
La capacidad para estar a
solas (1)
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Las relaciones triangulares y bicorporales
Paradoja
Rickman fue el primero en hablar de las relaciones
triangulares y bicorporales. A menudo nos referimos al
complejo de Edipo como la fase en que las relaciones
triangulares dominan el campo deja experiencia. Todo
intento de describir el complejo de Edipo en base a una
relación entre dos personas fracasará inevitablemente.
Sin embargo, la relación bipersonal existe en realidad,
si bien restringida a fases relativamente tempranas de la
historia del individúo. La primera relación bipersonal
es la del niño con la madre real o sustitutiva, antes de
que el niño haya escogido alguna de las propiedades de
la madre para forjarse con ella la idea de un padre. El
concepto kleiniano de la posición depresiva puede
describirse en términos de relaciones bipersonales,
siendo tal vez posible afirmar que este tipo de relación
constituye un rasgo esencial de dicho concepto.
Ya que hemos hablado de relaciones bipersonales y
triangulares, ¿no sería lo natural que hablásemos de
relaciones unipersonales? De buen principio parece que el
narcisismo, ya sea secundario o primario, constituye la
relación unipersonal por antonomasia. Pues bien, es
imposible pasar bruscamente de las relaciones
bipersonales a la relación unipersonal sin infringir
gran parte de lo que hemos llegado a saber mediante
nuestros trabajos analíticos y a través de la
observación directa de madres y niños.
La soledad real
Mis lectores se habrán dado cuenta de que no estoy
refiriéndome al hecho de estar realmente solo. Así,
habrá personas incapaces de estar a solas. Escapa a la
imaginación la intensidad de sus sufrimientos. No
obstante, son muchas las personas que, antes de salir de
la niñez, ya han aprendido a gozar de la soledad y que
incluso llegan a valorarla como uno de sus bienes más
preciosos.
La capacidad para la soledad es susceptible de
presentarse bajo dos aspectos: o bien como un fenómeno
sumamente «refinado» que aparece en el desarrollo de la
persona después de la instauración de las relaciones
triangulares o, por el contrario, como un fenómeno de
las primeras fases de la vida que merece un estudio
especial por tratarse de la base sobre la que se
edificará la capacidad para el tipo de soledad descrito
en primer lugar.
Pasaremos a enunciar seguidamente el punto principal del
presente estudia: si bien la capacidad para estar solo es
fruto de diversos tipos de experiencias, sólo una de
ellas es fundamental, sólo hay una que, de no darse en
grado suficiente, impide el desarrollo de dicha
capacidad; se trata de la experiencia, vivida en la
infancia y en la niñez, de estar solo en presencia de la
madre. Así, pues, la capacidad para estar solo se basa
en una paradoja; estar a solas cuando otra persona se
halla presente.
Ello lleva implícita una relación de índole bastante
especial: la que existe entre el pequeño que está solo
y la madre real o sustitutiva que está con él, aunque
lo esté representada momentáneamente por la cuna, el
cochecito o el ambiente general del entorno inmediato.
Quisiera proponer un nombre para este tipo especial de
relación.
A mí, personalmente, me gusta emplear el término
relación del ego, ya que ofrece la ventaja de contrastar
can bastante claridad con el término relación del id,
tratándose esta última de una complicación que aparece
con periodicidad en lo que podríamos denominar «la vida
del ego». La relación del ego se refiere a la relación
entre dos personas, una de las cuales, cuando menas,
está sola; tal vez las dos lo estén, pero, de todos
modos, la presencia de cada una de ellas es importante
para la otra. Creo que si comparamos el significado de
los verbos «gustar» y «amar», veremos que el primero
se refiere a una relación del ego, mientras que el
segundo tiene más que ver con las relaciones del id, ya
sean sin ambages o en forma sublimada.
Antes de proceder a desarrollar estas dos ideas a mi
manera, quisiera retardar al lector de qué modo sería
posible referirnos a la capacidad para estar solo sin
salirnos de la trillada fraseología psicoanalítica.
Después de la cópula
Tal vez sea justo decir que después de una cópula
satisfactoria cada uno de los componentes de la pareja
está solo y contento con su soledad. El ser capaz de
gozar de la soledad al lado de otra persona que también
está sola constituye de por sí un indicio de salud. La
ausencia de la tensión del id puede producir angustia,
pero la integración de la personalidad en el tiempo
permite al individuo esperar a que la citada tensión
regrese de forma natural y, al mismo tiempo, le permite
disfrutar de la soledad compartida; es decir, de una
soledad que se halla relativamente libre del rasgo que
denominamos «retraimiento».
La escena originaria
Cabría decir que la capacidad del individuo para estar a
solas depende de su aptitud para asimilar los
sentimientos suscitados por la escena originaria. En esta
escena, el niño percibe o imagina una relación violenta
entre los padres y, si se trata de un niño normal, de un
niño que es capaz de dominar lo que en ella hay de odio
y ponerlo al servicio de la masturbación, entonces la
asimilación no ofrecerá problemas. En la masturbación,
la responsabilidad total de la fantasía consciente e
inconsciente es aceptada por el niño, que es la tercera
persona en una relación triangular. El hecho de poder
estar solo en circunstancias como éstas denota madurez
del desarrollo erótico y potencia genital o, si se trata
de una niña, la correspondiente capacidad de recepción;
denota la fusión de los impulsos e ideas agresivos y
eróticos y, asimismo, da a entender la existencia de una
tolerancia de la ambivalencia; junto a todo esto habría,
naturalmente, la capacidad del individuo para
identificarse con los dos componentes de la pareja
padre-madre.
El planteamiento en estos términos o en otros es
susceptible de convertirse en algo de una complejidad
casi infinita, debido a que la capacidad para estar solo
es casi sinónimo de madurez emocional.
El objeto bueno
interiorizado
A continuación trataré de expresarme con otro lenguaje:
el derivado de la obra de Melanie Klein. La capacidad
para estar solo depende de la existencia de un objeto
bueno en la realidad psíquica del individuo. El concepto
de la interiorización de un pecho o pene «buenos», o
de unas buenas relaciones, ha sido lo suficientemente
defendido como para que el individuo (al menos de
momento) se sienta seguro ante el presente y el futuro.
La relación entre el individuo, de uno u otro sexo, y
sus objetos interiorizados, junto con su confianza hacia
las relaciones interiorizadas, proporciona de por sí
suficiencia para la vida, de manera que el individuo es
capaz de sentirse satisfecho incluso en la ausencia
temporal de objetos y estímulos externos. La madurez y
la capacidad para estar solo implican que el individuo ha
tenido la oportunidad, gracias a una buena
maternalización, de formarse poco a poco la creencia en
un medio ambiente benigno. Esta creencia va
desarrollándose paulatinamente, mediante la repetición
de la satisfacción de los instintos.
Al emplear este lenguaje, uno se encuentra hablando de
una fase del desarrollo individual que es anterior a
aquella en la que rige el complejo de Edipo de la teoría
clásica. No obstante, se da por sentado un grado
considerable de madurez del ego. Lo mismo sucede con la
integración del individuo en una unidad; de lo contrario
no tendría sentido hacer referencia al interior y al
exterior, ni lo tendría el dar una significación
especial a la fantasía del interior. Dicho en términos
negativos: el individuo debe estar relativamente libre
del delirio o angustia persecutoria. Planteado en
términos positivos: los objetos interiorizados buenos se
encuentran en el mundo personal e interior del individuo,
dispuestos a ser proyectados en el momento oportuno.
Estar solo en estado de
inmadurez
La pregunta que surge al llegar aquí es la siguiente:
¿Es posible que un niño o un bebé estén solos en una
fase muy temprana, cuando la inmadurez del ego hace
imposible describir el hecho de estar solo mediante la
fraseología que acabamos de emplear? Es precisamente la
parte principal de mi tesis la afirmación de que nos es
necesario poder hablar de una forma pura -o ingenua, si
así lo prefieren- de estar solo, y que, incluso estando
de acuerdo en que la capacidad de estar verdaderamente
solo constituye un síntoma de madurez de por sí, esta
capacidad tiene por fundamento las experiencias
infantiles de estar a solas en presencia de alguien.
Estas experiencias pueden tener lugar en una fase muy
temprana, cuando la inmadurez del ego se ve compensada de
modo natural por el apoyo del ego proporcionado por la
madre. Con el tiempo, el individuo introyecta la madre
sustentadora del ego y de esta forma se ve capacitado
para estar solo sin necesidad de buscar con frecuencia el
apoyo de la madre o del símbolo materno.
«Yo estoy solo»
Me gustaría enfocar este tema de otra manera: estudiando
las palabras «yo estoy solo».
En primer lugar tenemos la palabra , yo», que da a
entender un elevado grado de madurez emocional. El
individuo va se halla afirmado como unidad: la
integración es un hecho; el mundo exterior ha sido
repudiado y ahora es posible la existencia de un mundo
interiorizado. Se trata simplemente de un planteamiento
topográfico de la personalidad en cuanto cosa, en cuanto
organización de núcleos del ego. Be momento no se hace
referencia alguna al hecho de vivir.
Seguidamente vienen las palabras «yo estoy», que
representan una etapa del desarrollo individual. Mediante
estas palabras, el individuo no se limita a poseer una
forma, sino que además posee una vida. En los inicios
del «yo estoy», el individuo, por así decirlo, está
«en bruto», sin defensas, vulnerable, potencialmente
paranoico. El individuo es capaz de llegar a la fase del
«yo estoy » solamente porque existe un medio ambiente
que lo protege; este medio ambiente protector es de hecho
la madre, preocupada por su hijo y, par medio de su
identificación con él, orientada hacia la satisfacción
de las necesidades del ego del hijo. No hace falta
postular que en esta etapa el niño tiene conciencia de
la madre.
A continuación nos encontramos con las palabras «yo
estoy solo». Según la teoría que les estoy
proponiendo, esta tercera fase entraña la apreciación,
por parte del niño, de la existencia continua de la
madre. Ello no significa forzosamente que se trate de una
apreciación consciente. No obstante, creo que «yo estoy
solo» constituye una evolución del «yo estoy»,
dependiente de que el niño sea consciente de la
existencia continuada de una madre que le da seguridad,
lo cual le permite estar a solas y disfrutar estándolo
durante un breve tiempo.
Así es como pretendo justificar la paradoja según la
cual la capacidad para estar solo se basa en la
experiencia de estar a solas en presencia de otra persona
y que sin un grado suficiente de esa experiencia es
imposible que se desarrolle la capacidad para estar solo.
Relación del ego
Si estoy en lo cierto al hablar de esa paradoja, será
interesante examinar de qué naturaleza es la relación
entre el niño y la madre, refiriéndome a la relación
que, a efectos del presente estudio, he denominado
«relación del ego». Se habrán dado cuenta de la gran
importancia que le atribuyo, ya que la considero la base
de la amistad. Tal vez resulte ser también la matriz de
la transferencia.
Existe aún otra razón por la que: concedo una
importancia especial a esta cuestión de la relación del
ego; sin embargo, para que se me entienda mejor, me
apartaré momentáneamente del tema.
Creo que en general se estará de acuerdo en que los
impulsas del id son significativos solamente si se hallan
contenidos en el vivir del ego. Los impulsos del ego
actúan de dos maneras: o bien desorganizan o refuerzan
el ego, según éste sea débil o fuerte. Cabe decir que
dos impulsos del id refuerzan el ego cuando tienen lugar
dentro de una estructura de relación del ego. Aceptando
esta afirmación se comprenderá la importancia de la
capacidad para estar solo. únicamente al estar solo (en
presencia de otra persona) será capaz el niño de
descubrir su propia vida personal. Desde el punto de
vista patológico, la alternativa consiste en una vida
falsa edificada sobre las reacciones producidas por los
estímulos externos. Al. estar solo en el sentido con que
emplea este término, y sólo entonces, será capaz el
niño de hacer lo que, si se tratase de un adulto,
denominaríamos «relajarse». El niño es capaz de
alienarse, de obrar torpemente, de encontrarse en un
estado de desorientación; es capaz de existir durante un
tiempo sin ser reactor ante los estímulos del exterior
ni persona activa dotada de capacidad para dirigir su
interés y sus movimientos. La escena se halla ya
dispuesta para una experiencia del id. Con el tiempo se
producirá una sensación o un impulso que, en este
marco, serán reales y constituirán una experiencia
verdaderamente personal.
Se comprenderá ahora por qué es importante que haya
alguien disponible, alguien que esté presente, si bien
sin exigir nada. Una vez producido el impulso, la
experiencia del id puede resultar fructífera y el objeto
podrá consistir en una parte o la totalidad de la
persona presente; es decir: la madre. Sólo en éstas
condiciones es posible que el niño viva una experiencia
que dé la sensación de ser real. La base de una vida en
la que la realidad ocupe el lugar de la futilidad la
constituye un gran número de experiencias semejantes. El
individuo que ha podido crearse la capacidad para estar
solo será capaz, en todo momento, de redescubrir el
impulso personal; impulso que no se desperdiciará ya que
el hecho de estar solo es algo que, paradójicamente, da
a entender que otra persona se halla presente.
Andando el tiempo, el individuo adquiere la capacidad de
renunciar ala presencia real de la madre o su figura
sustitutiva. A este hecho se le ha llamado
«establecimiento de un medio ambiente interiorizado».
Se trata de algo más primitivo que el fenómeno
denominado «madre introyectada».
El punto culminante en la
relación del ego
Quisiera ahora ir un poco más allá en la especulación
sobre la relación del ego, y las posibilidades de
experiencia dentro de ella, para estudiar el concepto del
orgasmo del ego. Me doy cuenta, por supuesto, de que si
existe algo que podamos denominar «orgasmo del ego»,
las personas que se muestran inhibidas en la experiencia
instintiva tenderán a especializarse en semejante clase
de orgasmos, de tal modo que existiría una patología de
la tendencia hacia el orgasmo del ego. De momento
prefiero no ocuparme de lo patológico -sin olvidarme por
ello de la identificación del cuerpo total con una
parte-objeto (el falo)- y limitarme a preguntar si es
posible considerar que el éxtasis es una manifestación
del orgasmo del ego. En la persona normal es posible que
se dé una experiencia sumamente satisfactoria (por
ejemplo en un concierto, en el teatro, en sus relaciones
de amistad, etc.) que merezca ser llamada orgasmo del ego
con el fin de llamar la atención sobre ese punto
culminante y la importancia que él mismo reviste. Acaso
parezca desacertado emplear la palabra «orgasmo» en
este contexto; creo que aun así estaría justificado
hablar del punto culminante que es susceptible de
producirse en una relación satisfactoria del ego. Uno
puede hacerse la siguiente pregunta: cuando un niño
está jugando, ¿constituye el juego una sublimación de
los impulsos del id? ¿No podría ser que hubiese una
diferencia de calidad además de una diferencia de
cantidad del id cuando se compara el juego que produce
satisfacción con el instinto que yace debajo del mismo?
El concepto de la sublimación ha sido plenamente
aceptado y es muy valioso, pero es una lástima no hacer
referencia alguna a la inmensa diferencia existente entre
los felices juegos infantiles y en el modo de jugar de
los niños que dan muestras de una excitación compulsiva
y en los que es fácil denotar un estado próximo a la
experiencia instintiva. Es cierto que incluso en los
felices juegos infantiles todo es susceptible de
interpretarse en términos del impulso del id, y lo es
porque hablamos de símbolos y sin duda no corremos
ningún riesgo de equivocarnos al emplear el simbolismo y
al interpretar todos los juegos en términos de
relaciones del id. Sin embargo, nos olvidamos de algo
importantísimo si no tenemos en cuenta que los juegos
infantiles no son felices cuando van acompañados de
excitaciones corporales con sus consiguientes
culminaciones físicas.
El niño que denominamos «normal» es capaz de jugar, de
excitarse con el juego y de sentirse satisfecho con el
juego, libre de la amenaza de un orgasmo físico
producido por una excitación local. En contraste, el
niño no normal aquejado de una tendencia antisocial o,
de hecho, cualquier niño que dé muestras de una marcada
manía defensiva, es incapaz de disfrutar jugando debido
a que su cuerpo queda físicamente involucrado en el
juego y hace necesario algún tipo de culminación
física. La mayoría de los padres sabrán por
experiencia que hay momentos en que es imposible terminar
con la excitación del juego como no sea por medio de una
bofetada que, dicho sea de paso, constituye una
culminación falsa pero muy útil. En mi opinión, si
comparamos los juegos felices de un niño, o la
experiencia de un adulto durante un concierto, con una
experiencia sexual, la diferencia es tan grande que
podemos utilizar tranquilamente términos distintos para
describir las dos experiencias. Sea cual fuere el
simbolismo inconsciente, la cantidad de excitación
física real es mínima en un tipo de experiencia y
máxima en el otro. Podemos rendir tributo a la
importancia de la relación del ego per se sin desechar
por ello las ideas en que se fundamenta el concepto de la
sublimación.
Resumen
La capacidad para
estar solo constituye un fenómeno sumamente complejo al
que contribuyen numerosos factores y que está
estrechamente relacionado con la madurez emocional.
La base de la capacidad para estar solo reside en la
experiencia de haberlo estado en presencia de otra
persona. Así, el niño que adolezca de una débil
organización del ego podrá estar solo gracias a recibir
un apoyo del ego digno de confianza.
El tipo de relación que existe entre el niño y la madre
sustentadora del ego merece especial estudio. Si bien se
han empleado otros términos, sugiero que «relación del
ego» es probablemente una buena denominación.
Dentro del marco de la relación del ego, se producen
relaciones del id que contribuyen a reforzar más que a
trastornar el ego inmaduro.
De modo gradual el ambiente sustentador del ego es objeto
de un proceso de introyección e integración en la
personalidad del individuo, de tal manera que se produce
la capacidad para estar realmente solo. Aun así, en
teoría siempre hay alguien presente, alguien que, en
esencia y de un modo inconsciente, es igualado a la
madre; es decir, a la persona que, en las primeros días
y semanas, estuvo temporalmente identificada con su
niño, a cuyo cuidado se hallaba volcada toda su
atención.
(1) Basado en un escrito leído ante una reunión extracientífica de la British Psycho-Analytical Society, el 24 de julio de 1957, y publicada por vez primera en «Int. J. Psycho-Anal.», 39, pp. 416-420.
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