
El psicoanálisis y el
sentimiento de culpabilidad (1)
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1. El sentimiento de culpabilidad en aquellos individuos en los que se ha desarrollado la capacidad de experimentar dicho sentimiento.
2. El sentimiento de culpabilidad en el punto de partida del desarrollo emocional del individuo.
3. El sentimiento de culpabilidad como rasgo que, en algunos individuos, se hace conspicuo por su ausencia.
Finalmente haré referencia a la pérdida y recuperación
de la capacidad de experimentar el sentimiento de
culpabilidad.
1. Casos en los que cabe dar
por existente la capacidad de experimentar culpabilidad
¿Cómo aparece el concepto de culpabilidad en la teoría
psicoanalítica? Creo que no me equivoco al decir que los
primeros trabajos que Freud dedicó a este tema se
referían a las vicisitudes del sentimiento de
culpabilidad en aquellos individuos en los que cabía dar
por sentada la existencia de una capacidad para sentir
culpa. Así, pues, Hablaré del concepto que tenía Freud
en relación con el significado de la culpabilidad para
el inconsciente normal o «sano», y hablaré también de
lo que dijo sobre la psicopatología del sentimiento de
culpabilidad.
Freud nos demuestra en qué medida es cierto que la
culpabilidad reside en la intención, en una intención
inconsciente. Así, el sentimiento de culpabilidad no es
el resultado del crimen, sino todo lo contrario: el
crimen es el resultado de la culpabilidad, de una
culpabilidad que es propia de la intención criminal.
Sólo desde el punto de vista legal podemos hablar de
culpabilidad refiriéndonos a un crimen; cuando se trata
de una culpabilidad moral nos referimos a una realidad
interna. Freud fue capaz de dar sentido a esta paradoja.
Al formular sus primeras teorías, Freud hablaba del id
(o ello), refiriéndose a las pulsiones o impulsos
instintivos, y del ego (o yo), refiriéndose a aquella
parte del ser que guarda relación con el medio ambiente.
El ego se encarga de modificar el medio ambiente o
entorno con el fin de dar satisfacción al id, al mismo
tiempo que reprime los impulsos del id con el fin de
sacar el máximo provecho de lo que ofrece el entorno,
igualmente para satisfacción del id. Más adelante, en
1923, Freud acuñó el término superego (o superyó) con
el objeto de denominar aquellos elementos de los que el
ego se vale para controlar al id.
Vemos, pues, que Freud aborda la naturaleza humana en
términos económicos, simplificando deliberadamente el
problema con el propósito de dar fundamento a una
formulación teórica. Todos sus trabajos en este sentido
se basan en un determinismo implícito, en el supuesto de
que la naturaleza humana puede examinarse objetivamente y
que se halla sujeta a las mismas leyes que la física.
Planteado en términos de ego-id, el sentimiento de
culpabilidad es muy poco más que una angustia con una
cualidad especial, una angustia producida por el
conflicto entre el amor y el odio. El sentimiento de
culpabilidad entraña la tolerancia de la ambivalencia.
No resulta difícil admitir como cierta la estrecha
relación existente entre la culpabilidad y el conflicto
personal producido por la coincidencia de unos
sentimientos de odio y amor, pero Freud supo investigar
este conflicto Basta sus mismas raíces, demostrando que
los dos sentimientos están relacionados con la vida
instintiva. Como es bien sabido, al analizar pacientes
adultos (de tipo más bien neurótico que psicótico)
Freud se encontraba con frecuencia con que sus
exploraciones se remontaban hasta la primera infancia del
paciente, marcada por una angustia intolerable y por el
conflicto amor-odio. Simplificando al máximo los
términos del complejo de Edipo, diremos que en tales
casos un niño mentalmente sano establecía con su madre
una relación en la que el instinto se hallaba implicado
y en la que los sueños presentaban una relación amorosa
con respecto a la madre. Ello llevaba al sueño de la
muerte del padre, lo que a su vez producía el temor al
padre y a que éste destruyese el potencial instintivo
del hijo. Se trata del llamada «complejo de
castración». Simultáneamente, existían los
sentimientos de amor y respeto que el niño sentía hacia
su padre. Se producía entonces un conflicto entre las
dos facetas de la naturaleza del niño: la que lo
impulsaba a odiar a su padre y desear dañarlo y, por el
contrario, la que lo hacía amarlo, conflicto que se
traducía en un sentimiento de culpabilidad. La misma:
existencia de tal sentimiento entrañaba que el niño era
capaz de tolerar dicho conflicto que, de hecho, es
inherente a toda vida sana.
Todo esto resulta fácil de comprender; sin embargo,
sucede que sólo gracias a Freud se ha reconocido que, en
circunstancias normales, la angustia y la culpabilidad
tienen su punto culminante en un período determinado; es
decir, se producen dentro de un marco de vital
importancia: el niño pequeño, con sus instintos
biológicamente determinados, que vive en familia y
experimenta su primera relación triangular. He de hacer
notar que he simplificado a propósito el planteamiento
de lo que acabo de decir, y que no pienso tratar ahora
del complejo de Edipo en su manifestación a través de
las relaciones entre parientes cercanos, ni tampoco
hablaré de su sustitución en el caso de los niños
criados lejos de sus padres o en una institución.
En las primeras manifestaciones psicoanalíticas son
escasas las referencias al elemento destructivo presente
en el impulso amoroso, y lo mismo sucede con respecto a
la agresividad, que sólo dentro de la normalidad queda
plenamente integrada en lo erótico. A la larga fue
necesario incorporar todo esto a la teoría del origen de
la culpabilidad; de ello hablaré más adelante. En la
primera etapa, la culpabilidad nace del choque entre el
amor y el odio, choque que se hace inevitable si en la
acción de amar se incluye el elemento instintivo que le
es propio. El prototipo cobra realidad en la edad en que
se dan los primeros pasos.
En el ejercicio de su profesión, todo psicoanalista se
familiariza con la sustitución de los síntomas por el
desarrollo normal de los mismos: la aparición del
sentimiento de culpabilidad y una mayor conciencia y
aceptación del contenido de la fantasía que hacen
lógico el sentimiento en cuestión. ¡Cuán ilógico
parece a veces el sentimiento de culpabilidad! En Anatomy
of Melancholy, de Burton, hay una buena colección de
casos clínicos que ilustran los aspectos absurdos del
sentimiento de culpabilidad. En un análisis prolongado y
profundo del paciente, éste se siente culpable de
cualquier cosa, incluso de algunos factores adversos
presentes en su primer medio ambiente que, en rigor, son
fácilmente discernibles como fenómenos fortuitos. He
aquí un ejemplo sencillo:
Un niño de ocho años presentaba crecientes síntomas de angustia hasta que acabó por escaparse de la escuela. Se comprobó que padecía de un insoportable sentimiento de culpabilidad debido a la muerte de un hermano, hecho acaecido con anterioridad al nacimiento del niño en cuestión. Hacía poco que había oído hablar de ello, sin que los padres sospechasen que la noticia lo había trastornado. En este caso no hizo falta someter al muchacho a un prolongado análisis. Bastaron unas cuantas cesiones terapéuticas para que el niño se diese cuenta de que la terrible angustia que le producía aquella muerte no era más que un desplazamiento del complejo de Edipo. Se trataba de un niño normal y, con un poco de ayuda, pronto pudo volver a la escuela y superar los demás síntomas.
El superego
La introducción de esta nueva instancia de la
personalidad, en 1923, constituyó un gran avance en la
evolución, inevitablemente lenta, de la metapsicología
psicoanalítica. El propio Freud fue el precursor en este
campo y quien tuvo que soportar las críticas de un mundo
que se sentía turbado ante la importancia que él
concedía a la vida instintiva de los niños. Poco a
poco, mediante la aplicación de las técnicas
freudianas, otros investigadores fueron adquiriendo
experiencia y, al introducir el término superego, Freud
contaba ya con numerosos colegas. El propósito de Freud
al presentar el nuevo término era indicar que el ego, al
contender con el id, se valía de ciertas fuerzas a las
que era conveniente dar un nombre propio. Paulatinamente,
el niño iba adquiriendo nuevas fuerzas que incrementaban
su capacidad controladora. Recurriendo otra vez a la
simplificación del complejo de Edipo, diré que el niño
realizaba una introyección de su respetado y temido
padre y, por consiguiente, llevaba consigo unas fuerzas
controladoras que se basaban en lo que él, el niño
percibía y aprehendía del padre. Esta figura paterna
introyectada resultaba sumamente subjetiva y se veía
matizada por otras figuras paternas -ajenas al padre
propiamente dicho- percibidas por el niño y por las
pautas culturales de la familia. (La palabra
introyección significa simplemente «aceptación mental
y emocional»; carece, pues, de las implicaciones, más
funcionales, que lleva consigo la palabra
incorporación.) La existencia de un sentimiento de
culpabilidad significa, por tanto, que el ego, por así
decirlo, está llegando a un acuerdo con el superego: la
angustia ha madurado hasta convertirse en culpabilidad.
El concepto de superego nos permite ver con claridad la
proposición de que la génesis de la culpabilidad es
cuestión de una realidad interior; es decir, que la
culpabilidad reside en la intención. También aquí se
halla la explicación más profunda del sentimiento de
culpabilidad que produce la masturbación y las
actividades autoeróticas en general. La masturbación no
es ningún crimen de por sí, pero en el conjunto de la
fantasía masturbatoria se reúne la totalidad de la
intención consciente c inconsciente.
Partiendo de esta versión muy simplificada de la
psicología del niño, el psicoanálisis pudo empezar el
estudio del desarrollo del superego tanto en los niños
como en las niñas, así como de las diferencias que
indudablemente existen entre unos y otras en lo que se
refiere a la formación del superego, las pautas de
conciencia, y el desarrollo de la capacidad de sentir
culpabilidad. El concepto del superego ha evolucionado
considerablemente. La idea de la introyección de la
figura paterna ha resultado excesivamente simplista.
Existe una primera fase del superego en todo individuo:
el objeto de introyección puede ser humano y parecerse
al padre, pero, en fases anteriores, los objetos
introyectados, que sirven para controlar los impulsos y
productos del id, son infrahumanos y sumamente
primitivos. Así, nos encontramos estudiando el
sentimiento de culpabilidad de todo individuo, en la
infancia y en la niñez, tal como evoluciona desde un
temor tosco, poco matizado, hasta devenir en algo
parecido a una relación con un ser humano objeto de
reverencia, un ser capaz de comprender y perdonar. (Se ha
dicho que existe cierto paralelismo entre la maduración
del superego en el, niño y la aparición del
monoteísmo, según se describe en la historia del pueblo
judío primitivo.)
En todo momento, mientras conceptualizamos los procesos
que sirven de fundamento al sentimiento de culpabilidad,
tenemos muy presente que este sentimiento, incluso cuando
es inconsciente y a primera vista irracional, denota
cierto grado de desarrollo emocional, de salud del ego y
de esperanza.
La psicopatología del
sentimiento de culpabilidad
Es frecuente encontrar personas que se hallan agobiadas,
incluso reducidas a la impotencia, por un fuerte
sentimiento de culpabilidad, que llevan sobre sus
espaldas del mismo modo que Christian lleva su carga en
Pilgrim's Progress (2). Sabemos que se trata de personas que
potencialmente son aptas para realizar un esfuerzo
constructivo. A veces, cuando encuentran una oportunidad
adecuada para llevar a cabo un trabajo constructivo, el
sentimiento de culpabilidad deja de atosigarlas y
realizan dicho trabajo excepcionalmente bien; sin
embargo, la desaparición de la oportunidad puede
provocar la reaparición del sentimiento de culpabilidad,
que es intolerable e inexplicable. Nos encontramos ante
un caso de anormalidades del superego. Al analizar con
éxito a individuos que se hallan oprimidos por un
sentimiento de culpabilidad, vemos que éste va
disminuyendo de modo gradual, paralelamente a la
disminución de la represión o al reconocimiento, por
parte del paciente, del complejo de Edipo, con la
consiguiente aceptación de la responsabilidad de todo el
odio y amor que el mismo entraña. Ello no quiere decir
que los pacientes pierdan su capacidad de experimentar un
sentimiento de culpabilidad (salvo en aquellos casos en
que se haya producido un falso desarrollo del superego
basado, de forma anormal, en la intrusión de una
fortísima influencia autoritaria proveniente del medio
ambiente de los primeros años).
Podemos estudiar semejantes excesos del sentimiento de
culpabilidad en individuos que pasan por normales y que,
de hecho, a veces se encuentran entre los miembros más
valiosos de la sociedad. Sin embargo, resulta más fácil
examinar el problema atendiendo a lo que tiene de
enfermedad. Las dos enfermedades que debemos estudiar a
este respecto son la melancolía y la neurosis obsesiva.
Hay una interrelación entre estas dos enfermedades,
existiendo pacientes que pasan de la una a la otra.
En la neurosis obsesiva, el paciente se encuentra siempre
tratando de arreglar algo, si bien para el observador, y
tal vez para el mismo paciente, es evidente que no va a
lograrlo. Sabemos que lady Macbeth no puede deshacer el
pasado y alejarse de sus malas intenciones por el simple
expediente de lavarse las manos. En la neurosis obsesiva
se llega a veces a un ritual que se parece a la
caricatura de una religión, como si el Dios de ésta
estuviera muerto o temporalmente ausente. El pensamiento
obsesivo se caracteriza a veces por el empeño en anular
una idea por medio de otra, sin llegar a conseguirlo.
Detrás de todo el proceso hay confusión y de nada
sirven los esfuerzos que el paciente haga para poner
orden, pues se trata de una confusión mantenida
inconscientemente con el fin de ocultar algo muy
sencillo: que en alguna esfera específica y desconocida
por el paciente el odio es más fuerte que el amor.
Citaré el caso de una niña que no podía ir a la playa
porque entre las olas veía a alguien que gritaba
pidiendo auxilio. Un intolerable sentimiento de
culpabilidad la obligaba a hacer cuanto pudiese, por
absurdo que fuera, para que se tomasen las necesarias
medidas de vigilancia y salvamento. Lo absurdo del
síntoma pudo demostrarse al ver que la niña no podía
tolerar la visión de la playa ni siquiera en una postal.
Si por casualidad veía una en algún escaparate, tenía
que enterarse de quién había tomado la foto, porque en
ella había alguien que se estaba ahogando; se veía en
la obligación de organizar la operación de salvamento,
pese a que sabía perfectamente que la foto había sido
tomada meses, incluso años antes. A la larga, esta
niña, cuyo caso era muy grave, pudo llevar una vida
razonablemente normal, mucho menos obstaculizada por
sentimientos irracionales de culpabilidad; pero el
tratamiento fue necesariamente prolongado.
La melancolía es una forma organizada de los accesos de
humor depresivo a que se encuentran sujetas casi todas
las personas. En algunos casos, el paciente aquejado de
melancolía se ve paralizado por un sentimiento de
culpabilidad, quizás acusándose así mismo, año tras
año, de haber sido el causante de la Guerra Mundial.
Ningún argumento surte efecto en. él. Cuando es posible
llevar a cabo el análisis de un caso semejante, se
comprueba que, durante el tratamiento, esta culpabilidad
colectiva asumida por una sola persona da paso al miedo
que el paciente siente ante la posibilidad de que en él
el odio sea más fuerte que el amor. Su enfermedad es un
intento de hacer lo imposible. Absurdamente, el paciente
reclama para sí la responsabilidad del desastre general,
pero, al hacerlo, evita llegar a su propia
destructividad.
La muerte de su padre, acaecida en circunstancias poco
corrientes, produjo en una niña de cinco años una
profunda reacción depresiva. El padre había adquirido
un automóvil en un momento en que la niña pasaba por
una fase en la que el odio hacia su padre corría parejo
con el amor que sentía hacia él. De hecho, la pequeña
soñaba con la muerte del padre, y cuando éste propuso
que diesen un paseo en coche, ella imploró para que su
padre desistiera. Él insistió, lo cual era natural, ya
que los niños son propensos a este tipo de pesadillas.
La familia salió a dar el paseo y dio la casualidad de
que se produjo un accidente: el coche dio una vuelta de
campana y entre sus ocupantes la niña fue la única que
salió ilesa. Se acercó al padre, que yacía en la
carretera, y lo golpeó con el pie para despertarlo. Pero
él había muerto. Tuve ocasión de observar a esta niña
durante su grave enfermedad depresiva, en la que se
hallaba sumida en un estado de apatía casi total. La
pequeña pasaba horas y horas en mi consultorio sin que
sucediera nada. Cierto día se acercó a la pared y la
golpeó suavemente con el pie, con el mismo pie que
utilizara para despertar a su padre. Entonces pude
expresar con palabras el deseo de la niña de despertar a
su padre, a quien amaba, aunque, al golpearlo con el pie,
había expresado también cierto sentimiento de enojo. A
partir del momento en que golpeó la pared con el pie, la
niña fue volviendo paulatinamente a la vida y, al cabo
de más o menos un año, pudo regresar a la escuela y
llevar una vida normal.
Vemos, pues, que al margen del psicoanálisis, es posible
comprender por pura intuición la causa de una
inexplicable culpabilidad y de las enfermedades
melancólicas y obsesivas. No obstante, probablemente sea
acertado decir que sólo el instrumento aportado por
Freud -el psicoanálisis y sus derivados- nos permite
ayudar al individuo aquejado por un sentimiento de
culpabilidad a encontrar, en su misma naturaleza, el
verdadero origen de su aflicción. Visto de este modo, el
sentimiento de culpabilidad es una forma especial de
angustia asociada con la ambivalencia o, si se prefiere,
la coexistencia del amor y el odio. Sin embargo, la
ambivalencia y su tolerancia por parte del individuo
entrañan un grado considerable de desarrollo y salud
mental.
2. La culpabilidad en su
punto de partida
Vamos a estudiar seguidamente el punto de donde parte
esta capacidad para el sentimiento de culpabilidad,
señalando ante todo que este punto existe en todos los
individuos. Melanie Klein (1935) llamó la atención de
los psicoanalistas hacia una importante fase del
desarrollo emocional que ella denominó «posición
depresiva». Su trabajo sobre el origen de la capacidad
para el sentimiento de culpabilidad en el individuo
humano constituye un resultado importante de la
aplicación continuada del método freudiano. Resulta
imposible, en una conferencia como la presente, hacer
justicia a las complejidades del concepto «posición
depresiva», pero trataré de hacer una somera
exposición del mismo.
Conviene tener en cuenta que, mientras los primeros
trabajos psicoanalíticos hacían hincapié en el
conflicto entre el amor y el odio, especialmente en una
situación tricorporal o triangular, Melanie Klein ha
dedicado mayor atención a desarrollar la idea
desemejante conflicto dentro de una sencilla relación
bicorporal, la del niño con su madre, conflicto que
tiene su origen en las ideas destructivas que acompañan
al impulso amoroso. Como es natural, se trata de una fase
preedípica; es decir, anterior a la instauración del
complejo de Edipo.
Es de observar el desplazamiento del énfasis:
anteriormente recaía en la satisfacción obtenida por el
niño de sus experiencias instintivas; ahora, en cambio,
recae en la finalidad, a medida que ésta va apareciendo
poco a poco. Al afirmar que la intención del niño
estriba en irrumpir despiadadamente en el interior de su
madre, para arrebatar cuanto de bueno hay allí, la
señora Klein, por supuesto, no pretende negar el hecho
de que las experiencias instintivas produzcan
satisfacción. Téngase en cuenta, además, que tampoco
las primeras formulaciones psicoanalíticas descartaban
por completo la finalidad. Sin embargo, lo que ha hecho
Melanie Klein ha sido desarrollar la idea de que el
primitivo impulso amoroso tiene una finalidad agresiva:
al ser despiadado, lleva consigo un número variable de
ideas destructivas que no se ven afectadas por ningún
tipo de inquietud. Puede que al principio estas ideas
sean muy restringidas, pero, antes de que el niña cuente
muchos meses de edad, probablemente podremos percibir con
cierta claridad que en él se registra una incipiente
inquietud relacionada con los resultados de los momentos
instintivos pertenecientes a su creciente amor a la
madre. Si el comportamiento de la madre es sumamente
adaptable (a veces sin necesidad de esfuerzo alguno por
su parte), podrá dar al niño tiempo suficiente para
comprender y aceptar el hecho de que el objeto de su
despiadado ataque es ella, la madre, la misma persona que
es responsable único y total del cuidado del niño. Como
puede verse, el niño tiene dos inquietudes: una con
respecto al efecto del ataque contra la madre; la otra en
relación con los resultados que se produzcan en la
propia personalidad del niño según haya predominado la
satisfacción o, por el contrario, la frustración y la
ira. (He utilizado la expresión «primitivo impulso
amoroso» si bien en los escritos de Melanie Klein de lo
que se habla es de la agresión asociada con las
frustraciones que, inevitablemente, vienen a perturbar
las satisfacciones instintivas del niño a medida que
éste se va viendo afectado por las exigencias de la
realidad.)
Es mucho lo que aquí se da por sentado. Suponemos, por
ejemplo, que el niño se está convirtiendo en una
unidad, que está adquiriendo la capacidad de percibir a
su madre en cuanto persona. Asimismo, damos por sentada
su aptitud para reunir los componentes instintivos
agresivos y eróticos en una experiencia sádica, así
como su aptitud para encontrar un objeto en plena
excitación instintiva. Todos estos procesos son
susceptibles de malograrse en las primeras fases, las
correspondientes al principio de la vida, inmediatamente
después del nacimiento, y que dependen de la madre y de
su forma natural de gobernar al hijo. Al hablar de los
orígenes del sentimiento de culpabilidad, damos por
sentado el desarrollo sin complicaciones de las primeras
fases. En lo que se denomina «posición depresiva», el
niño depende menos de la sencilla aptitud de la madre
para “llevar” un bebé -aptitud que la
caracterizaba durante las primeras fases- que de su
capacidad para llevar el cuidado del pequeño a lo largo
de un período de tiempo en el que el niño puede
atravesar una serie de experiencias complejas. Si se le
da tiempo, tal vez unas cuantas horas, el niño es capaz
de interpretar los resultados de una experiencia
instintiva. La madre, toda vez que sigue presente,
tendrá oportunidad de recibir y comprender el posible
impulso natural de dar o reparar que experimente el
niño. Especialmente en esta fase, el niño no es capaz
de soportar una serie de cambios en las personas que
cuidan de él, ni una prolongada ausencia de la madre. La
segunda aportación hecha por Klein en este campo
consiste en la necesidad que siente el niño de hallar
una oportunidad para efectuar la reparación o
restitución que permitan que su sadismo oral sea
aceptado por su inmaduro ego.
Bowlby (1958) ha mostrado un especial interés en que el
público sea consciente de que todo niño pequeño
necesita cierto grado de seguridad y continuidad en las
relaciones externas. En el siglo XVII, Robert Burton
citó las siguientes causas de la melancolía: «Las
causas innecesarias, externas, adventicias o
accidentales: las que proceden de la nodriza.» En parte
se refería a la transmisión de materias nocivas a
través de la leche, pero no era eso todo. Por ejemplo,
cita a. Aristóteles en el sentido de que [...] En
ningún caso recurriría a una nodriza, sino que toda
madre, sea cual fuere su condición, debería criar a sus
propios hijos: [...] la madre será más cuidadosa,
cariñosa y solícita que cualquier mujer servil o a
sueldo; esto todo el mundo lo reconoce... »
El origen de la inquietud se ve mejor analizando a un
niño o adulto que mediante la observación directa de
los niños. Huelga decir que, al formular estas teorías,
es preciso dejar espacio para las tergiversaciones y
demás falseamientos que se producen en todo proceso
analítico. Con todo, nuestro trabajo nos permite
hacernos una visión de este importantísimo aspecto del
individuo humano: el origen de la capacidad para el
sentimiento de culpabilidad. Gradualmente, a medida que
el niño se va dando cuenta de que la madre sobrevive a
sus ataques y acepta sus gestos restitutorios, él mismo
se va capacitando para aceptar la responsabilidad de la
fantasía total derivada del impulso instintivo, que
antes era simplemente despiadado. La crueldad da paso a
la compasión; la indiferencia, a la inquietud. (Estos
términos se refieren al desarrollo inicial.)
En el análisis cabría decir que el «no me importa lo
más mínimo» es sustituido por un sentimiento de
culpabilidad. A este punto se llega mediante un proceso
evolutivo. No hay nada más fascinador para el analista
que observar la evolución gradual de la capacidad
individual para tolerar los elementos agresivos del
primitivo impulso amoroso. Como ya he dicho, esto
entraña el reconocimiento paulatino de la diferencia
entre la realidad y la fantasía, así como de la
capacidad materna para sobrevivir al momento instintivo
y, por tanto, estar presente para recibir y comprender el
sincero gesto de reparación.
Como se comprenderá fácilmente, esta importante fase
del desarrollo se compone de innumerables repeticiones,
distribuidas a lo largo de un período de tiempo. Existe
un ciclo beneficioso compuesto por a) la experiencia
instintiva, b) la aceptación de la responsabilidad que
llamamos culpabilidad, c) una interpretación, y d) un
sincero gesto de restitución. A veces, si en algún
punto algo sale mal, este ciclo puede convertirse en
vicioso, en cuyo caso vemos que la capacidad para el
sentimiento de culpabilidad desaparece y es reemplazada
por una inhibición del instinto o por cualquier otro
mecanismo primitivo de defensa, como por ejemplo la
división de los objetos en buenos y malos, etc. Sin
duda, alguien se preguntará lo siguiente: dentro del
desarrollo del niño normal, ¿a qué edad podemos decir
con certeza que su capacidad para el sentimiento de
culpabilidad ya ha quedado establecida? Mi respuesta es
que nos estamos refiriendo al primer año de la vida del
niño y, de hecho, a todo el período durante el cual el
niño sostiene una clara relación humana y bicorporal
con la madre. No hay ninguna necesidad de afirmar que
estas cosas suceden a edad muy temprana, aunque
probablemente así sea. A los seis meses de edad, no es
difícil constatar que el pequeño tiene una psicología
sumamente compleja, siendo posible que los comienzos de
la posición depresiva se den a esa edad. Son inmensas
las dificultades que presenta la fijación de una fecha
concreta para el origen de los sentimientos de
culpabilidad en el niño normal y, si bien el tema
reviste suficiente interés para que merezca
investigarse, lo cierto es que no afecta en ningún modo
la labor analítica.
Los trabajos posteriores de Melanie Klein contienen gran
cantidad de material pertinente al tema que estamos
tratando y que, por desgracia, no podré citar aquí.
Klein ha enriquecido, sobre todo, nuestra comprensión de
la compleja relación que existe entre la fantasía y el
concepto freudiano de la realidad interior, concepto
claramente procedente de la filosofía. Klein ha
estudiado las influencias mutuas entre lo que el niño
percibe como beneficioso o perjudicial de las fuerzas u
objetos contenidos en su personalidad. Esta tercera
aportación de Klein a este campo trasciende al problema
de la eterna lucha que se desarrolla en la naturaleza
interna del hombre. A través del estudio del desarrollo
de la realidad interna en el bebé y en el niño, nos es
dado vislumbrar por qué hay una relación entre los
conflictos más profundos, los que se manifiestan en la
religión y las artes, y los ,estados depresivos o
enfermedades melancólicas. En el centro se halla la
duda, la duda sobre el resultado final de la lucha entre
las fuerzas del bien y del mal o, recurriendo a términos
psiquiátricos, entre los elementos benignos y
persecutorios dentro y fuera de la personalidad. En la
posición depresiva, dentro del desarrollo emocional del
niño o de un paciente, observamos la evolución del bien
o del mal según las experiencias instintivas hayan sido
satisfactorias o frustratorias. El bien se hace inmune al
mal, estableciéndose una pauta personal, sumamente
compleja, a modo de sistema defensivo contra el caos de
dentro y de fuera.
De acuerdo con mi punto de vista personal, la obra de
Klein ha hecho posible que la teoría psicoanalítica
empiece a dar cabida a la idea del valor del individuo,
mientras que en los comienzos del psicoanálisis se
hablaba simplemente de salud y de mala salud neurótica.
El valor se halla estrechamente ligado con la capacidad
para el sentimiento de culpabilidad.
3. El sentimiento de
culpabilidad cuando se hace conspicuo por su ausencia
Llegamos ahora a la tercera parte de mi conferencia y en
ella ante todo me referiré brevemente a la carencia del
sentido de la moral. Sin duda, hay personas que carecen
de capacidad para el sentimiento de culpabilidad. Los
extremos de semejante incapacidad deben de ser poco
frecuentes. Pero no es raro encontrar individuos cuyo
normal desarrollo es solamente parcial y que en parte son
incapaces de sentir inquietud o culpabilidad, ni siquiera
remordimiento. Resulta tentador buscar aquí la
explicación en el factor temperamental, factor que, por
supuesto, jamás debe ignorarse. No obstante, el
psicoanálisis nos ofrece otra explicación: las personas
que carecen del sentido de la moral son las mismas que,
en las primeras fases de su desarrollo, carecieron del
marco emocional y material que hubiese permitido la
formación de la capacidad para el sentimiento de
culpabilidad.
Que quede bien entendido que no trato de negar el hecho
de que cada niño lleva en sí mismo la tendencia hacia
el desarrollo de la culpabilidad. Dadas ciertas
condiciones físicas de cuidado y salud, el niño
llegará a caminar y a hablar simplemente porque ha
llegado el momento de su desarrollo en que dichas
funciones se materializan. Sin embargo, cuando se trata
del sentimiento de culpabilidad, las necesarias
condiciones ambientales son mucho más complejas; a decir
verdad, en ellas se incluye todo aquello que es natural y
seguro en el cuidado de bebés y niños. Durante las
primeras fases del desarrollo emocional del individuo, no
debemos buscar un sentimiento de culpabilidad. El ego no
es lo suficientemente fuerte, ni está lo bastante
organizado, como para aceptar la responsabilidad de los
impulsos del id. Así, pues, la dependencia es casi
absoluta. Si existe un desarrollo satisfactorio en las
primeras fases, entonces se producirá una integración
del ego que posibilitará el comienzo de la capacidad
para la inquietud. Poco a poco, si las circunstancias son
favorables, la capacidad para el sentimiento de
culpabilidad irá creciendo en el individuo en delación
con la madre; esto está íntimamente relacionado con la
oportunidad de reparación. Una vez establecida la
capacidad para la inquietud, el individuo empieza a estar
capacitado para experimentar el complejo de Edipo, así
como para tolerar la ambivalencia inherente a la última
fase, cuando el niño, si ha madurado, participa en
relaciones triangulares igual que las personas mayores.
En este contexto lo único que puedo hacer es reconocer
que en ciertas personas, o en parte de ellas, se produce
un estancamiento del desarrollo emocional durante sus
primeras fases, con la consiguiente ausencia del sentido
de la moral. Allí donde no hay un sentido moral de
índole personal, será necesario recurrir a un sentido
moral inculcado, si bien la socialización resultante
adolecerá de inestabilidad.
El artista creador
Resulta interesante observar que el artista creador es
capaz de alcanzar un tipo de socialización que soslaya
la necesidad del sentimiento de culpabilidad y la
consiguiente actividad reparadora y restitutoria que
forma la base del trabajo constructivo corriente. De
hecho, es posible que el artista y el pensador creador no
lleguen a comprender, incluso que desprecien, los
sentimientos de inquietud que constituyen la motivación
de una persona menos creadora. De los artistas cabe decir
que algunos no son capaces de experimentar culpabilidad
y, pese a ello, logran la socialización gracias a su
talento excepcional. A las personas corrientes, dominadas
por la culpabilidad, esto les parece desconcertante; y,
sin embargo, sienten un oculto respeto hacia esa falta de
piedad que de hecho, en tales circunstancias, consigue
más que el trabajo impulsado por la culpabilidad.
Pérdida y recuperación del
sentimiento de culpabilidad
En el tratamiento de niños y adultos con tendencias
antisociales, tenemos ocasión de presenciar la pérdida
y la recuperación de la capacidad para el sentimiento de
culpabilidad, y a menudo podemos valorar las variaciones
de la seguridad ambiental que producen tales efectos. Es
aquí, al tratar de la pérdida y la recuperación del
sentido de la moral, donde nos es posible estudiar la
delincuencia y los casos de reincidencia en el delito. En
1915, refiriéndose a los actos adolescentes y
preadolescentes (tales como robos, estafas, incendios
provocados) de personas que con el tiempo se integraron
en la sociedad, Freud escribió lo siguiente: «Los
trabajos analíticos nos condujeron al sorprendente
descubrimiento de que semejantes actos se cometían
principalmente porque [el subrayado es mío] estaban
prohibidos, y porque su ejecución iba acompañada de una
sensación de alivio mental en la persona que los
cometía. El autor del hecho sufría un opresivo
sentimiento de culpabilidad, cuyo origen le era
desconocido, y después de cometer la mala acción,
notaba que su opresión quedaba paliada. Al menos, su
sentimiento de culpabilidad quedaba enlazado con algo
concreto.» (Freud, 1915, p. 332.) Si bien Freud se
refería a fases avanzadas del desarrollo, lo que
escribió es igualmente aplicable a los niños.
Basándonos en nuestra labor analítica, podemos dividir
el comportamiento antisocial en dos grandes grupos. El
primero no ofrece nada de particular y está
estrechamente relacionado con las travesuras propias de
todo niño normal y que, centrándonos en el
comportamiento, se manifiestan mediante acciones como
robar, mentir, destruir y orinarse en la cama. Una y otra
vez comprobamos que semejantes actos se cometen a modo de
intento inconsciente de dar sentido al sentimiento de
culpabilidad. El niño o el adulto no alcanza a ver la
fuente de ese sentimiento de culpabilidad que le resulta
intolerable, y el hecho de no poder explicarse dicho
sentimiento lo induce a la rabia. La persona antisocial
encuentra alivio en la invención de un crimen, de
índole leve, que sólo de forma oculta guarda relación
con el crimen que aparece en la fantasía reprimida que
corresponde al complejo de Edipo originario. Esto es todo
lo cerca de la ambivalencia correspondiente al complejo
de Edipo que podrá llegar la persona antisocial. Al
principio, el crimen o hecho delictivo de índole
sustitutiva no satisface al delincuente, pero, si se
repite compulsivamente, llegará a adquirir las
características de un beneficio secundario, lo cual lo
hará aceptable para el ser. Nuestro tratamiento tiene
mayores probabilidades de éxito cuando es posible
aplicarlo antes de que el beneficio secundario revista
mucha importancia. En este tipo de comportamiento, el
más corriente entre los antisociales, la represión
actúa más sobre la fantasía que sirve de explicación
a la culpabilidad que sobre ésta misma.
Por el contrario, en los casos de comportamiento
antisocial encuadrados dentro del segundo grupo, más
graves y menos frecuentes, lo que se pierde es
precisamente la capacidad para el sentimiento de
culpabilidad. Es aquí donde nos encontramos con los
crímenes más horribles, donde vemos cómo el criminal
trata desesperadamente de sentirse culpable, con pocas
probabilidades de que lo logre. Con el fin de que se
desarrolle su capacidad para el sentimiento de
culpabilidad, esta clase de persona debe hallar un medio
ambiente de índole particularizada; de hecho, somos
nosotros quienes debemos facilitarle un medio ambiente
que corresponda al que normalmente se necesita para el
niño inmaduro. Por desgracia, es difícil encontrar
semejante ambiente, capaz de absorber todas las tensiones
producidas por la crueldad y el carácter impulsivo del
paciente. Nos enfrentamos con un niño, pero un niño
dotado de la fuerza y la astucia de un niño mayor que
él, incluso de un adulto.
En el tratamiento del tipo más frecuente de
comportamiento antisocial a menudo logramos la curación
realizando un reajuste del medio ambiente, ateniéndonos
a la comprensión que Freud nos ha proporcionado.
Citaré el ejemplo de un muchacho que robaba en la
escuela. En lugar de castigarlo, el director comprendió
que se trataba de una enfermedad y recomendó que se
consultase a un psiquiatra. El muchacho en cuestión,
cuya edad era de nueve años, se hallaba luchando con una
privación propia de una edad más temprana y lo que
necesitaba era pasar una temporada en casa. Su familia
había vuelto a unirse, lo cual le daba nuevas
esperanzas. Comprobé que el muchacho se había hallado
bajo los efectos de una compulsión al robo, y que oía
una voz, la voz de un brujo, que le ordenaba hacerlo. Una
vez en casa, el muchacho empezó a dar muestras de
enfermedad, infantilismo, dependencia, incontinencia y
apatía. Sus padres dejaron que las cosas siguieran su
curso normal y, pasado un tiempo, se vieron recompensados
por el restablecimiento espontáneo del muchacho.
Hubiese sido fácil apartar al muchacho del sendero que
condujo a su curación. Por supuesto, él ignoraba la
intolerable carga de soledad y vaciedad que había
detrás de su enfermedad y que le hacía adoptar al brujo
en sustitución de una más natural organización del
superego. Esta soledad se remontaba a un período de
separación de la familia cuando él tenía cinco años.
Si el director de la escuela le hubiese infligido un
castigo corporal, o le hubiese recriminado su conducta,
el muchacho se hubiese reafirmado en ella, organizando
para sí una identificación más plena con el brujo;
entonces se hubiese hecho dominante y desafiante y, a la
larga, se hubiese convertido en una persona antisocial.
Se trata de un caso frecuente en la psiquiatría
infantil, y lo he escogido simplemente porque ha sido
publicado y el lector podrá consultarlo para conocer
más detalles (Winnicott, 1953).
No nos es posible albergar la esperanza de curar a muchos
de aquellos que ya se han convertido en delincuentes,
pero sí nos es dado esperar el llegar a comprender cómo
impedir el desarrollo de la tendencia antisocial. Cuando
menos podemos evitar que se interrumpa el desarrollo de
la relación entre la madre y el bebé. Asimismo,
aplicando estos principios a la crianza normal de los
niños nos es posible ver la necesidad de cierto grado de
rigor en el tratamiento de los niños cuyo propio
sentimiento de culpabilidad no ha superado la fase
primitiva. Imponiendo unas prohibiciones de carácter
limitado daremos oportunidad a que se produzcan esas
travesuras, de índole igualmente limitada, que llamamos
normales y entre las que se halla una gran parte de la
espontaneidad del niño.
Freud, más que cualquier otro autor, fue quien preparó
el camino para llegar a la comprensión del
comportamiento antisocial y del crimen en cuanto secuelas
de una intención criminal inconsciente y síntomas de un
deficiente cuidado del niño. Me atrevo a decir que, al
proponer estas ideas y mostrarnos de qué modo podemos
ponerlas a prueba para aprovecharlas, Freud hizo una gran
aportación al campo de la psicología social,
aportación que puede rendir unos resultados de gran
trascendencia.
(1) Conferencia perteneciente a un ciclo de disertaciones pronunciadas como parte de los actos organizados para conmemorar el centenario del nacimiento de Freud. Fue dada en Friend's House, en abril de 1956, y publicada por primera vez en Psycho-Análysis and Contemporany Thought, ed. J. D. Sutherland, Londres, Hogarth, 1958.
(2) Pilgrim's Progress: Obra de John Bunyan () en la que se describe en términos alegóricos el camino del alma hacia su salvación.
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