
Los primeros procesos del desarrollo
Hay tres procesos que a mí me parece
que empiezan muy pronto: l) la integración, 2) la
personalización, y 3) siguiendo a éstos, la
apreciación del tiempo y del espacio y de las demás
propiedades de la realidad, en resumen: la comprensión.
Muchas cosas que tendemos a considerar definitivas desde
el principio, han tenido, sin embargo, un origen y una
condición a partir de la que se desarrollaron. Por
ejemplo, muchos análisis van deslizándose hasta su
completamiento sin que en ningún momento entre en
cuestión el tiempo. Pero un chico de nueve años a quien
le gustaba jugar con Ann, de dos años, se interesó
vivamente por el nuevo bebé. Dijo: «Cuando nazca el
bebé, ¿nacerá antes que Ann?». Su sentido del tiempo
es muy poco firme. Asimismo, un paciente psicótico era
incapaz de adoptar rutina alguna, puesto que, de hacerlo,
no hubiese sabido si era martes, de esta semana o de la
pasada, o de la próxima.
A menudo damos por sentada la localización del ser en el
propio cuerpo, y, sin embargo, durante el análisis una
paciente psicótica reconoció que de pequeña creía que
su hermana gemela, que yacía en el otro extremo del
cochecito, era ella misma. Incluso llegó a sorprenderse
al ver que alguien cogía a la otra niña sin que ella
cambiase de sitio. Su sentido del ser y de lo que no es
el ser no estaba desarrollado.
Otra paciente psicótica descubrió durante el análisis
que la mayor parte del tiempo vivía dentro de la cabeza,
detrás de los ojos. Por los ojos solamente podía ver,
como por las ventanas, y no se daba cuenta de lo que
había a sus pies ni de lo que éstos hacían. Por lo
tanto, tenía tendencia a meterlos en los socavones y a
tropezar con las cosas. No tenía «ojos en los pies».
No percibía su personalidad localizada en el cuerpo, al
que sentía como una máquina compleja que debía manejar
con cuidado y habilidad consciente. Otra paciente, a
veces vivía en una caja situada unos veinte metros sobre
el nivel del suelo, conectada con su cuerpo
exclusivamente a través de un tenue hilo. Estos ejemplos
de falta de desarrollo primitivo se nos presentan
diariamente en el consultorio y son ellos los que nos
recuerdan la importancia de procesos tales como la
integración, la personalización y la comprensión.
Cabe deducir que, en su principio teórico, la
personalidad no está integrada y que en la
desintegración regresiva existe un estado primario al
que conduce la regresión. Nosotros postulamos una no
integración primaria.
La desintegración de la personalidad constituye una
conocida afección psiquiátrica cuya psicopatología
resulta sumamente compleja. El examen analítico de estos
fenómenos, sin embargo, demuestra que el estado primario
no integrado provee una base para la desintegración y
que ese retraso o ausencia con respecto a la integración
primaria predispone a la desintegración como forma de
regresión, o como resultado de algún fracaso en los
demás tipos de defensa.
La integración comienza en el mismo principio de la
vida, pero en nuestra labor jamás podemos darla por
sentada. Tenemos que tenerla en cuenta y vigilar sus
fluctuaciones.
Un ejemplo de los fenómenos de la no integración nos lo
da el conocido caso del paciente que procede a darnos
todos los detalles del fin de semana y que se da por
satisfecho al final si lo ha dicho todo, aunque al
analista le parezca no haber hecho ninguna labor
analítica. A veces esto debemos interpretarlo como la
necesidad que siente el paciente de ser conocido con
todos sus pelos y señales por una persona: el analista.
Ser conocido significa sentirse integrado al menos en la
persona del analista. Esto es lo corriente en la vida del
pequeño. El pequeño que no haya dispuesto de una
persona que recoja sus «pedacitos» empieza con un
handicap su propia tarea de autointegración y tal vez no
pueda cumplirla con éxito, o al menos no pueda
mantenerla confiadamente.
La tendencia a integrarse se ve asistida por dos series
de experiencias: la técnica de los cuidados infantiles
en virtud de los cuales el niño es protegido del frío,
bañado, acunado, nombrado y, además, las agudas
experiencias instintivas que tienden a reunir la
personalidad en un todo partiendo desde dentro. Durante
las veinticuatro primeras horas de la vida son muchos los
niños que ya están bien metidos en la vía de la
integración durante ciertos períodos. En otros, el
proceso sufre un retraso, o se producen contratiempos,
debido a la inhibición precoz del ataque codicioso. En
la vida del niño normal hay largos períodos de tiempo
en los cuales al niño no le importa ser una serie de
numerosos fragmentos o un ser global, o no le importa si
vive en el rostro de su madre o en su propio cuerpo,
siempre y cuándo alguna que otra vez se reúnan los
fragmentos y sienta que es algo. Más adelante trataré
de explicar por qué la desintegración resulta temible,
mientras que la no integración, no.
En cuanto al medio ambiente, algunos fragmentos de la
técnica le crianza, de las caras vistas, los sonidos
oídos, los olores olidos, sólo gradualmente son
reunidos en un ser al que se llamará madre. En la
situación de transferencia durante el análisis de los
psicóticos nos es ofrecida la prueba más fehaciente de
que el estado psicótico de no integración tuvo un lugar
natural en una de las fases primitivas del desarrollo
emocional del individuo.
A veces se da por supuesto que, cuando está sano, el
individuo está siempre integrado, así como que vive en
su propio cuerpo, siendo capaz de sentir que el mundo es
real. Sin embargo, hay muchos estados de salud mental que
tienen una cualidad sintomática y se ven cargados con el
miedo o la negación de la locura, de la posibilidad
innata en todo ser humano de verse no integrado,
despersonalizado, y de sentir que el mundo es irreal. La
falta de sueño suficiente produce estos estados en
cualquier persona (2).
De igual importancia en la integración es el desarrollo
del sentimiento de que la persona de uno se halla en el
cuerpo propio. También aquí es la experiencia
instintiva y las repetidas y tranquilas experiencias del
cuidado corporal lo que gradualmente va construyendo lo
que podríamos llamar «personalización satisfactoria».
Y, al igual que en la desintegración, también los
fenómenos de despersonalización propios de la psicosis
se relacionan con primitivos retrasos de la
personalización.
La despersonalización es algo corriente en los adultos y
los niños. A menudo se oculta en, por ejemplo, lo que
solemos llamar «sueño profundo» y en los ataques de
postración que van acompañados por una palidez
cadavérica: «Fulanito está ausente», dice la gente, y
tienen razón.
Un problema que está relacionado con el de la
personalización es el de los compañeros imaginarios de
la niñez. No se trata de simples construcciones de la
fantasía. El estudio del futuro de estos compañeros
imaginarios (en el análisis) demuestra que a veces se
trata de otros seres de un tipo sumamente primitivo. Me
es imposible formular aquí un claro planteamiento de lo
que quiero decir, aparte de que no es éste el lugar de
explicarles este detalle. Sin embargo, diré que esta
creación, muy primitiva y mágica, de compañeros
imaginarios se emplea fácilmente a modo de defensa, ya
que mágicamente deja a un lado todas las angustias
asociadas con la incorporación, digestión, retención y
expulsión.
Disociación
Del problema de la no integración
surge otro: el de la disociación. Afortunadamente, la
disociación puede ser estudiada en sus formas iniciales
o naturales. A mi modo de ver, de la no integración
nacen una serie de estados a los que luego se llamará
«disociaciones», que aparecen debido a que la
integración es incompleta o parcial. Por ejemplo,
existen los estados de tranquilidad y los de excitación.
Creo que de un niño no se puede decir que, al principio,
sea consciente de que mientras siente una serie de cosas
en la cuna, o disfruta del estímulo que su piel recibe
cuando lo bañan, él es el mismo niño que otras veces
chilla reclamando el alimento,
viéndose poseído por una necesidad apremiante de coger
algo y destruirlo a menos que le aplaquen con leche. Esto
quiere decir que al principio el pequeño no sabe que la
madre que él mismo está edificando a través de sus
experiencias tranquilas es lo mismo que la potencia que
se halla detrás de los pechos que pretende destruir.
Creo también que no existe necesariamente una
integración entre un niño que duerme y un niño que
está despierto. Esta integración se presenta con el
tiempo. Una vez los sueños son recordados e incluso
transmitidos a una tercera persona, la disociación
disminuye un poco; pero hay personas que jamás llegan a
recordar claramente sus sueños, y los niños dependen
mucho de los adultos para llegar a conocer sus sueños.
Es normal que los niños pequeños sufran pesadillas y
terrores angustiosos. Cuando esto sucede, los niños
necesitan que alguien les ayude a recordar lo que han
soñado. Es siempre valiosa la experiencia que representa
soñar algo y recordarlo, debido precisamente a la rotura
de la disociación que ello representa. Por muy compleja
que en el niño o el adulto pueda ser esta disociación,
lo cierto sigue siendo que puede empezar en la
alternancia natural de los estados de sueño y vigilia a
partir del nacimiento.
De hecho, la vida despierta de un niño tal vez pueda ser
descrita como una disociación que se desarrolla
gradualmente a partir del estado de sueño.
Paulatinamente, la creación artística va ocupando el
lugar de los sueños o los complementa y resulta de vital
importancia para el bienestar del individuo y por ende de
la humanidad.
La disociación es un mecanismo de defensa sumamente
extendido que lleva a resultados sorprendentes. Por
ejemplo, la vida en las grandes ciudades es una
disociación de carácter muy serio para la
civilización. Igual la guerra y la paz. Son muy
conocidos los extremos de la enfermedad mental. Durante
la niñez, por ejemplo, la disociación aparece en cosas
tan corrientes como el sonambulismo, la incontinencia
fecal, en alguna variedad de estrabismo, etc. Resulta muy
fácil pasar por alta la disociación cuando se estudia
una personalidad.
Adapatación a la realidad
Demos ahora por sentada la
integración. Si así lo hacemos, nos encontraremos ante
otro tema importantísimo: la relación primaria con la
realidad externa. En los análisis ordinarios podemos dar
por sentado -y así lo hacemos- este paso en el
desarrollo emocional, paso que es extremadamente complejo
y que, una vez dado, representa un gran avance en dicho
desarrollo. Pero, de hecho, es un paso que nunca acaba de
darse y de quedar consolidado. Muchos de los casos que
consideramos inadecuados para el análisis, en verdad lo
son siempre que no podamos afrontar las dificultades de
la transferencia propias de la carencia esencial de una
verdadera relación con la realidad externa. Si sometemos
a análisis a los psicóticos, nos encontramos con que en
algunos análisis casi toda la cuestión estriba
prácticamente en esta falta esencial de auténtica
relación con la realidad externa.
Procuraré describir con los términos más sencillos
este fenómeno tal como yo lo veo. En términos del bebé
y del pecho de la madre (no pretendo decir que el pecho
sea esencial en tanto que vehículo del amor materno), el
bebé siente unas necesidades instintivas y apremiantes
acompañadas de ideas predatorias. La madre posee el
pecho y la facultad de producir leche, y la idea de que
le gustaría verse atacada por un bebé hambriento. Estos
dos fenómenos no establecen una relación mutua hasta
que la madre y el niño vivan y sientan juntos. Siendo
madura físicamente capaz, la madre es la que debe ser
tolerante y comprensiva, de manera que sea ella quien
produzca una situación que con suerte puede convertirse
en el primer lazo entre el pequeño y un objeto externo,
un objeto que es externo con respecto al ser desde el
punto de vista del pequeño.
Veo los procesos como dos líneas que proceden de
distintas direcciones y son susceptibles de acercarse la
una a la otra. Si coinciden se produce un momento de
ilusión -un fragmento de experiencia que el niño puede
considerar o bien una alucinación o una cosa
perteneciente a la realidad externa.
Dicho de otra forma, el niño acude al pecho cuando está
excitado y dispuesto a alucinar algo que puede ser
atacado. En aquel momento, el pezón real hace su
aparición y el pequeño es capaz de sentir que eso, el
pezón, es lo que acaba de alucinar. Así que sus ideas
se ven enriquecidas por los datos reales de la vista, el
tacto, el olfato, por lo que la próxima vez utilizará
tales datos para la alucinación. De esta manera el
pequeño empieza a construirse la capacidad para evocar
lo que está realmente a su disposición. La madre debe
seguir dándole al niño este tipo de experiencia. El
proceso se ve inmensamente simplificado si el cuidado del
niño corre a cargo de una única persona que utiliza una
sola técnica. Parece como si, desde el nacimiento, el
niño estuviera pensado para ser cuidado por su propia
madre, o en su defecto, por una madre adoptiva, y no por
diversas niñeras.
Es especialmente al principio cuando la importancia de
las madres resulta vital; y de hecho es tarea de la madre
proteger al niño de las complicaciones que éste
todavía no es capaz de entender, así como darle
ininterrumpidamente el fragmento del mundo que el
pequeño llega a conocer a través de ella. Solamente
sobre estos cimientos es posible edificar la objetividad
o una actitud científica. Todo fallo de la objetividad,
sea cual fuere la fecha en que se produzca, está
relacionado con algún fallo en esta fase de desarrollo
emocional primitivo. Sólo en base a la monotonía podrá
la madre añadir provechosamente riqueza.
Una de las cosas que suceden a la aceptación de la
realidad externa es la ventaja que de ella puede sacarse.
A menudo oímos hablar de las frustraciones reales
impuestas por la realidad externa, pero no tan a menudo
oímos referencias al alivio y a la satisfacción que da
dicha realidad. La leche verdadera resulta satisfactoria
en comparación con la leche imaginaria, pero no es esto
de lo que se trata. La cuestión reside en el hecho de
que en la fantasía las cosas funcionan por magia: la
fantasía no tiene freno y el amor y el odio producen
efectos alarmantes. La realidad externa sí tiene freno,
puede ser estudiada y conocida, y, de hecho, la fantasía
es solamente tolerable en plena operación cuando la
realidad objetiva es bien conocida. Lo subjetivo posee un
tremendo valor pero resulta tan alarmante y mágico que
no puede ser disfrutado salvo paralelamente a lo
objetivo.
Se verá que la fantasía no es algo que el individuo
crea para hacer frente a las frustraciones de la realidad
externa. Esto solamente puede decirse de las quimeras. La
fantasía es más primaria que la realidad y el
enriquecimiento de la fantasía con las riquezas del
mundo depende de la experiencia de la ilusión.
Es interesante examinar la relación que con los objetos
tiene el individuo en el mundo autocreado de la
fantasía. A decir verdad, hay una gran variedad de
grados de desarrollo y sofisticación en este mundo
autocreado, según la cantidad de ilusión que se haya
experimentado y, por ende, según la medida en que este
mundo autocreado haya o no podido utilizar los objetos
del mundo externo percibidos en tanto que material.
Evidentemente, esto requiere un planteamiento más
extenso dentro de otro marco.
En el estado más primitivo, que puede ser retenido en la
enfermedad y hacia el que puede llevar la regresión, el
objeto se comporta con arreglo a leyes mágicas. Es
decir, existe cuando se desea, se acerca cuando se le
acercan, duele cuando es dañado, y, finalmente, se
esfuma cuando ya no se le necesita.
Lo último es lo más aterrador, aparte de ser la única
aniquilación verdadera. El no querer, como resultado de
la satisfacción, es aniquilar el objeto. Ésta es una de
las razones por las que los niños no siempre parecen
felices y satisfechos después de haber sido bien
alimentados. Uno de mis pacientes llevó este temor
consigo hasta la vida adulta y sólo el análisis pudo
librarle de él. Se trataba de un señor que de niño
había tenido una experiencia extremadamente buena con su
madre y en su hogar (3). Su principal temor lo representaba la
satisfacción.
Me doy cuenta de que esto no es más que un esbozo del
inmenso problema que representan los primeros pasos del
desarrollo de una relación con la realidad externa y la
relación de la fantasía con la realidad. Pronto
deberemos añadirle las ideas de incorporación. Pero al
principio es necesario establecer un contacto sencillo
con la realidad externa o compartida, mediante las
alucinaciones del niño y lo que el mundo presente, con
momentos de ilusión para el niño, en los cuales él
cree que las dos cosas son idénticas, lo cual nunca es
cierto.
Para que en la mente del niño se produzca esta ilusión
es necesario que un ser humano se tome el trabajo de
traerle al niño el mundo de manera constante y
comprensible, y, de una manera limitada, adecuada a las
necesidades del pequeño. Por esta razón, el niño no
puede existir solo, psicológica o físicamente, y al
principio necesita verdaderamente que una persona le
cuide.
La ilusión es un tema muy amplio que necesita ser
estudiado y que aportará la clave del interés que los
niños sienten por las burbujas, las nubes, el arco iris
y todos los fenómenos misteriosos, así como su interés
por la pelusa, hecho que resulta muy difícil explicar en
términos de instinto directo. También aquí, en alguna
parte, se halla el interés por la respiración. El niño
nunca acaba de decidirse sobre si viene del interior o
del exterior. Este interés aporta la base para la
concepción del espíritu, el alma, el ánima.
La crueldad primitiva (Fase de preinquietud)
Nos hallamos ahora en situación de
examinar el tipo más precoz de relación entre el bebé
y su madre.
Si uno da por sentado que el individuo se está
integrando y personalizando y que ha hecho un buen
comienzo en su comprensión, queda aún mucho camino para
que llegue a establecer una relación, en tanto que
persona completa, con una madre completa, así como que
llegue a inquietarse o preocuparse por el efecto que sus
pensamientos y actos surtan sobre ella.
Tenemos que postular una relación objetal que al
principio es cruel o despiadado. Puede que también ésta
sea solamente una fase teórica, y ciertamente nadie es
capaz de ser cruel, salvo en estado de disociación,
después de la fase de la inquietud. Pero los estados
crueles de disociación son comunes en la primera
infancia y afloran a la superficie en ciertos tipos de
delincuencia, de locura; asimismo, deben estar
disponibles en la salud. El niño normal disfruta de una
relación cruel con su madre, relación que
principalmente se manifiesta en los juegos. El niño
necesita a su madre porque sólo ella es capaz de tolerar
tal relación cruel incluso en los juegos, toda vez que
ello la daña y cansa realmente. Sin tales juegos con la
madre, lo único que puede hacer el niño es ocultar un
ser cruel al que dará vida en estado de disociación (4).
Podría hablar aquí del gran temor a la desintegración
en contraposición a la simple aceptación de una no
integración primaria. Una vez alcanzada la etapa de la
inquietud, el individuo no puede olvidarse del resultado
de sus impulsos, ni de la acción que realizan algunos
fragmentos de su ser, tales como la boca que muerde, los
ojos que acuchillan, los chillidos penetrantes, los
ruidos de la garganta, etc. Desintegrarse significa
abandonarse a los impulsos, incontrolados por cuanto
actúan por cuenta propia; y, además, esto evoca ideas
de otros impulsos igualmente incontrolados (en tanto que
disociados) dirigidos hacia sí mismo (5).
La venganza primitiva
Volviendo media fase hacia atrás: es
habitual, creo, postular una relación objetiva aún más
primitiva en la cual el objeto actúa de manera
vengativa. Esta fase precede a una verdadera relación
con la realidad externa. En este caso el objeto, o el
medio ambiente, es tan parte del ser como lo es el
instinto que lo evoca (6). En la
introversión de origen precoz, y por ende de índole
primitiva, el individuo vive en este medio circundante
que es él mismo, y bien pobre que es su vida. No hay
crecimiento porque no hay enriquecimiento a partir de la
realidad externa.
Como ejemplo de la aplicación de estas ideas añadiré a
este escrito una nota sobre el hábito de chuparse el
pulgar (incluyendo el hábito de chuparse los dedos e
incluso todo el puño). Este hecho puede observarse a
partir del nacimiento y, por consiguiente, nos es dado
suponer que tiene un significado que se desarrolla desde
lo primitivo hasta lo sofisticado. Se trata de una
costumbre que tiene su importancia, tanto en lo que tiene
de actividad normal, como en calidad de síntoma de
trastorno emocional.
Estamos familiarizados con el aspecto de este hábito que
queda cubierto por el término «autoerótico». La boca
es una zona erógena, organizada especialmente en la
infancia, y el niño que disfruta chupándose el pulgar
disfruta de un placer. Además, tiene ideas que le causan
placer.
También el odio halla vía de expresión cuando el niño
se daña los dedos al chupárselos con demasiado vigor o
con demasiada insistencia; y en todo caso no tarda en
morderse también las uñas con el fin de hacer frente a
esta parte de sus sentimientos. También se expone a
hacerse daño en la boca. Aunque no está del todo claro
que todo el daño que puedan sufrir los dedos o la boca
tengan que ver con el odio. Al parecer hay en ello un
elemento según el cual algo tiene que sufrir para que el
niño obtenga placer: el objeto del amor primitivo sufre
al ser amado, aparte de ser odiado.
En la costumbre de chuparse los dedos, Y especialmente en
la de morderse las uñas, podemos ver un replegamiento
del amor y del odio por causas tales como la necesidad de
preservar el objeto externo de interés. Vemos asimismo
un replegamiento hacia el ser, ante la frustración del
amor por un objeto externo.
El tema no queda agotado con este tipo de enunciado, sino
que merece ser estudiado más profundamente.
Supongo que cualquiera estaría de acuerdo en que el
chuparse el pulgar es una forma de consolación, no un
simple placer; el dedo o el puño sustituye al pecho de
la madre, a ésta o a otra persona. Por ejemplo, un bebé
de unos cuatro meses reaccionó ante la pérdida de su
madre mediante la tendencia de meterse el puño hasta la
garganta, de tal manera que hubiese muerto de no
habérsele impedido a la fuerza dicho movimiento.
Mientras que el hábito de chuparse el pulgar es normal y
universal, extendiéndose hasta el empleo del chupete,
así como, de hecho, a varias actividades de los adultos
normales, también es cierto que dicho hábito persiste
en las personalidades esquizoides, y en tales casos es
extremadamente compulsivo. En uno de mis pacientes de
diez años, este hábito se transformó en la compulsión
a leer constantemente.
Estos fenómenos no tienen explicación como no sea sobre
la base de que el acto es un intento de localizar el
objeto (pecho, etc.), de sostenerlo a medio camino entre
dentro y fuera. Esto es, una defensa contra la pérdida
de objeto en el mundo externo o bien en el interior del
cuerpo, es decir, contra la pérdida del control sobre el
objeto.
No cabe ninguna duda de que el hábito normal de chuparse
el pulgar tiene también su función.
El elemento autoerótico no siempre aparece como de
primordial importancia y, ciertamente, el empleo del
chupete y del puño pronto se convierte en una clara
defensa contra los sentimientos de inseguridad y otras
angustias de índole primitiva.
Finalmente, todo acto de chuparse el puño aporta una
útil dramatización de la primitiva relación objetal en
la cual el objeto es tanto el individuo como es el deseo
de objeto, porque es creado partiendo del deseo, o es
alucinado, y al principio es independiente de la
cooperación de la realidad externa.
Algunos bebés se meten un dedo en la boca mientras
maman; de esta manera (en cierto modo) se aferran a la
realidad autocreada mientras aprovechan la realidad
externa.
Resumen
He tratado de formular los procesos emocionales primitivos normales en la primera infancia y que aparecen regresivamente en la psicosis.
![]()
Notas:
(1) Principalmente a través de la obra de Melanie Klein.
(2) A través de la expresión artística nos es dado esperar mantenernos en contacto con nuestro ser primitivo, de donde emanan los sentimientos más intensos e incluso unas sensaciones terriblemente agudas, y lo cierto es que la mera cordura equivale a la pobreza.
(3) Citaré sólo otra razón por la que el niño no se satisface con la satisfacción. Se siente engañado. Tenía intención, como si dijéramos, de efectuar un ataque caníbal contra la madre y se ha visto rechazado con un narcótico: la alimentación. En el mejor de los casos lo que puede hacer es aplazar el ataque.
(4) Existe en la mitología una figura despiadada -Lilith- cuyo origen podría estudiarse con provecho.
(5) Los cocodrilos no sólo derraman lágrimas cuando no se sienten tristes -lágrimas de preinquietud-, sino que, además, representan fácilmente el ser primitivo y despiadado.
(6) Esto es importante debido a nuestra relación con la psicología analítica de Jung. Nosotros tratamos de reducirlo todo al instinto, y los psicólogos analíticos lo reducen todo a esta parte del self primitivo que se parece al medio pero que surge del instinto (arquetipos). Deberíamos modificar nuestro punto de vista con el fin de abarcar ambas ideas y para ver (si es cierto) que en el estado teóricamente más primitivo el self tiene su propio medio creado por él mismo, y que tiene tanto del mismo self como de los instintos que lo producen. Éste es un tema que requiere desarrollo.
Sitios
Recomendados