en lugar de frase, e intercambiando palabras y frases, aunque dando siempre la preferencia a la palabra sobre la frase, ya que esto facilita la intelección y posición de los términos." (ARISTOTELES, Obras, Aguilar, Madrid, 1964, p. 317, cap. 39).

(3) La versión castellana de Francisco de P. Samaranch dice:: "Si, pues, todo amante, bajo la influencia de su amor, preferirla que su amado estuviera dispuesto a llenarle de gracias (A), aún sin hacerlo de hecho (C), más bien que le llenara de gracias (E))..." Esto es lo que cita Lacan. La frase se completa asi-: "...sin estar movido o inclinado afectivamente a hacerlo (B), evidentemente, A -que el amado sintiera esa inclinación es preferible al acto mismo del hacer las gracias o favores. "

(4) Se ha mantenido la traducción forzada, literal, del giro ca va sans dire, "está implicito", para conservar dentro de lo posible el juego de palabras con aire la verité "decir la verdad".


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