Seminario 21 - Jacques Lacan
Los no engañados erran (Los nombres del padre)

Clase 9, del 12 de Marzo de 1974

Hoy entraré de lleno en el asunto, aunque... tenga ganas de hablar de otra cosa. Por ejemplo, decir que no tengo de qué quejarme. Si lo que hago es.. darles de comer heno —es heno todo esto, cosas que se entrecruzan... y no pasan—, no tengo de que quejarme en el sentido de que una de dos: o se me devuelve mi heno de inmediato, así ocurre, mi heno tal cual no es en absoluto algo que no se soporte, me lo vuelven a servir tal cual, tal como lo propuse, o bien hay personas a quienes ese heno les cosquillea de tal modo en la entrada de la garganta que... me vomitan. Claudel, por ejemplo. Y esto ocurre porque ya lo tenían allí... (1) Me siento muy molesto porque la persona a quien hice vomitar Claudel justo llamó por teléfono —a Gloria, naturalmente— para preguntarle dónde se hacia mi seminario. Estoy completamente desolado, espero que haya acabado por saberlo; quizás esa persona esté aquí, y en todo caso si no lo está denle mis excusas, porque Gloria la mandó al diablo, y esto no es para nada lo que yo hubiera deseado: por qué no vendría ella a comer heno con todo el mundo.. Y bien, mi heno en cuestión... ustedes saben que esta a la orden del día, ¿no es cierto?; por obra mida es el nudo borromiano.

Puedo decir que soy colmado de atenciones, pues me acaban de traer uno, africano. Es el nudo borromiano en persona. Les certifico su autenticidad, porque desde que lo manejo, comienzo a conocerle una punta... lo que me agrada mucho, porque si hay una cosa alrededor de la cual me rompo la cabeza es... la de saber de donde viene. Se lo llama borromiano; no es que haya un tipo que un dila lo descubrió, desde luego que está descubierto desde hace mucho tiempo, y lo que me asombra es que no se lo haya usado mas, porque era verdaderamente una manera de asir lo que yo llamo las tres dimensiones. Se las tomó de otra manera, y debe haber razones para eso. Debe haber razones para eso, pues no se ve por qué no se intentó determinar el punto, señalar el punto, si quieren, con eso, más que con cosas que se cortan. Es un hecho que no ocurrió así. Qué destino se habría alcanzado si las cosas hubieran ocurrido así. Es probable que nos habría encauzado de una manera muy diferente.

De ningún modo puede decirse que esas historias de nudos no hayan interesado a aquellos a quienes llaman "filósofos", es decir, midios, aquellos que tratan de decir algo a... a nuestros estados, de responder a ellos, porque en verdad hace mucho tiempo que personas que curiosamente se han visto clasificadas, por lo que sabemos, entre las mujeres, en fin, lo que yo llamo "las mujeres" —en plural, como ustedes saben, algunos están allí desde hace tiempo—, las mujeres se entienden en eso, en hacer tramas, tejidas. Y aunque eso habría podido ponernos en camino, es muy curioso que, por el contrario, haya inspirado más bien intimidación. Aristóteles habla de ello, y también es curioso que no lo haya tomado por objeto. Porque hubiera resultado un punto de partida no más malo que otro. ¿Qué cosa hace que los nudos se imaginen mal?. Esto, (Lacan muestra el nudo africano) puesto que está hecho de cierta manera, se sostiene. Pero una vez puesto de plano ya no es fácil manejarlo, y no por nada, probablemente, pues con esos nudos siempre fueran cosas que forman tejido, es decir, que forman superficie lo que se intentó fabricar. Probablemente ocurre que la cosa puesta de plano, la superficie, esté muy ligada a todo tipo de utilizaciones.

Digo que los nudos se imaginan mal, y de inmediato voy a darles una prueba. Hagan una trenza. Una trenza de dos. No necesitan trabajar mucho: basta que entrecrucen una vez, después una segunda, y encontrarán a esos dos en su orden. Anuden los ahora punta con punta, o sea el mismo con el mismo. Y bien, está anudado. Está anudado, incluso, dos veces. Esto forma un doble anillo. Lo que ustedes han unido se sostiene junto. En mi ultimo seminario del año pasado, mi fiel Ackat puso el titulo de "los redondeles de hilo". No sé si en el texto yo lo había llamado así o de otra manera, es probable que lo haya llamado así, pero él lo puso como título.

Y bien. Hagan ahora una trenza de tres. Ahora verán que antes de que encuentren las tres hebras —llamémosle hebras hoy, por ejemplo— las tres hebras en su orden, es preciso que hagan seis veces el gesto de entrecurzar esas hebras, por medio de lo cual, después que hayan hecho seis veces ese gesto, encontrarán las tres hebras en su orden. Y aquí, de nuevo, las unen. Y bien, ocurre sin embargo algo que no es obvio, que no se imagina de inmediato una vez obtenido ese nudo del que les dije que sencillamente era un nudo borromiano, en su forma más simple, el que está allí a la izquierda, —y al fin de cuentas ven que consiste en un doble nudo— no es obvio que basta con que ustedes rompan una de esas hebras para que las otras dos queden libres. Porque a primera vista parecen muy bien enroscadas una alrededor de la otra, y podría presumirse que se sostienen tan bien como la trenza de dos. Todo lo contrario: de inmediato ven que se separan. Basta cortar una de las tres para que las otras dos demuestren no estar anudadas. Y esto sigue siendo verdadero cualquiera que sea el múltiplo de seis con el que prosigan la trenza. Es cierto, en efecto, que ya que han encontrado vuestras tres hebras en su orden al cabo de seis gestos de trenzado, igualmente las encontrarán en ese mismo orden cuando hagan seis mas. Entonces tendrán este preciso nudo borromiano (n° 3). Es decir, lo que ven pasar aquí una vez, en el interior de los otros dos nudos, de los que pueden ver que están —por eso los presenté así— libres uno del otro, lo hacen, como pueden ver, dos veces. Y siempre será un nudo borromiano, porque cualquiera que sea el que rompan, los otros dos estarán libres. Con un poquito de imaginación pueden ver por que:

 

(falta gráfico)

 

son tales que —hablemos con sencillez— no se cortan, están uno por encima del otro. Pueden observar que esto es cierto para cada par de dos, Bien. He aquí dos manera de hacer el nudo borromiano, pero que en realidad hacen una sola, a saber: si se trenza un número indefinido de veces múltiplo de seis, siempre resultará un auténtico nudo borromiano.

Pido disculpas a quienes este desarrollo pueda fatigar, pues esto tiene un fin, como acabo de decirles. Sólo quisiera hacerles notar que, por lo tanto, no hacemos la cuenta: pueden trenzar todo el tiempo que quieran, siempre que se atengan a un múltiplo de seis, y la trenza en cuestión será un nudo borromiano. Ya por si sólo esto parece abrir la puerta a una infinidad de nudos borromianos.

Y bien, esa infinidad, ya realizada virtualmente pues pueden ustedes concebirla, esa infinidad no se limita aquí . Así , el ejemplo que les doy en el pizarrón (no puede decirse que los instrumentos sean cómodos...) con esta manera de inscribirlo; ven aquí (n° 2) que el anillo es, por decir así , doble, y si el nudo borromiano se realiza de la manera que tracé primero, se ve bien, al tirar de aquí , que eso hace dos. Podrían también dibujarlo haciendo volver el anillo, y verán que pasa bajo uno de los niveles de mis redondeles de hilo, y si volvieran todos los dos, el anillo daría la vuelta de uno de esos redondeles, y volvería aquí a inscribirse cruzando por debajo de los dos anillos, que ahora, a causa de la composición, resultan paralelos, y se presentan en forma de cruz.

(falta gráfico)

Si componen el nudo borromiano de esta manera, deviene enteramente simétrico, y ofrece el interés de representificarnos con otra forma la materialización que puede dar bajo esta forma a la simetría, precisamente (la simetría en dos palabras: la, simetría de otro lado), es decir, de mostrarnos que hay una manera de presentar el nudo borromiano que en su mismo trazado nos impone el surgimiento de la simetría, a saber, del dos.

No era necesario ir tan lejos para advertirlo. Yo diría que sencillamente "tirando" de esta parte del redondel de hilo, fácilmente pueden imaginarse el resultado que se obtendrá, o sea plegar en dos el redondel de la derecha (n° 1). Es decir, se obtendrá este resultado:

(falta gráfico)

Por medio de lo cual ven que lo que resulta es esto: que uno de los redondeles tira el nudo plegado en dos, el anillo plegado en dos en este sentido,

(falta gráfico)

mientras que el otro se presenta así; tienen aquí manifiesto, quizás por otra parte menos evidente, ese algo que hace que, de ser tres, esos nudos no puedan ser desanudados, pero basta que uno cualquiera de ellos falte para que los otros dos queden libres (n° 4). Se trata incluso de una de las maneras más claras de representar gráficamente esto: que si hacen pasar vuestro redondel al interior del anillo que llamo "anillo plegado", si hacen pasar otro anillo plegado de la misma manera, podrán anudar un número indefinido de esos redondeles de hilo, y bastará que uno sea roto, que uno falte, que uno no esté, para que todos los otros se liberen. Por medio de lo cual no puede dejar de ocurrírseles que puesto que lo que han agregado un número indefinido de veces son nudos plegados tomados unos en los otros, no están ustedes forzados a terminar por lo que ven aquí funcionar, a saber, un simple redondel de hilo. Pueden anillar el círculo completo (...) de una manera que además haga cerrarse la cosa por un círculo plegado. Es decir que si tuvieran más de tres, les sería bien fácil imaginar que para el cierre les bastaría con uno de esos círculos plegados. Si hacen el cierre con tres, lo que obtienen es muy precisamente este resultado (n° 2) es decir que de la manipulación de a tres del nudo borromiano —que como ven puede funcionar en un numero mucho mayor— de la manipulación de a tres harán surgir esa figura de la que les dije que presentificaba la simetría en el nudo borromiano mismo. Es decir, que el I a inscribe allí el dos.

Antes de cerrar esta demostración digamos "figurada", conviene subrayar lo siguiente: que, a cada uno de esos tres redondeles de hilo —para llamarlos de la manera que mejor los figura— ustedes pueden darle, mediante una manipulación suficientemente regular (que no les asombre la paciencia que necesitarán) a cada uno de los tres, tanto a este redondel de hilo como a ése (en el croquis n° 2 Lacan indica las dos figuras rectangulares), pueden darle exactamente el mismo lugar, que es el que ven aquí representado por el tercero .

¿Para qué me sirve este nudo, el nudo borromiano de tres? Me sirve, por así decir, para inventar la regia de un juego, de manera tal que pueda figurarse con el la relación de lo real con lo imaginario y lo simbólico. Lo Real, con respecto a lo que localizamos en cierta experiencia como lo imaginario y lo simbólico, es lo que hace de el tres. Hace de él tres, y nada mas.

Es sorprendente que hasta aquí no exista ejemplo de que jamás haya habido un decir que plantee lo Real, no como lo que es tercero, porque eso seria decir demasiado, sino como aquello que con lo imaginario y lo simbólico hace tres; y esto no es todo; por esta presentación, lo que trato de enganchar es una estructura tal que lo real, definiéndose así, sea lo Real de ANTES del orden, que la modalidad nos dé ese algo que, por decir "de antes del orden", de ningún modo supone un primero, un segundo, un tercero. Y como acabo de señalar, tampoco un medio con dos extremos. Porque incluso en la primera forma del nudo borromiano, de la que les mostré que permite figurar como término medio que anuda dos extremos ese circulo plegado que les muestro en la figura de abajo a la derecha (n° 4), incluso en este caso, cualquiera de los tres círculos puede jugar ese papel. Es decir, que no está de ningún modo ligado, salvo para hacérselos imaginar; la figura de la izquierda no estaba allí más que para hacerles accesible esto: que hay medio en el circulo plegado; pero cualquiera de los otros dos puede cumplir la función, a partir de que los otros dos tomen la posición de extremos.

¿A qué nos conduce esto?

Debe observarse que nos interesamos por el dos, problema presentificado por algo que en verdad es —puede decirse"insistente" en lo que nos entrega la experiencia del discurso analítico; no por nada ella introduce ese dos por excelencia que es el amor de la propia imagen, la esencia de la simetría misma; ¿acaso no nos introduce esto, ese nudo, en la consideración de que lo imaginario no es lo más recomendado para encontrar la regla del juego del amor? Lo que se libra de él a la experiencia está marcado específicamente por la representación imaginaria; como llegamos por la experiencia misma a imponérnoslo, se imagina que el amor es dos. Si no fuera por la experiencia imaginaria, ¿se hallarla esto tan probado? ¿Por qué no sería ése el medio, como además lo indica el hecho de que es a nivel de ese medio que se produce, esta vez, dos veces dos? ¿Por qué no sería ése el medio, del que acabo de señalar que además es giróvago, es decir, vagabundo, que puede también ser cumplido por uno cualquiera de los tres? ¿Por qué no seria ése el medio que, al proseguirse de una sospechosa manera de esa forma, de esa forma de imagen de él mismo, ése el medio que entregarla correctamente pensado, o sea a través de lo real de dichas conexiones, el resorte de los nudos? En otros términos, ¿no será el nudo borromiano el modo bajo el cual se libra a nosotros el Uno del redondel de hilo como tal, el hecho de que por otra parte sean tres, esos Unos, y que al ser anudados, solamente al ser anudados, nos es librado el dos? Hay aquí muchas consideraciones en las que podría yo extraviarme, por así decir, porque no atraparían de más cerca aún ese carácter, por así decir, primero, del tres.

El es primero, no en el sentido de que seria el primero en ser primero, ya que como se sabe hay otro que es llamado así, pero si es llamado así el dos, lo será de una manera muy singular, porque de ningún modo está dicho que pueda accederse a él a partir del uno. Salvo —como se lo observó desde hace tiempo— decir que uno y uno hacen dos: es por el sólo hecho de la marca de la adición, supuestamente reunión, o sea, ya el dos. 

En este sentido el dos es algo de un orden, si puede decirse, vicioso, ya que no descansa sino sobre su propia suposición. Articular por medio de un más, dos unos, es ya instalar el dos.

Pero por ahora atengámonos simplemente a esto: lo que el nudo borromiano nos ilustra es que el dos no se produce sino por la articulación del uno con el tres. O, más exactamente, digamos que: si se dice que, como se ha hecho humorísticamente, "el número dos se regocija de ser impar", esto no carece por cierto de razón; se; equivocarla regocijándose de ser impar, porque si se regocijara por esto seria una lástima para el, pues no lo es seguramente, pero que sea engendrado por los dos impares uno y tres, esto es en suma lo que el nudo borromiano nos hace "brotar" salir, por así decir. Asimismo, deben ustedes sentir la relación que tiene esta elucubración con nuestra experiencia analítica. Freud es seguramente genial. Es genial por el hecho de que lo que el discurso analítico hizo brotar bajo su pluma son lo que yo llamaría "términos salvajes". Lean Psicología de las masas y Análisis del Yo, y específicamente el capitulo "Identificación", para comprender lo que puede haber de genial en la distinción, allí formulada, de tres clases de identificaciones, o sea las que he denotado y valorizado con el rasgo unario, el einziger Zug, y la manera como las distingue del amor en tanto que, llevado a un término seguramente, es aquel que se trata para nosotros de alcanzar, a saber: esa función del Otro en tanto que librada por el padre, y por otro lado, la otra forma, la de la identificación llamada histérica, a saber, del deseo con el deseo. Freud distingue. precisamente, esas tres formas de identificación.

Si así presentado esto no es sino un nudo de enigmas, yo diría: razón de más para trabajar, es decir, para tratar de dar a esto una forma que implique un algoritmo más riguroso. Este algoritmo es precisamente el que intento ofrecer en el tres mismo, en tanto y eso toca. ¿Por qué? Porque estando los cosas en cierto orden rotativo, eso toca en tanto que glorifica al cuerpo. Aquí el principio del goce; lo forzoso es el hecho de la muerte, y todos saben... que si es "en nombre del cuerpo" que todo eso se produce, antaño lo ilustré con la tragedia Antígona, y lo que curiosamente pasó al mito cristiano —porque no sé si se han dado cuenta de que toda esa historia del Cristo que no habla sino del goce, esos lirios del campo que ni tejen ni hilan—, que atraviesa el mito, lo afirma, la muerte, todo eso al fin de cuentas no tiene fin; lo que vemos desplegarse en kilómetros de tela no tiene otro fin que el de producir cuerpos gloriosos de los que uno se pregunta qué van a hacer durante la eternidad, inclusive puestos en redondo en un circulo de teatro, qué podrán hacer al contemplar no sé sabe qué. También es curioso que sea por este camino, este camino no de lo verdadero sino de lo BELLO, que sea por este camino que se haya manifestado por vez primera al dogma de la Trinidad divina. Hay que decir que es un misterio, un misterio del que estamos cerca, pero no sin cierto número de deslizamientos. El otro día les demostré la irrupción en la lógica de Aristóteles de no sé qué teorías del amor, donde son muy bien distinguidos el amor y el goce. No está mal, ¿verdad? .

No está mal, pero eso hace sólo dos, en absoluto una trinidad. Es muy divertido leer en un tratado, De la Trinidad de un cierto Richard de Saint-Victor, la misma irrupción, increíble, del retorno del amor, el Espíritu Santo considerado como "amiguito" Lo traeré alguna vez, hoy no lo hice porque tengo bastante para decir. Vale la pena acercarse a él. Cómo es posible que sea por lo bello que algo que es la... la verdad misma, y que además es lo que hay de verdadero en lo real, a saber, lo que intento articular esta mañana, así, cojeando: también es muy curioso, si.

¿En qué lo simbólico, lo imaginario y lo real constituyen algo que al menos tendría la pretensión de ir un poco más le los que ese viraje en redondo del goce, del cuerpo y de la muerte? . ¿Es que hay allí algo que podamos alcanzar, alcanzar mejor que lo que se nos aparece como señal, como huella? . Acabo de hablar de lo verdadero, de lo bello, de una manera que, para decirlo todo, nos los hace funcionar como medios; será preciso que yo trate de lo que tiene que ver con el bien.

¿Es posible que en esta historia del nudo borromiano pueda situarse al bien en alguna parte? Se los digo de inmediato, hay muy pocas posibilidades: si lo verdadero y lo bello no han aguantado, no veo por qué el bien lo haría mejor. La única virtud que veo salir de esta pregunta —y la indico mientras hay tiempo porque no se la verá más— la única virtud, si no hay relación sexual, como yo enuncio, es el PUDOR.

En esto encuentro genial a la persona que hizo sacar cierta atterrita en la tapa de mi televisión; forma parte de una escena donde el personaje central, el que da su sentido a todo el cuadro, es un demonio, un demonio perfectamente reconocido por los Antiguos como el demonio del pudor. No es especialmente extraño, y por eso además la persona, la atterrita, separa los brazas con cierto enloquecimiento.

Entonces, "los no incautos yerran" (les non-dupes errent) (2), o quizás sea "los no púdicos yerran" [les non-pudes errent]. Y con esto, la cosa promete. Promete porque por otra parte pienso que no debemos esperar nada, absolutamente nada, ningún progreso, Le dije esto a una persona que —no veo para nada por qué he de tener pelos en la lengua— que ha escupido ese heno, muy gentilmente, porque es una persona que en verdad, estrictamente no escupió sino el heno que yo le puse en la boca. No es más malo que cualquier otra cosa. Es... es mi heno, al fin de cuentas... Sin embargo, esto no quiere decir que no haya cosas que cambian. Estoy interrogando al amor. Y comienzo leyendo cosas que son una pequeña aproximación; simplemente, no sé cómo puede eso ocurrir, lo aire quizás más ampliamente... si el resultado es una extensión del discurso psicoanalítico ya que después de todo no haré menos que considerarlo, pero como un chancro Quiero decir que eso puede llevarse por el aire un montón de cosas: si el bien—decir no es gobernado sino por el pudor, necesariamente choca. Choca, pero no viola el pudor...

Entonces, tratemos de interrogarnos sobre lo que podría ocurrir si por ese lado seriamente se obtuviera que... que el amor, es apasionante, pero que esto implica que en él se siga la regla del juego. Desde luego, para eso hay que conocerla. Es quizás lo que falta: siempre se ha estado allí en una profunda ignorancia, o sea que se juega un juego cuyas reglas no se conocen. Entonces, si ese saber hay que inventarlo para que haya saber, quizás sea para eso que pueda servir el discurso psicoanalítico.

Sólo que si es verdad que lo que se gana de un lado se pierde del otro, seguramente hay alguien que va a pagar el pato. No es difícil encontrarlo: el que va a pagar el pato es el goce. Porque, a esa cosa a ciegas, en fin, que se persigue con el nombre de amor, el goce, ¡eso no falta ¡se lo tiene a montones Lo maravilloso es que nada se sabe de ello: pero quizás sea lo propio del goce, justamente, que nunca pueda saberse nada de él... Lo sorprendente, también, es esto: que no haya habido discurso sobre el goce. Se ha hablado de todo lo que se quiera, de sustancia extensa, de sustancia pensante, pero la primera idea que podría aparecer, que si hay algo que pueda definirse como el cuerpo, no es la vida, ya que la vida sólo la vemos en cuerpos que, después de todo, ¿qué son? cosas del orden de las bacterias, cosas que se hinchan, rápidamente se tienen tres kilos cuando se ha tenido un miligramo..., no se ve bien qué relación hay entre eso y nuestro cuerpo... Pero que la definición misma de un cuerpo es que sea una sustancia gozaste, ¿cómo es que nunca lo enunció nadie? Es la única cosa, fuera de un mito, verdaderamente accesible a la experiencia. Un cuerpo goza de si mismo, goza bien o mal, pero está claro que ese goce lo introduce en una dialéctica donde indiscutiblemente hacen falta otros términos para que se sostenga en pie, a saber: nada menos que ese nudo que les sirvo en una perorata interminable...

Que el goce pueda pagar el pato a partir del momento en que el amor sea un poco civilizado, es decir, que se sepa que se juega como un juego, no es seguro que ocurra..., no es seguro que ocurra, pero al menos podría ocurrírsenos, si puedo decir. Podría ocurrírsenos tanto más cuanto que de ello hay pequeñas huellas. Sin embargo, hay una observación que me gustaría mucho hacerles, en lo relativo a la pertinencia de ese nudo: en el amor, aquello a lo cual los cuerpos tienden —y hay algo mordaz que les diré después—, aquello a lo cual los cuerpos tienden es a anudarse. No lo consiguen, naturalmente, porque como ven ustedes, lo inaudito es que a un cuerpo no le ocurre nunca que se anude. ¡Ni siquiera hay huella de nudo en el cuerpo Si algo me impresionó en la época en que hacía anatomía, era eso: siempre esperaba ver al menos, así, en un rincón, una arteria, o un nervio que... ¡huipp! que formara un nudo... ¡Nada Nunca vi nada parecido, y por eso la anatomía, debo decirlo, me apasionó durante dos años. Esto molesta machismo a quienes hacen su medicina como si fuera un pesado fardo, no a mí. Naturalmente, no me di cuenta enseguida, no me di cuenta de que era por eso que me apasionaba, me di cuenta después; nunca se sabe sino después. Y es absolutamente cierto que lo que yo buscaba en la disección era encontrar un nudo.

En lo cual ese nudo borromiano alcanza al menos el "por qué" de la circunstancia de que el amor, en fin, no está hecho para ser abordado por lo imaginario. Porque la sola particularidad de que cuando farfulla, a falta de conocer la regla del juego, articula los nudos del amor... Es sin embargo extraño que esto se detenga en la metáfora, que no esclarezca, que no dé la idea de que, por el lado de esa cosa de la que espero haberles hecho sentir un poquito su lado de consistencia extraña, y el hecho de que... se sorprende esto, que lo real, al fin de cuentas, no es otra cosa que historia de nudos; todo el resto puede soñarse, en fin. Dios sabe si el sueño tiene sitio en la actividad del ser hablante.

Me dejo ir un poquito hacia los paréntesis —ustedes me lo perdonarán, ya que me lo perdonan habitualmente— pero sin embargo es increíble que la potencia del sueño ha ya llegado a hacer de una función corporal, el dormir, un deseo. Nadie hasta ahora puso de relieve el hecho de que, con respecto a algo que es manifiestamente un ritmo, ya que existe en muchos otros seres que no son los seres hablantes, el ser hablante llegue a hacer de él un deseo. Ocurre que prosigue su sueño como tal, y POR ESTO, desea no despertarse. Naturalmente, hay un momento en que la cosa afloja. Pero nadie ha destacado verdaderamente la autonomía, la originalidad del hecho de que Freud haya podido llegar hasta allí. 

Volvamos a nuestros nudos metafóricos. ¿No sienten acaso que al recurrir a ellos lo que trato de hacer es algo que no comportaría ninguna suposición? Porque nos hemos pasado el tiempo planteando, pero nunca podemos plantear sino suponiendo. Es decir que planteábamos el cuerpo —eso se imponía— y se lo suponía el alma. Sin embargo seria necesario —esto es algo que he tramado, porque en el nivel en el que me encontraba, en esa televisión, de tener que hablar del alma y del inconsciente...— el inconsciente podría ser totalmente distinto a un supuesto, porque el saber (si es verdad lo que dije de él la vez pasada), no está en absoluto forzado a suponerlo: es un saber en vías de construcción.

Si ocurriera que el amor se tornase un juego coyas regias se conocen, tal vez con respecto al goce esto presentara muchos inconvenientes. Pero así éste quedaría arrojado, por así decir, hacia su término conjunto. Y si ese término conjunto es efectivamente lo que yo digo acerca de lo real, del que, como ven, me contento con ese endeble pequeño soporte del numero (no he dicho la cifra), del número tres..., si el amor, tornándose un juego cuyas reglas se conocen, hallara un día —pues tal es su función— al término de esto: que es uno de los Unos de esos tres, si funcionara uniendo el goce de lo Real con lo Real del goce, ¿no habría aquí algo que valdría el juego?.

El goce de lo Real: esto tiene un sentido: Si en alguna parte hay goce de lo Real como tal, y si lo Real es lo que digo, a saber, para comenzar, el número tres —y ustedes saben, no es al tres que apunto: pueden agregarle 1416 que siempre será el mismo número por el hecho de que me sirve, y podrían también escribirlo 2, 718 (es un logaritmo neperiano): cumplirá el mismo papel— las únicas personas que gozan de ese Real son los matemáticos. Entonces, seria necesario que los matemáticos pasaran bajo el yugo del juego del amor, que nos enunciaran una punta de éste, que trabajaran un poco más sobre el nudo borromiano, porque debo confesarles que estoy verdaderamente inquieto, más de lo que pueden creer, me paso el día haciendo nudos borromianos y, mientras tanto... tejo...

Sólo que: el goce de lo Real no va sin lo Real del goce. Porque para que uno sea anudado al otro, es preciso que el otro sea anudado al uno. Lo Real del goce se enuncia así , ¿pero qué sentido dar a esta expresión: LO REAL DEL GOCE?.

Así, los dejo por hoy con un punto de interrogación.


Referencias

(1) Probable alusión a la idea de conocimiento en Claudel, como co-nnaissance, "conocimiento", "co-nacimiento"; juego literalmente posible en francés pero no en español.

(2) Se ha traducido pudes por "púdicos", ante la imposibilidad de reproducir el juego anagramático de dicho vocablo con dupes. Igualmente se aclara que es un neologismo; la palabra que corresponderla seria pudiques.


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